No. 150/EL RESEÑARIO

 
Un desorden armónico



Luis Paniagua




Vivian Abenshushan,
Una habitación desordenada
UNAM / Equlibrista, col. Pértiga, México, 2007



paniagua-luis01.jpgHugo Hiriart exponía, a manera de nota introductoria en el divertido libro Discutibles fantasmas, su visión acerca del ensayo. En dicho texto el autor explicaba su particular forma de “matar pulgas”. Uno de los puntos en los que hacía énfasis, refiriéndose a la buena factura del ensayo, era que el que escribía debía hacerlo como si estuviera platicando con un interlocutor. Cuando se platica con alguien, según Hiriart, no se intenta el lucimiento sino la exposición de ciertas ideas, la comunicación, el diálogo. El ensayista, por tanto, debía alejarse del discurso farragoso o aleccionador para encaminarse por la senda de la amenidad, el deleite y el goce. Debía exponer sus ideas con claridad pero con esa chispa que hace que el que oye se interese y desee continuar escuchando lo que el que habla tiene que decir.

Un impulso similar noté mientras leía Una habitación desordenada, primera colección de ensayos de la escritora Vivian Abenshushan (Ciudad de México, 1972). El presente volumen abre con el texto llamado “Anatomía del disperso”, en el cual la autora hace lo que podría calificarse como una declaración de principios. Desde las primeras páginas nos pone al tanto de la temática y el tono del libro: una colección que lo mismo quiere exponer el “Miedo a los insectos” que ofrecernos una “Meditación sobre las albercas”; esto en cuanto a temática. En cuanto a tono, la manera desenfadada en que está escrito ese delicioso primer ensayo es el modo en que se desarrolla el libro en su totalidad: sencillez, amenidad, dinamismo, todas éstas, cualidades que el lector aprecia y agradece.

Así, “Anatomía del disperso” pareciera ofrecernos un fiel retrato de Abenshushan y, a la vez, poner sobre la mesa a esa extraña casta de seres que siempre están ocupados en su “peritaje sobre nada”, que van de aquí para allá, interesándose por todo, ocupándose de todo con la misma pasión. Hermano bastardo del filósofo, el disperso decide dejarse llevar por la corriente para arribar al puerto de sus hallazgos. De este modo, de la mano del “disperso”, el lector es conducido por las páginas del libro como quien camina por un paraje familiar y nuevo a un tiempo, y lo que mira son las cosas de todos los días, pero con un orden distinto, o mejor, con un desorden renovado a cada paso.

Nos dice Vivian en “Una habitación desordenada” que pareciera que el hombre oculta su personalidad, su vida, detrás de la asepsia y el correcto ordenamiento de la casa pues, si todo está en su sitio, ningún objeto, ningún detalle revela el envés verdadero del que allí habita. Es una manera de repeler, de quitar el letrero de bienvenida, de expulsar de la casa. Y es que el desorden siempre acusa la verdad de quien se ve rodeado de él, pequeño guiño de sinceridad o dedo acusador. Entonces Abenshushan apuesta a mostrarnos el desorden armónico del habitáculo de sus ideas, ya que ese desorden crece mas toma sentido a medida que se abunda en la lectura. Y es, pues, en ese aparente desorden que surge la inquietud por hablarnos de “El placer de rascarse la cabeza” o de hacernos unos “Apuntes sobre la caída”, y así, con la naturalidad de la conversación, la plática se encamina hacia lo que entraña “Leer en la cama” o lo que puede significar “La escalera” en la vida de aquel que se ve condenado a padecerla, casi como máquina de tortura.

Al terminar la lectura de Una habitación desordenada me quedó el regusto de las palabras de Hiriart pues, como apunto, el hilo temático conductor del volumen es el natural de una rica charla, que tuerce, inesperadamente, hacia rumbos inusitados y se interna en los recovecos y rincones más inaccesibles para echar luz sobre lo que siempre había estado ahí pero que no habíamos logrado ver. Sin embargo, una cosa noto que no vi en el autor de Disertación sobre las telarañas y que, a mi juicio, resulta un acierto: si bien ambos autores comienzan con una declaración de principios, Abenshushan va más allá al incluir el texto “Contra el ensayista sin estilo”, pues en él la autora reitera y deja clara su posición frente al género. Así, la inclusión de este escrito se nos figura como la reafirmación y, sobre todo, el pulimiento, la redondez de un libro que, de principio a fin, nos ofrece una colección de ensayos que, más allá de pretender la aprobación de la crítica, busca el oído del lector, y eso es de celebrarse.