No. 123/CRÓNICA

 
Invenciones del DF: las mil caras de la urbe


Estela García Galindo
UNIVERSIDAD AUTÓNOMA METROPOLITANA-AZCAPOTZALCO


 

Esta ciudad de ceniza y tezontle
cada día menos puro,
ciudad de acero,
sangre y apagado sudor...

Efraín Huerta


Todo ocurre en el Distrito Federal: las más variadas historias, los sucesos increíbles y las escenas por demás curiosas. Por sus calles transitan seres casi imaginarios, salidos de algún cuento; pero también están ahí los asuntos cotidianos, las tradiciones, las creencias y los personajes comunes que algo habrán de decir. En esta urbe se fusionan lo moderno con lo antiguo, los nuevos estilos de vida con las costumbres arraigadas, en una sucesión de estampas interminable.



Primera estampa: imágenes de barrio

La Guerrero es de esas colonias que sirven como zona habitacional a las familias de clase media y a las de bajo nivel económico; aquí predominan las vecindades y las viviendas de alquiler, también el alcoholismo, la prostitución y el mayor número de bares y pulquerías. Hace ciento treinta años pasó de ser una incipiente zona residencial, en la parte de que va de Mosqueta a Avenida Hidalgo, a convertirse en hogar de los ferrocarrileros que trabajaban en la estación Buenavista y de gente de escasos recursos.

En los antiguos terrenos del Colegio de San Fernando y del cementerio de San Andrés, en los cuales se erigió esta colonia, la parte más popular se convirtió en el barrio de los Ángeles, donde se construyeron muchos talleres manufactureros y donde en 1937 se inauguró un salón de baile —Los Ángeles— que sigue en funcionamiento los jueves, viernes y domingos con una sola restricción: la venta de alcohol, incluida la cerveza. El establecimiento se ubica en Lerdo 206, y en su entrada reza la sentencia “Quien no conoce Los Ángeles, no conoce México”. Es atendido desde más de quince años por doña Armida Applebaiun y su hijo Miguel Nieto, quienes han sido anfitriones de las mejores orquestas de danzón —como las de Carlos Campos y José Luis Cardona— y de conjuntos de salsa. A últimas fechas el local ha servido de escenario a la obra Aventurera, gracias a lo cual se ha popularizado entre los sectores medios y altos de la capital, quienes cambiaron su idea de que Los Ángeles era un tugurio de mala nota.

estela-garcia-galindo1.jpg Pero la principal tradición del lugar (no confundirlo con un cabaret donde se baila por ficha) es el danzón. “El vals de los pobres” como lo han llamado muchos sociólogos e historiadores, ha permanecido en el gusto de los habitantes de la Guerrero, quienes jueves y domingos de las cinco de la tarde a las once de la noche se dedican a moverse al compás de “Nereidas”, “Almendra” o “Juárez”, aunque también practican mambo y chachachá.

Los bailarines, sobre todo mayores, nunca faltan: hay parejas como Rosita y Jaime que dan verdadera cátedra a la hora de “raspar el suelo” y sus pasos sensuales y asombrosos son el detalle de la noche.

Los Ángeles sigue vivo, sin importar las fiestas hip-hop de los jóvenes a unas cuadras, claro que no como en la década de los cincuenta cuando el salón estaba repleto y se formaban filas interminables de pachucos y jovencitas delirantes de los bailes del momento.

Los de la Guerrero son también personas devotas que veneran a San Judas Tadeo, a San Hipólito y a la Virgen de los Ángeles, esta última patrona del barrio del mismo nombre y a quien se rinde culto desde 1595, año en que un cacique indígena convertido al catolicismo encontró una imagen desconocida luego de una inundación. Esa pintura, que era la efigie de esta virgen, sobrevivió al torrente y por el desgaste fue copiada en los muros de su actual capilla, donde se organizan ferias y kermeses cada 2 de agosto.

estela-garcia-galindo2.jpg Así, en la Guerrero se encuentra la que fue la “catedral del danzón”, que años atrás le dio fama y prestigio a la colonia, pero ese ambiente plagado de ritmos guapachosos, seres curiosos con una inocente vulgaridad y casonas antiquísimas seguirá conservándose en tanto subsista la zona.

