Jóvenes escritores zacatecanos / No. 213
 
 
Zacatecas, Zacatecas, 1996






Melodía

En peores circunstancias se había encontrado, aquella desgastada casa era su mejor aposento en mucho tiempo. Sólo tenía una habitación debajo del angosto y débil ático. El techo era frágil, en cualquier momento la madera interrumpiría su rechinido y caería sobre él. Las paredes retenían el agua que hubiera sido útil en el caprichoso drenaje, y con ello se creaban manchas amarillas y se inundaban los agujeros de los muros. Aun así, él conservaba la fuerza suficiente para llegar del trabajo, sentarse frente a la máquina de escribir y redactar su novela. Tras la pérdida de los dos últimos avances durante la mudanza, dedicó las primeras noches en su nuevo hogar a transcribir apuntes y a agregar frases irónicas.

Pero la velada en que retomó el curso de la narración empezó su tormento. Esa noche, lanzó el sombrero y el abrigo a la silla que conformaba su sala, y se dispuso a escribir. “La señorita Muñoz desvió la mirada, tratando de evitar un posible mal de ojo…” De repente, un ruido distinto a la presión sobre las teclas interrumpió la quietud. Intentó seguir concentrado en el borrador, pero al volver a teclear, el golpeteo regresó. Pensó que el sonido provenía de la entrada. Abrió la puerta, no había nadie. Extrañado, dejó la novela para el día siguiente. Estaba agotado. Su cerebro debía producir ese ruido como protesta.

La siguiente noche se obligó a resistir un poco más tomando café. Sin embargo, el extraño sonido llegó más rápido de lo que demoró en preparar la bebida. Ni siquiera había desenfundado la máquina de escribir cuando los golpes daban su ensordecedor concierto. Buscó por la habitación, esperando encontrar una rata o alguna gotera que pudiera ser la causa del estrépito. No descubrió nada. Entre su ropa no había más que polvo. Las cajas de zapatos estaban ocupadas por las cintas de tinta que usaría para escribir su novela. Tras el espejo sólo había un orificio donde guardaba el dinero con el que pensaba pagar la encuadernación del libro. La cama, el buró y el resto de la habitación conservaban el rutinario desorden.

Como si el sonido entendiera su búsqueda, aumentó el volumen de los golpes. La tranquilidad del cuarto le hizo suponer que el origen de los ruidos estaba en el ático. Tomó la escalera y, sin importarle las telarañas, subió hasta el último escalón y empujó el acceso al techo. Entró al ático, inclinándose lo suficiente para no golpearse la cabeza. Jarrones rotos, vajillas oxidadas, fotografías en blanco y negro, vestidos empolvados, libros viejos y un fuerte olor a humedad atestaban el espacio. Detrás de una ventana casi tan grande como la pared, estaba una criatura pequeña de ojos oscuros, cubierta por suaves ondas negras. Frente a ella, el vidrio tenía varias raspaduras, su pico parecía unido al vidrio mediante un resorte. Los golpes eran obstinados.

Él intentó alejarla con un puñetazo al cristal, lo que le produjo una sensación de hormigueo en la mano. La criatura se detuvo y lo miró a los ojos con una anormal humanidad, era el brillo de alguien que ha reconocido a su semejante. Intrigada, contempló al hombre que se frotaba una mano, como la que ella tuvo tiempo antes. Los ojos de él reflejaban cansancio, exasperación, su cabello y piel eran cobrizos, miraba a la criatura con expectativa. Ella sólo pudo volver a golpear la ventana.

Rendido, él optó por ignorarla e irse a dormir. La novela quedó en una frase al aire, demasiado vaga para el inicio de un capítulo. “No había mayor contraste en una mujer. Sus rizos eran oscuros, mientras que su piel relucía de blancura…” Bajó las escaleras y cayó en su cama, aún le quedaban cuatro horas para dormir. Se quitó la camisa y el cinturón, se cubrió con la única cobija que tenía y cerró los ojos. El sonido volvió y lo obligó a sufrir un insomnio que parecía interminable.



Llegó el día en que su escritorio se convirtió en cama. No podía evitarlo, los ruidos eran cada vez más potentes y le producían un cansancio inocultable. El café era su único remedio. Los dientes se le pintaron de amarillo. La tubería insistía en darle sólo el agua necesaria para lavarse el cabello. Los pendientes se acumularon debido a su mala memoria y la obstinada jaqueca. La vida se le derrumbaba poco a poco. Debía encontrar la manera de detener semejante calvario.

