No. 155/DEL ÁRBOL GENEALÓGICO 


 
Poemas


Jeremías Marquines
 
 
 

 

Lamed


Supe de ti por el ojo de la aguja.
Entonces nadie habitaba las calles angostas ni las plazas donde crecía trémula la hierba
contra viento.
Entonces la ciudad apenas levantaba sus cabezas de animal herido; su inútil terquerío de
ser mundo y no otra cosa.


Supe de ti por el ojo de la aguja.
No obstante la nochegrillo y su canto cristalero.
No obstante la noche.



Entonces no sabía por qué amarte o por qué salían alas y peces deformes de tu cuerpo.
Y dolía ver cómo tus carnes, lo que está adentro de tus carnes, tus huesos, lo que está
adentro de tus huesos se quemaba.
Así comencé a amarte como el inmisericorde cangrejo de la ausencia, con esa ansiedad
que sufren los malditos, con el ese miedo de saber que todas las palabras van al pozo
donde el viento aguza su aullido disonante como el más carnicero de las fieras.


Yo y mi dorado cedal diciendo: ¿embrujarás a Behemot con tus palabras?
¿Le arrancarás la mujer que grita en lo su adentro?
Escúpele la boca a los dementes
Miéntales la madre, su edad, su sexo para que vuelvan al abismo de la O.


Aún amarte entre las cosas más pequeñas, las que se producen en los espejismos, por las
que es más difícil llegar hasta el ojo de la aguja.


De El ojo es una alcándara de luz en los espejos







MIENTRAS HABLO, el tiempo teje brilladoras en las aguas,
los peces siguen el punto que a la luz conviene
y en suma ligereza el corazón semeja un continente hundido.



Mientras hablo, la cabeza de Dios es tímida criatura de colores.
Allá, la sangre de las vírgenes se mueve
entre la ola y la llama, por los tejados
el amor es un trance como de matriz parturienta:
el perfecto equilibrio, un profundo deslizarse
a la sublimada abominación del signo.


Mientras hablo, en otra parte alguien finge los pretextos del ahogado,
el apetito voraz de la mañana cuando pasa un cadáver en invierno
y nos saluda con su risa de gramófono, desmintiendo
la música inicial de la ternura,
una canción que nos recuerda el rostro de la multitud deshojando flores.


Digámoslo así:


la cabeza de Dios es un continente hundido. 

De El ojo es una alcándara de luz en los espejos








De más antes miraba los todos muertos

(fragmento)

4

Afuera llueve. Unas mujeres colocan flores de nomeolvides y azucenas sobre el cuerpo núbil de la muchacha. Los hombres han sacado una botella de aguardiente que entre risa y rezos beben a sorbos para que no entre en sus cuerpos vacíos lo de espanto y desamparo.



No está aquí, pero todas las cosas tienen que ver con Ella:
las piedras labradas a golpe de relámpago y ventisca,
las campanas que seres diminutos tañen en nuestro corazón artófago
los días en que el desamparo es un puño de sal en la herida abierta.


—Ella no está aquí, pero nos consuela el viento.


Todo nos recuerda que todo está perdido,

que lo que suena en nuestro corazón no son más que astillas de dientes,
banderas que del viento—,
risas que van a perderse cuando la tarde—.


Todo nos recuerda que todo está perdido,
que no nos pertenecemos,
que nadie se pertenece a sí mismo,
que nos miramos al espejo a riesgo de perder el rostro
en cualquier terrosa oscuridad de sombras.


                                                     Ella pregunta si todas las cosas 
                                                     estarán aquí de nuevo, cuando la luz, 
                                                     como un ciervo errante, 
                                                     vuelva ante sus ojos.


De De más antes miraba los todos muertos








Varias especies de animales extraños cubiertos de piel jugando en una cueva con un pico mientras Richard Dadd observa desde un calabozo de Bethlem

(fragmento) 


IV


Para Citlali Guerrero


Trato de no pensar en tu sexo mientras escribo.
Una columna de hormigas pasa confundiéndose con un ciervo.
En una celda dos gnomos leen a Spinoza, y es imposible
que la eternidad sea un pájaro carpintero
que da la bienvenida a la lluvia. Escucho.
Las hormigas me sugieren un abeto poco civilizado
que los pájaros desprecian.
No tengo manos, tengo demoras tatuadas por castigo.
Entiendo que afuera el mundo se desarma,
que lejos de tu sexo, destinado a detener la muerte,
no se puede vivir.


De Varias especies de animales extraños cubiertos de piel jugando en una cueva con un pico mientras Richard Dadd observa desde un calabozo de Bethlem








Las formas de ser gris adentro

(fragmento)

Ya mucho se dijo de la tristeza, que el amor es una espesa humedad de madera en la estación lluviosa, la oscura membrana en el ojo de los ahogados incitando al naufragio. Un olor de insectos que extrañamente revelan nuestros huesos donde pululan en secreto animales prohibidos.


Pasan los trenes, pero queda el mundo que sueña sus frutas de invierno; su horizonte arqueado como un camaleón dormido en la osamenta de la niebla; sus propios reflejos limitados por el vértigo de las palmeras, sus alimañas inscritas en los muros del poniente donde se pudren intactos los perros que duermen en la virginidad renovada de mujeres maduras.


     Cuando pasan los trenes sólo queda un como animal hambriento en los pechos vacíos, el silencio acuático de la tarde que desentierra sus pájaros irreales como un niño enfermo, una mano que arde en perfecta calma en el litoral de un bosque demolido por criaturas que van desfigurando lo que te hace vivir.


     Cuando pasan los trenes, lo empiezas a saber.


De Las formas de ser gris adentro

Jeremías Marquines (Villahermosa, 1968). Hizo estudios de filosofía y letras hispanoamericanas. Ha publicado los libros de poesía: El ojo es una alcándara de luz en los espejos (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1996), De más antes miraba los todos muertos (Gobierno del Estado de Chiapas, 1999), Las formas del petirrojo (Universidad Autónoma del Estado de México/La Tinta de Alcatraz, 2001), Las formas de ser gris adentro (Praxis/Gobierno del Estado de Tabasco, 2001), Duros pensamientos zarpan al anochecer en barcos de hierro (Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 2002). Es, además, coautor de los libros de ensayo Los frutos de la voz (ensayos sobre la obra de Carlos Pellicer, Fondo Editorial Tierra Adentro, 1997) y La palabra infinita (ensayos sobre la obra de José Gorostiza, FETA, 2001), entre otros. Ha obtenido el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines, el Premio Clemencia Isaura de Poesía, el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta, el Premio Tabasco de Poesía José Carlos Becerra, entre otros. Radica en Acapulco, Guerrero.