En otra parte de la ciudad se encuentra otro barrio tradicional: Coyacán, que a diferencia de la colonia Guerrero es el epicentro cultural por antonomasia, en parte por estar ubicado al sur del Distrito Federal, donde desde tiempos inmemoriales han habitado las élites económicas e intelectuales, en parte porque ahí se concentra la mayor parte de la oferta artística de la urbe.

Coyoacán tiene de todo: museos, centros de cultura, librerías, iglesias, bazares, plazas, jardines, mercados de artesanías, galerías, teatros, cafeterías y restaurantes.

De esas construcciones hay una que destaca en la calle de Londres por sus grandes muros pintados en azul cobalto y cornisas en rojo. Es el Museo Frida Kahlo, que no tiene nada en común con otros museos pues revela la vida de Frida y Diego Rivera, quienes vivieron juntos —según dice la inscripción de la entrada de la casona— de 1939 a 1954.

estela-garcia-galindo3.jpg En las tres habitaciones de la planta baja se exhiben cuadros, figuras prehispánicas, huipiles, un epistolario y apuntes personales que permiten descubrir el árbol genealógico de la pintora, el dolor de su enfermedad y su relación con Rivera. Pero donde se percibe la intimidad de la pareja es en los cuartos restantes: la cocina, el comedor, el estudio y las recámaras; ahí, todos los objetos parecen exhalar un hálito de la personalidad de Frida Kahlo: su colección de mariposas, las muñecas de barro y los corsés adornados a mano con colores “chillantes” que utilizaba para sostener su columna vertebral. Son esos mismos detalles los que dan cuenta de la gran pasión y el amor de los habitantes de la morada.

Al salir de la casona se puede caminar en línea recta hasta llegar a las inmediaciones del Jardín Hidalgo, el centro coyoacanense donde los domingos se reúnen los más extraños e iconoclastas grupos de jóvenes. Darks, punks. skatos y hippies aparecen en el parque para husmear entre los puestos de incienso, libros viejos, litografías, cuarzos y artesanías que se colocan cada fin de semana.

En ese parque no se puede ni caminar, y menos conseguir una banca desocupada. Cerca del kiosco se monta un entarimado para actividades como lecturas colectivas, conciertos de rock, obras teatrales y performances; también es el espacio donde mimos y payasos hacen sus rutinas más simpáticas y después pasan el sombrero para la “cooperación”.

Alrededor del Jardín Hidalgo abundan las neverías como una sucursal de Santa Clara o la imprescindible Michoacana donde se sirven los sabores tradicionales de chocolate, fresa, limón, pistache y también helados de yogurt con granola. En las aceras no fallan los vendedores de algodones de azúcar, manzanas con caramelo, alegrías, pepitorias y cachetadas (dulce untado en medio de trozos de plástico que se cimpa para despegarlo de la envoltura), ni los artesanos que ofrecen alebrijes o muñecos de madera a doscientos cincuenta y cuatrocientos pesos, según el tamaño de la pieza.

La plaza y las calles del centro permanecen repletas por varias horas, pero las lluvias de agosto dispersan a los paseantes que despavoridos corren a guarecerse al Sanborns, a El Parnaso, a las fondas y a las tiendas de curiosidades; parece que hasta los chubascos son propiedad de ese barrio, igual que la cultura.

Al poniente de Coyoacán, luego del boulevard Adolfo López Mateos, se alza San Ángel, llamada antes Tenanitla, sitio “bajo el volcán”; fueron precisamente sus antiguos pobladores quienes instituyeron hace ciento cuarenta y un años una festividad donde rendían culto al señor de las flores, Xiuhtecuitl, por las cosechas del año.

estela-garcia-galindo4.jpg Esa fiesta es conocida como la Feria de las Flores, que se efectúa la segunda semana de julio v como muchos festejos comunitarios, ha tenido cambios a través del tiempo. Así, en la Colonia la celebración prehispánica fue modificada por la orden de los carmelitas descalzos, quienes decidieron honrar en esos días a la Virgen del Carmen, patrona del lugar, con cánticos, misas, oraciones y juegos pirotécnicos. Y es hasta 1940 cuando las autoridades de la delegación Álvaro Obregón deciden fusionar ambas festividades en una sola.