Esa noche se dirigió al ático. La criatura estaba fuera de sí. Cuando se acercó al vidrio comenzó a picotear el marco de la ventana, como si deseara entrar. Al mismo tiempo, parecía ulular pausadamente como si quisiera comunicarse con él, confortarlo. Sus pupilas invadieron con curiosidad el oscuro terreno de su iris al ver que la persona ante ella sostenía un arma larga. La sorpresa desplazó la intriga de la pequeña concertista y la hizo intentar armonizar los golpes. Tal vez eso tranquilizaría a su oyente.

¿En realidad ésa era la solución? ¡Por qué sacrificarse, abandonar su vida, su novela, darle gusto a la horrenda criatura! ¡Era ella la verdadera culpable, la que había consumido la última gota de su paciencia! Cuando disparó hacia la ventana, el hombre se golpeó con el arma en el estómago. Un dolor agudo lo lanzó al suelo. Consiguió hincarse y ver a través del vidrio. La ruidosa criatura yacía sobre el alféizar.

La victoria no le provocó ninguna alegría. En cuanto recuperó fuerza, bajó a la habitación. Consiguió dormir con el sonido del viento como arrullo.

Al día siguiente terminó todos los pendientes posibles. Recordó que su novela no había avanzado desde que empezó esa pesadilla de los golpes en la ventana. Estaba dispuesto a continuar, el mayor obstáculo ya había sido eliminado. Llegó a su casa al final de la tarde, preparó café y fue gozoso al rústico escritorio donde lo esperaba su máquina de escribir.

“Su niñez había sido marcada por el ataque de un animal que, con un diabólico picoteo, había desordenado sus negros caireles…”, escribió con euforia. Las faltas de ortografía o el espaciado eran lo de menos, ya se encargaría el editor. Al terminar el capítulo decidió tomar un descanso para releer el texto y anotar los errores de redacción. Un sorbo a su bebida fue interrumpido por un súbito golpeteo. Derramó el café al caer de la silla. Sus ojos miraron temerosos el techo. Intentó convencerse de que la rutina lo engañaba, pero el estrépito comenzó a repetirse con una insistencia aterradora.

La criatura había enloquecido, golpeaba la ventana por todas partes, soltaba chillidos similares a una risa siniestra. El agujero que atravesaba el vidrio no significaba impedimento, se conformó con usar el resto del cristal para cumplir con su acostumbrada tarea. El hombre corrió a su cama, tapó sus oídos y se escondió bajo la cobija. Mordía la almohada tratando de concentrarse en el sabor a suciedad, pero unas plumas sueltas terminaron por atragantarlo y ocasionarle tos.

Desechó la idea de continuar con la novela, se conformaba pensando en los pormenores, anotaba garabatos en una libreta de taquigrafía sobre nuevas opciones para la historia. “El maleficio debía atormentarla, recordarle un sufrimiento verdadero…” Se volvió paranoico: todo le recordaba el indeseable sonido irritante y grosero. Parecía imposible deshacerse de la criatura. Si una bala había sido inútil, él estaba perdido.



Una noche de agobiante insomnio, el estrépito le consumió la última gota de cordura. Subió, lleno de coraje, al ático. La criatura golpeaba el vidrio. Con voz seca y suplicante, el hombre reclamó todo lo que la fragosa tortura le había arrebatado. Lamentó que su libro, la única oportunidad que tenía de salir de ese cuartucho, hubiera muerto. Su vida misma era un infierno. Era imposible retener las lágrimas, su humillación ante la criatura fue la menor de sus preocupaciones. Ella sintió pena por él e intentó consolarlo con todo el cariño que el ruido, proveniente de sí misma, le permitió.

La velada siguiente, el hombre entró silbando a la prisión de su hogar. Lanzó con teatralidad su abrigo y el sombrero. Comenzó a tararear una extraña canción, imitando la melodía de su tormento. Se preparó un café con los últimos gramos que quedaban en el sobre, lo bebió a pesar del nulo sabor. Siguió tarareando mientras contemplaba la estancia. De repente, vio el calendario y advirtió que sólo había pasado un mes desde su encuentro con la ruidosa criatura. ¡Un mes que parecía haber durado un siglo! Soltó un suspiro de asombro, inesperadamente alto. ¿Qué era eso que se escuchaba? ¿Silencio?

