No. 150/EL RESEÑARIO

 
La persistencia de la pasión



Rodrigo Martínez




René Avilés Fabila
El amor intangible 
Axial, México, 2008



martinez-rodrigo01.jpgEn la novelística de México son numerosos los narradores cuya obra se distingue por un universo bien definido de temas y personajes. Entre los grandes, como Agustín Yáñez y José Revueltas, e incluso entre los de menor alcance, resulta difícil no reconocer elementos caracterizadores en sus novelas. También hay escritores cuyo trabajo decae por la repetición de tópicos y protagonistas. Con El amor intangible, René Avilés Fabila (Ciudad de México, 1940) confirma que ha sabido renovar su escritura amén de que posee un estilo narrativo y un cosmos literario omnipresentes en su obra y que son plenamente identificables.

Desde su debut, Avilés ha hecho una obra irreverente y hasta provocativa. La anécdota de la publicación de su primera novela es bien conocida. Tras haber leído las primeras cincuenta cuartillas, el editor Rafael Jiménez Siles quedó muy entusiasmado. Sin embargo, cuando tuvo el manuscrito completo resolvió que no debía publicarlo. Poco tiempo después, Joaquín Díez-Canedo no sólo tomó la misma decisión, sino que propuso la destrucción del texto. Los juegos (1967) era una sátira sobre La Mafia, un grupo que entonces controlaba los espacios de difusión cultural más importantes, así como becas y otros beneficios públicos y privados similares. La primera edición de esta pieza fue realizada por el autor y se agotó en unas cuantas semanas.

El gran solitario de Palacio (1971) no tuvo mejor suerte. Escrita en 1969, la segunda novela de Avilés fue publicada por Fabril Editores en Argentina debido a que daba cuenta de conflictos políticos recientes. El objeto de la sátira fue entonces el presidencialismo mexicano. Del mismo modo que con Los juegos, el autor enmascaró un conjunto de personajes y hechos con nombres de ficción. Allí quedaron representados, sin embargo, la matanza del 2 de octubre de 1968, la clase gobernante de la época y el advenimiento de los Juegos Olímpicos.

Luego de esta saga política, el autor de Los animales prodigiosos (1990) dejó de lado la sátira y la farsa, pero ya nunca abandonó el humor, el diálogo inteligente y la irreverencia. Entonces publicó dos novelas de tema amoroso —Tantadel (1975) y La canción de Odette (1982)—, una de carácter intimista —Réquiem por un suicida (1993)—, y una suerte de elegía sobre la decadencia de la Ciudad de México —El reino vencido (2005)—. Aunque las primeras dos son historias de desamor y las dos restantes son el relato del quebrantamiento íntimo de figuras intelectuales, las cuatro obras comparten el interés por experimentar con la forma. En todas ellas hay uno o dos personajes fundamentales y casi todas expresan descontento por la mezquindad de la sociedad mexicana.

En El amor intangible un académico mayor de cincuenta años ha comenzado un intercambio de correos electrónicos. Su primera interlocutora es una vendedora de cosméticos con quien tendrá citas amorosas. Tras la ruptura con Claudia, quien acusa desorden emocional e ignorancia, el docente se encuentra con Fátima, una sicóloga demasiado racional, pero sensible y honesta. Debido a las afinidades en sus gustos estéticos y a las confesiones mutuas, ambos se enamoran. Sin embargo, los celos masculinos y la obsesión por la libertad llevarán a que el hombre cometa afrentas al tiempo que sostiene encuentros con Marlén, una tercera mujer independiente, dominante, pero de un carácter sofisticado y culto. Más aún, el protagonista se empeña en ver a Fátima en persona, lo que desatará diversas consecuencias.

La séptima novela de René Avilés es una vuelta hacia el pasado de su novelística. Se trata de una recreación de los elementos que dieron vida a Tantadel y La canción de Odette. El tema de El amor intangible es Tantadel; es decir, el desamor; y Marlén es una reelaboración de Odette. Lo que hace diferente a esta nueva obra es el contexto y la forma: ahora el diálogo epistolar se hace por internet. La novela, por su parte, tiene una estructura ajena a la metaficción de Réquiem por un suicida o al encadenamiento de relatos al estilo de El reino vencido. La narración parte de una secuencia final y nos lleva por un largo flash-back hacia el punto en que comenzó el intercambio de cartas.

