No. 122/CUENTO

 
Los toquidos



Gloria Marvic García 

FACULTAD DE CIENCIAS POLÍTICAS Y SOCIALES, UNAM



Escurren gotas de agua por mi rostro y observo cómo se drenan lentamente por el lavabo amarillo y pestilente, por décadas han llevado estas tuberías pedazos de nuestra piel, agua salada que encierra nuestro sudor, cabellos mojados socios y rotos. A veces sonrío, cómo no van a oxidarse las tuberías si con tantos fluidos que corren por ellas pudiesen reconstruir un cadáver de familia, un hijo de drenaje de nuestra dinastía disuelta. Es el encanto de las casonas viejas que con el tiempo se convierte en maldición.

Como último miembro de la familia debo recoger con cuidado las goteras, paredes agrietadas, muebles que lanzan alaridos por su madera y hierro decadentes, pisos hundidos y cadáveres de tiempo enterrados en el jardín.

Soy el único, el solo, el borde del muro en donde la enredadera se anudó.

marvic-garcia01.jpg Nunca quise creer que las imágenes de tantos anos rondaran por la casona. Cuando un recuerdo que alguien abandonó al morir aparecía yo le daba la espalda con terror. Lucía, la señora (pie hace la limpieza, siempre me reclamó el ignorar esos pasados, me decía:

—Señor, si no escucha siguen rondando por la casa hasta que vengo yo y entonces limpio con mi mirada todas esas imágenes que usted ha dejado regadas por el miedo, ellas no desaparecen hasta que alguien las recoge con los ojos, los oídos o la espalda, entonces se van con uno, con la esperanza de que cuando uno muera ellas puedan llegar con sus dueños. Allá donde van los muertos.
—Los muertos no van a ningún lado, Lucía—me aferraba—, terminan en la tierra, terminan en cenizas, se funden con el mar o son devorados, no me vengas con historias.
—Como quiera, mientras me va a tener que pagar un poco más, patrón, por recoger su tiradero de fantasmas.

Yo lo hacía servilmente sin replicar porque esas monedas extras tranquilizaron mi vida durante los años que viví en la casona, por lo menos hasta que Sofía me abandonó. Yo tenía que vivir como lo hace alguien que cumple con una maldición y sin darme cuenta me acomodé a los mitos de la gente. Sí, como ellos creían, yo era flaco, ojeroso, lánguido, y gastaba las monedas que quedaban de la herencia. Seguí a la perfección el oráculo. Todos los hombres que nos convertimos en fantasmas involuntarios cumplimos con una manía. La mía llegaba con la hora de los lobos, la que dicen llega cuando escuchas el susurro aterciopelado de la noche que lentamente se convierte en tu propia voz. Algunos juran que es en esa hora cuando te hundes en las sábanas aterrado por encontrarte con la imagen descarnada de ti mismo.

Yo huía a la hora de los lobos, puntualmente enjuagaba mi rostro dejando correr con el agua ese espacio en el tiempo. Todas las noches a la misma hora despertaba mi cuerpo y mientras llovían en el lavabo gruesas gotas de mi piel, me convencía de esperar bien despierto ese momento; juré no dejarme caer en el desierto de la oscuridad, y curiosamente la tea que me libraba de los lobos estaba hecha de agua.

He perdido la cuenta de los años que llevo enjuagando mi miedo. Ahora me parece una eternidad, desde hace un tiempo escucho entre el sonido del agua que corre unos toquidos insistentes en la puerta y una voz que asemeja a la de mi madre me susurra en medio de un llanto casi seco: —¡Déjate morir, hijo! ¡Déjate morir! Pero los lobos pueden presentarse como sirenas, como los seres a los que más has amado, incluso como vivos, como mi madre que insiste en tocar mi puerta, aullido de madera que disuelvo lentamente en este drenaje amarillo, fétido, maldito.

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Dibujos de Jonathan Pérez Bello, ENAP