A partir de esa fecha, año con año las calles y los balcones del barrio se visten de gala, ya que por una semana se organizan actividades populares como exposiciones florales, verbenas, muestras gastronómicas, callejoneadas nocturnas y charreadas. Uno de las actividades más llamativas sucede en la Plaza San Jacinto, donde un séquito de jovencitas se presenta con trajes regionales y de noche para que el jurado, un prominente comité de vecinos, elija de entre ellas a la reina de las flores (una derivación sanangelina de la flor más bella del ejido). La mujer más agraciada participará en los bailes y las premiaciones, y será la embajadora de San Ángel en otras ferias de las regiones vecinas.

Aparte de esas costumbres, San Jacinto se vuelve escenario de un vasto programa cultural, en el cual participan los artistas y grupos del rumbo con recitales, exposiciones, puestas en escena y certámenes literarios.

Las diversas manifestaciones culturales se nutren de la galería de pintores callejeros que los sábados colocan sus caballetes sobre la acera para plasmar los momentos cotidianos, y de los maestros artesanos de muebles neocoloniales que exhiben recámaras y comedores en maderas finas.

Los concursos son otra costumbre de la feria. Es curioso observar en Luis de Ogazón y avenida de La Paz los balcones repletos de macetas con girasoles y geranios, los ramilletes de rosas y guías de crisantemos en los ventanales, en especial cuando los pélalos de estas flores caen al suelo por las ventiscas y dan la impresión de ser copos de nieve. Qué decir de los jardines, donde se mira una gran variedad de flores y plantas de ornato: hasta el jardinero más experimentado se asombraría de las obras de arte que las amas de casa logran en unos cuantos metros cuadrados con buganvilias, nubes, gardenias, azucenas y margaritas.

El decorado de los patios frontales de esas casas y de las barandillas es la forma moderna de venerar al señor de las flores entre las nuevas generaciones de habitantes del ex caserío de Tenanitla, donde una vez hizo erupción el volcán del Xitle y que ahora es más conocido como San Ángel.



Segunda estampa: de tianguis, mercados y ambulantes

Desde que en la época novohispana se construyó El Parián, los mercados establecidos han formado parte de la vida diaria de los capitalinos, gracias a ellos ya no fue necesario visitar las colonias semirrurales donde se sembraban frutas y verduras, ni acudir a las tiendas del centro para comprar víveres y otros artículos para el hogar.

estela-garcia-galindo5.jpg Corría el sexenio de Adolfo López Mateos cuando se construyeron amplios edificios con muchos locales, donde se instalaron comerciantes de lodo tipo. Así, aquellas colonias que carecían de mercado contaron desde ese momento con por lo menos uno. Claro que antes de esa época había muchos por la ciudad, uno de ellos, el de los dulces ubicado en Ampudia, cerca del Anillo de Circunvalación, tiene una larga historia, pues ahí se han abastecido siempre los dueños de tiendas de abarrotes del Distrito Federal. A ese mercado han llegado las golosinas de moda y en él se han preservado las típicas, como las alegrías y las frutas cristalizadas.

Cuando se visita Ampudia por primera vez, la mirada no sabe a dónde dirigirse, un local tras otro los dulces son ordenaditos en filas o canastas; al frente ponen los que resultan menos apetecibles para los chiquillos: tinajas con duraznos en almíbar, gaznates, camotes, higos, acitrón, miel de abeja y mostachones. Enseguida aparecen los empaques de las cajitas con chicles, palanquetas, ates, galletas de coco, tamarindos, chocolates, borrachitos y un largo etcétera. Algunos locales como el Bofito y La Confitería venden al mayoreo toda clase de productos: bolsas de papitas, charritos y cacahuates Jaramillo; del techo cuelgan las tiras de paletas Coronado, antifaces y silbatos, así como muñecos de cartón para jugar “ponle la cola al burro” y letreros de feliz cumpleaños con las figuras de Mickey Mouse, Donald y Winnie Pooh.

