No. 118/CUENTO BREVE 


 

Agua teñida de rojo



José Humberto Macedo Espinosa
UNIVERSIDAD AUTÓNOMA METROPOLITANA



 

Para Ástrid, quien nunca me dejará claudicar.


Su aliento, al romper en mi pecho, me eriza la piel. Aunque estoy tentado, no voy a dar marcha atrás. Bajo de la cama lentamente: si se despierta será peor.

Por la cara que puso cuando llegamos al hotel, pensé que debería jurarle de nuevo que significaba todo para mí y que no la abandonaría; no fue así: apenas cerramos la puerta, reveló una pasión que no le conocía, es más, nunca imaginé que la tuviera. Ni parecía su primera vez. Me desconcertó. Creo que desde ahí se fregó el asunto.

macedo-josehumberto01.jpgCogimos hasta quedar exhaustos. Luego, en vez de sentarme y fumar un cigarrillo —como siempre hago— permanecí abrazado a ella, sumido en una calma desconocida, evocando cada gemido, cada estremecimiento. Rompió el silencio con un susurro: “Te adoro”. Algo atravesó mis entrañas; había reproche en su voz, como si se sintiera culpable de quererme y me acusara de ello. Entonces pidió que la dejara un momento a solas.

Fui al baño. Estaba ansioso. Di vueltas alrededor, leí el reglamento interno. Descolgué el espejo y luego me senté dentro de la tina. No sé cuánto tiempo estuve viéndome. El tabaco me sabía amargo. Comencé a temblar. —Déjate de pendejadas —mascullé para poder levantarme.

La descubrí a punto de quedarse dormida. Sin pensarlo, regresé a su lado. —Nunca será diferente, ¿verdad? —dijo. Fue como una patada en los tanates. Y todavía le contesté que no. Aunque por fin encuentro valor para largarme, sigo sin saber por qué resulta tan difícil convencerme de que sólo fue un himen más para el récord. ¡A la chingada!

Entre las prendas regadas por la habitación, agarro las mías. No dejo de temblar y un escozor en la mira me produce jaqueca, pero lo que de verdad me jode es el vacío que tengo en el estómago.

Giro lentamente el picaporte. Rechina. Siento como si hubiera otra puerta, invisible, para impedir mi huida. Sin poder evitarlo, la observo una última vez. Su cabellera castaña cubre la almohada, sus pequeños senos y sus piernas están al aire. ¿Y si me quedo? ¡Qué mierda pienso!

El eco de mis pasos retumba en mi cabeza. Con el viento de la madrugada se incrementan las náuseas. ¡Qué puto frío! Rumbo al auto miro constantemente hacia atrás: se me ocurre que podría salir de pronto para evitar que la abandone. ¿Qué pasara cuando se despierte, sola? No es mi problema. Se sabrá engañada, defraudada. Su sensibilidad la aplastará. Se había protegido tanto y tan bien del dolor. Qué irónico. Se entregó a quien, precisamente, le daría lo único que ella no deseaba. Ni modo, así es la vida de culera.


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Las calles parecen más largas y oscuras que de costumbre. No puedo librarme de su imagen, me persigue su mirada. ¡Carajo! Intento distraerme: enciendo la radio, acelero…

Al detener el auto, apenas escucho el chirrido de las llantas. El vacío en mi estómago ya es insoportable. ¡Jodida suerte la mía! Arranco de nuevo y tomo el camino de regreso. Las primeras luces del día atestiguan mi debilidad, mi claudicación. ¿Cómo pudo pasar? ¿En qué momento?


Entro corriendo al hotel. Ansío que ella aún duerma, que se encuentre tal como la dejé, sin descubrir la mentira que ahora es realidad.

La cama está vacía, pero su ropa sigue sobre el suelo. El baño está cerrado… con llave. Golpeo desesperado, suplico que me perdone. Caigo de rodillas, la alfombra está húmeda. Sale agua por debajo de la puerta… agua teñida de rojo.

 


Dibujo de Diana Gómez Juárez, Tec de Monterrey, Campus Ciudad de México