Aguzó el oído, no se oía nada. Permaneció atento por cinco minutos. ¡No había ruido! Una risa histérica brotó de su ser, interrumpiendo la sorprendente quietud. Guardó silencio. Era un tesoro tan valioso como para atacarlo con su inesperada alegría. Por un momento sintió la necesidad de hacer algo, ¿sufrir, morder la almohada, gritar? Buscó la respuesta alrededor. Sus ojos se detuvieron frente a la máquina de escribir. Tomó su cuaderno, desenfundó la máquina y comenzó a teclear con placidez. “La señorita Muñoz contemplaba su nueva, su inesperada forma corporal…” Las hojas se iban acumulando, el tiempo perdido se recuperaba segundo a segundo, letra a letra. Desarrolló hasta el último apunte, pero sentía que aún había más historia por contar, él podía seguir escribiendo.

Hizo una pausa. Se levantó y se recargó en la puerta. Era una velada magnífica, la luna resplandecía con plenitud, el aire era fresco, la posibilidad de escribir su novela lo animaba. Por primera vez en mucho tiempo, pensó que al fin podría publicarla, vivir con dignidad. Sin embargo, el ánimo y la esperanza recuperados se esfumaron cuando, la noche siguiente, la criatura anunció su regreso con el acostumbrado sonido. Dirigió la mirada hacia la entrada del ático. Ahí estaba ella, con un gesto extraño, de confusión.

El hombre siguió escribiendo apuntes para resistir la tortura. La luna llena de octubre lo puso de buen ánimo, tarareó melodías con el ritmo que antes le parecía ensordecedor. Buscó su máquina de escribir, que había abandonado, mas no conseguía encontrarla. Tras lanzar la ropa, el colchón y la emplumada almohada, decidió buscar en el ático. Entró desesperado. Escrutó los rincones guiado por la luz nocturna. Movió las cajas que estaban debajo del alféizar, donde finalmente la encontró. Un bucle negro reposaba encima de ella. Lo tomó, extrañado.

Cuando alzó la vista dio un salto al advertir a la criatura sentada del lado externo del cristal. Su piel era como el mármol. Las esferas de sus ojos estaban teñidas por la noche. Oscuros y largos rizos le cubrían el cuerpo, desde el pecho hasta la punta de los pies. Respiraba como un niño asustado, miraba como un bebé que conoce el mundo por vez primera. Un sonido ululante brotaba de su garganta. Su nariz parecía martilleada. No obstante, el arrobo absorbió el corazón del hombre.

Con un suave ritmo, la joven golpeó el ventanal, sin lograr reprimir una sonrisa. Su mano seguía sobre el cristal, justo donde había golpeado la oscura criatura. Él imitó su gesto y, como si fuera a tocar una galaxia, extendió su cobrizo dedo para repetir el sonido. La miró. Su boca reveló un color que contrastaba con el cabello que cubría su rostro: una luna creciente. Durante toda la noche tocaron un concierto de rítmicos golpes en el cristal, como la lluvia que reclama ser admirada.

El día siguiente fue más que un siglo para él. El recuerdo de la criatura ocupó su mente cada eterno segundo. Comenzó redactando un artículo para el periódico y terminó realizando bocetos de ella, la dulce criatura nocturna. Los pegó con tachuelas, llenó cada espacio de la pizarra para admirarlos el resto de la tarde. Al terminar la jornada se dirigió con rapidez a su cuarto. Subió sin cuidado la escalera, se acercó a la ventana. Su emoción fue reemplazada por la sorpresa. Del otro lado se encontraba ella, tenía los ojos tristes, parecía avergonzada. Él se acercó, confundido y apenado.

Se miraron a los ojos; los de él rodeados de piel, los de ella rodeados de plumas. Con un brillo similar a una lágrima, acercó el pico al vidrio y golpeó con suavidad, formulando una pregunta indescifrable para el oído humano. Él respondió con leves, rítmicos golpes, sin entender lo que decía con ellos, convencido de su decisión: fuese ave, fuese mujer, se uniría a ella en el sonido de una melodía eterna.






Nathalie Fabela Enríquez. Estudiante de la licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Zacatecas. Ha publicado ensayos y cuentos en la revista Barca de palabras, y forma parte del consejo editorial de la misma. Ha colaborado en los suplementos culturales La Soldadera y Crítica.