De esos puestos, el de doña Felicitas es de los más tradicionales, con casi treinta años de existencia, pues su familia es de las pocas que sigue elaborando los dulces que venden. Según cuenta la mujer, a principios de los sesenta sus padres decidieron cambiarse de Santa Cruz Acaxpintla (un pueblo productor de dulces) al barrio de La Merced, donde empezaron a preparar frutas y verduras con piloncillo para ganarse la vida. En esos años, la familia de doña Felicitas era una de las pocas que ofrecía las ambrosías prehispánicas y coloniales entre los locatarios del mercado de La Merced y de Ampudia, después uno de sus clientes les traspasó el puesto donde actualmente despachan. “No vendemos dulces industriales y menos gringos, aquí todo es producción casera y variada; hacemos tamarindos, pepitorias, cocadas y muchos postres como suspiros de novia, chongos zamoranos, natillas, carlotas, polvorones y galletas de pulque”, dice orgullosa la mujer.

Sin embargo, el jamoncillo y los calabazates han sido desplazados del gusto infantil por toda clase de golosinas “picositas” y ácidas, pero en esencia “sin sabor”, como explica don Jesús, dueño de El Negrito Sandía: “qué va de aquellos pirulíes multicolores o de las lágrimas de cristal rellenas de ‘agüita’, esos sí eran dulces, ahora pura materia artificial que nada más pica los dientes”.

Los aromas dulzones, a vainilla y rompope, el olor del chocolate que despide una canasta con bombones recubiertos y los confites y golosinas suculentas son las imágenes que resguarda la memoria cuando se sale del mercado rumbo al Anillo de Circunvalación. Esas ambrosías que en la mitología griega sólo disfrutaban los dioses, en Ampudia se han convertido en delicias para el paladar de los mortales.

De los manjares típicos pasemos a los negocios “sobre ruedas”. A partir de los ochenta, por la crisis y el desempleo, surgió una especie de comercio itinerante: los tianguis que se montan por decenas en los barrios citadinos y de la periferia, que a diferencia de los mercados, son más numerosos y en una misma colonia pueden instalarse cinco o seis en distintos días.

estela-garcia-galindo6.jpg En San Felipe de Jesús, los domingos se alza uno de los tianguis más extensos de la capital, que termina en Avenida Central, en los límites de Ciudad Nezahualcóyotl. Como los ancestrales mercados de Tlatelolco o Xochimilco, en estos sitios hay infinidad de productos, tanto alimentos como electrodomésticos, y cuanta chuchería existe para hacer la vida más llevadera.

El Gran Canal del Desagüe (que por cierto desde hace siete años está entubado) a un lado de Periférico Norte, sirve de estacionamiento para los camiones de carga y la clientela potencial. La fila de vehículos es tan larga a ambos lados de la calle, que los microbuses y taxis deben esperar su turno en los linderos del espacio comercial. Sin un ordenamiento previo, los vendedores se acomodan según la hora en que llegan: los más madrugadores colocan su mercancía en los extremos, donde inicia y termina el tianguis, pues como es tan largo el mercado sobre ruedas muchos de los compradores se cansan antes de terminar de recorrerlo.

En esos espacios se encuentra una gran variedad de productos: ropa, jeans de imitación, carnicerías, libros usados, refacciones automotrices y llantas a un precio ínfimo, relojes, acuarios y fauna marina, abarrotes, juegos de video, renta de películas, lencería. Todo está ahí, aunque sin una clasificación que bien podría facilitar el sistema de adquisiciones. También hay locales con televisores, grabadoras, estéreos y reproductores de discos compactos de medio uso, sin garantía, pero a un precio muy bajo; y es que para nadie es un secreto que el tianguis de la “Sanfe” (como lo llaman cariñosamente en el rumbo) es el mercado negro de artículos robados, fayuca, armas, explosivos y droga al norponiente de la capital. Los sistemas de mercadeo son sencillos: algunos ponen como pantalla sus puestos lícitos para “enganchar” clientes; otros obsequian de manera selectiva catálogos con modelos, precios y formas de pago de los “productos” y en el caso de las sustancias tóxicas, la entrega se realiza en las viviendas cercanas al tianguis junto con la mercancía en regla.