La novela epistolar fundada en el correo electrónico no es una novedad en la literatura castellana. El corazón de Voltaire (2005), del escritor puertorriqueño Luis López Nieves, ya había empleado esta variante a una forma de composición que se originó en las Epístolas familiares de Cicerón. En México, un caso cercano a este subgénero es La novela virtual (1999), de Gustavo Sáinz, una obra inacabada por el exceso de diálogos y por sus personajes desdibujados. Si bien El amor intangible no es la revelación de un nuevo subgénero, sí constituye una novela sincera, con personajes definidos y, sobre todo, con un perfil meditativo. Hay una reflexión clave en la que el protagonista expresa que en la red “no parece haber pasiones, sentimientos secretos y tímidos. Todo ha quedado dentro de una fría computadora cuya inteligencia y perfección lógica es en el fondo aterradora y, desde luego, inhumana por más que sea creación del hombre”. Al igual que en Réquiem por un suicida y El reino vencido, Avilés incorpora pasajes ensayísticos que están disimulados por el pensamiento de sus personajes y que no restan ritmo al relato. Más aún, a pesar de que se trata de una obra epistolar, hay un eje argumental que sostiene el texto hasta la resolución. La amalgama de ideas y sucesos deviene la semántica de esta novela: la unidad amorosa es una utopía que se refuerza con la deshumanización tecnológica del mundo contemporáneo.

El mayor mérito de esta obra radica en los personajes. Avilés aprovecha las posibilidades del lenguaje y del punto de vista. Los cuatro protagonistas se forjan por la oposición de sus personalidades. Cada uno tiene expresiones propias y temperamentos reconocibles. El enfrentamiento de esta diversidad deriva en figuras tangibles que podemos imaginar cabalmente. Por esta razón, el conflicto de la novela tiene fuerza dramática suficiente. Hacia el final del relato, Fátima y el protagonista-narrador ya no son los mismos. Descubrimos que en ellos ronda la ansiedad y el desasosiego. Él advierte que se ha convertido en un fetiche de Marlén, mientras que ella comienza a desaparecer, pues no desea que su enamorado la conozca en persona.

Es evidente que la veta amorosa de la obra de René Avilés abreva en la literatura cortés-caballeresca (Amadis de Gaula, Lancelot, entre otras). La fusión de realidad y fantasía, y el desenlace trágico de los romances son señales de esta herencia. La reescritura de dicha tradición dio como resultado que La canción de Odette posea uno de los finales más entrañables de la novelística de este autor. El amor intangible equivale a una búsqueda similar. En ella también encontramos la magia y el desencanto. Sin embargo, esta séptima novela no consigue el mismo efecto estético por lo que, a pesar de su solvencia técnica y estilística, no es la mejor. Y es que la escena final rompe el registro narrativo debido a que ostenta un perfil ficcional diferente. Si el cierre hubiera aparecido en claves o guiños a lo largo del relato habría una mayor unidad. En cambio, aunque el tono de esta historia ronda los terrenos del melodrama, el narrador logra evadir el sentimentalismo gracias al humor, la irreverencia y la frase inteligente, sobria y precisa.

Hace poco René Avilés afirmó lo siguiente: “Ahora escribo con mayor frialdad, creo que el término es adecuado. Me refiero concretamente a la literatura amorosa. Un aspecto que ya no me produce la pasión arrolladora que experimentaba cuando era joven”. Es obvio que la escritura de este autor ha cambiado desde que, según Rubén Salazar Mallén, consiguiera la madurez con Tantadel. Sin embargo, El amor intangible es una evidencia de que su prosa no ha perdido la pasión de otros tiempos. Si hay un rasgo que caracteriza su novelística es la presencia de por lo menos un personaje memorable o contundente en cada obra. La entrega más reciente del autor de Hacia el fin del mundo (1969) no sólo conserva esta virtud, sino que ha logrado, una vez más, entregarnos un puñado de personajes de gran aliento; figuras que se deben a la persistencia de la pasión literaria.