Ya de regreso al San Felipe convencional, uno de los principales puntos de venta es el negocio de la imitación. En uno de esos locales una muchacha exhibe toda clase de prendas y accesorios para adolescentes, que tratan de asemejar marcas como Adidas, Levi's, Eduardos, Total Impact y Mossimo. Enseguida un hombre vende prototipos de fragancias de Emmanuelle Ungaro, Lancôme, Paloma Picasso y Christian Dior por cien pesos, aunque unos metros adelante se encuentran los mismos perfumes a mitad de precio.

En la frontera con Neza hay muchos comercios de casetes y discos compactos piratas, con grabaciones de tanta fidelidad que parecen originales; los géneros son variados: tropical, rock, baladas, rancheras, claro que las preferencias musicales dependen del tipo de cliente, hay quienes buscan los éxitos de los cantantes de moda y otros se interesan por las ediciones especiales (Clásicos de Universal Stereo, Las norteñas de la década, Fiebre de disco, Los grandes de la salsa, etcétera) que no se consiguen en otra parte.

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Y de los tianguis, vayamos a otro céntrico mercado, el de Sonora, donde la superstición y las enseñanzas en herbolaria de los antiguos mexicanos se fusionan para resolver todos los males, desde las enfermedades infecciosas hasta las penas de amor, siendo estas últimas las más requeridas y cuyos remedios se han diversificado de tal manera que el popular chuparmirto o el toloache —con los que según nuestras abuelas se podía embrujar a cualquier hombre— han pasado a segundo plano. En pleno umbral del siglo XXI los elíxires, ritos lunares y perfumes para avivar el deseo son las recetas de moda entre los dependientes. “¡Pásele, pásele marchantita, aquí le damos una loción con feromonas y esencia de sándalo que atrae al hombre de sus sueños!”, vocifera una joven afuera del puesto Luz de Luna, donde un grupo de jovencitas se agolpa para conocer las bondades del producto.

Así, como hay muchachas que juegan a encontrar el amor, otras buscan desesperadas quien les ayude a remediar sus problemas conyugales; ahí tienen el local 32, donde una señora lloriquea porque su marido está distante; la dueña del negocio, una “vidente”, lee la mano izquierda de la mujer y descubre (como en todos esos casos) la presencia de una intrusa que le hizo un “trabajo” a su esposo y lo está alejando del hogar. La solución al problema es simple: deben prenderse todo el día tres veladoras de distinto color en un rincón de la casa; primero una amarilla, luego una roja y al final una negra —cuando se consuma toda la parafina podrán enterrarse los restos—, a ese rito deberá sumarse la oración a un santo que aleja a las indeseables, pero lo más importante, aclara la bruja, es tener fe en que el compañero regresará (y claro, pagar ciento cincuenta pesos por la consulta y el paquete curativo).

En eso de la brujería no es extraño que los curanderos prescriban remedios que incluyen ritos religiosos necesarios para remediar un determinado mal, es parte de una combinación ancestral de prácticas profanas y católicas que continúa vigente; en el mercado de Sonora se descubren collares de ajos, sábilas anudadas con cintas rojas e imágenes de vírgenes y cristos colgadas en las paredes. También hay muchos locales donde, además de venerar a los santos del catolicismo, se encuentran altares con figuras de santería y otros con la efigie de la Santa Muerte, cuya devoción se ha extendido en el último lustro y que según los narcotraficantes puede ser más milagrosa que la propia Guadalupana. Así, uno tras otro se suceden los negocios de hechiceros y ocultistas, que para muchos no son más que charlatanes, a donde acuden creyentes y escépticos en busca de un remedio para sus problemas físicos o del “corazón”.



Fotos 1 a 3: Gustavo Rodríguez
Foto 4 y 5: Rafael Olvera
Foto: Jesús Cabrera
Foto: Gustavo Rodríguez


N. de la E. Por razones de espacio hemos publicado sólo un fragmento de este texto.