No. 148/EL RESEÑARIO

 
Trazos de una epopeya doméstica



Eduardo Uribe




Víctor Cabrera
Signos de traslado
Casa Juan Pablos/Leer y Escribir, México, 2007


signos-de-traslado.jpg Algunos la alaban. Otros la centran como objetivo de sus vidas y, pretendiendo adquirirla, se les escapa. Hay incluso quien, a falta de realidad, la inventa y luego la pone en un papel para conseguir ciertos fines. Por supuesto, no me refiero a la poesía —aunque podría ser el caso—, sino a la experiencia, que a Víctor Cabrera le sirve para escribir poemas. Quisiera aclarar que estoy hablando de la experiencia no como la define nuestro pobre diccionario: “la enseñaza que se adquiere con el uso, la práctica o el vivir” (DRAE), sino, de una manera menos pretenciosa, como un evento vivido que tiene implicaciones en quien lo vive. Así, el hecho vivido de cambiar de casa se vuelve un punto de partida, una provocación, para escribir. La mudanza tiene una referencia real e inmediata, y se vuelve significativa mediante la metáfora, el juego y la prestidigitación del mago Cabrera, que hace aparecer y desaparecer “los muebles del amor”, mientras le viene a la memoria una canción del borracho Sabina.

 

Meter los libros en las cajas, descolgar los cuadros de las paredes, guardar la ropa, mudarse, en fin, son actos llenos de pasado —vivencias. Son una especie de recuperación, de orden o desorden más o menos ficticio y momentáneo que se realiza con la intención de darle una vida nueva. Podríamos decir que ésa es la metáfora central del volumen, que no en vano registra en su título el traslado.

Algo que me gusta particularmente en los poemas de Víctor Cabrera es que ese traslado, esa mudanza, se vuelve una conciencia de lo pasajero que apenas toca la elegía, la nostalgia. No hay pérdida: saber que tarde o temprano dejaremos una casa para llegar a otra —de la que no escogimos “el tapiz de las paredes,/ el sucio claroscuro de la estancia,/ el falso esplendor de los espejos…”— nos acerca más a lo inmediato, y al mismo tiempo nos aligera la aprehensión de algo que, sin duda, no puede ser definitivo. Pero es también una oportunidad para el asombro: es aprender a convivir con algo que nos precede, que estaba antes de nosotros y que, conforme lo incorporemos a nuestra vida, será significativo, para bien o para mal. Nos despedimos de esas vecinitas a las que dedicamos nuestros afanes nocturnos y solitarios, sin saber que el nuevo lugar nos deparará un vecino bilioso con quien tenemos que lidiar.

Así, en su conjunto, y vistos como una secuencia, los poemas de Signos de traslado nos cuentan una historia hecha de transición, pertenencia y desarraigo, memoria y expectativas, pero también de asombro y reconocimiento. Me interesa particularmente que cada poema puede leerse más o menos de manera independiente, como una instantánea lírica; a su vez, si estas imágenes se reúnen en una lectura lineal, tenemos los trazos de una narración, una epopeya doméstica apenas sugerida que nos demuestra que la poesía todavía puede contar una historia. Esto es de suma importancia, no sólo porque contradice el discurso dominante de la poesía lírica, sobre todo en el ámbito mexicano. En este libro se reconoce el desarraigo, el movimiento, la transición; se trata de la bitácora de un viajero cuya meta es, más que la conquista, la fundación y la apropiación de un espacio. Es decir que, a su manera, Víctor Cabrera se constituye en el testigo y el héroe de esta experiencia, que decide contarnos mediante formas que reconocemos como poemas.

La segunda parte del libro, “Símbolos del alba”, parece responder a un orden. No quisiera decir que mi lectura es cierta, pero que los “Símbolos” aparezcan luego del ciclo de la mudanza, da la apariencia de un nuevo comienzo, de un día que puede presenciarse con todos sus vacíos y sus rituales desde un espacio y un tiempo renovados. Es en esta sección donde más me parece ver a un Víctor Cabrera que se deja llevar por el asombro de lo inmediato. Incluso a riesgo de aventurar demasiado, puedo decir que, por lo menos en los primeros cinco poemas de esta sección, se delata una tímida armonía entre el poeta y el mundo, ya que celebra su presencia en el nuevo día. Por supuesto que ésta es una mirada parcial, ya que también se encuentran divergencias, imposibilidades, desencantos y algunas sensaciones de vacío, como la de la cruda tras la borrachera en el poema “Lázaro”, que no es sino “la resaca de lo vivido”, la consecuencia por desgracia natural de “Todas las fiestas de antier”, el poema que se encuentra antes de “Lázaro”. Es decir, los restos de la orgía.

Me parece atisbar en este volumen a un autor que buscaba un libro, es decir, a alguien preocupado por escribir poemas que se corresponden y pueblan un espacio, como al acabar una mudanza. Sin embargo, este tránsito no termina cuando se desempaca y se ordena cada cosa, sino cuando uno sale a la calle y saluda a cualquier Esteves sin metafísica y ve, como tantas veces, al tamalero, al gordo del periódico, al poli que busca la primera mordida del día, a la muchacha bonitilla que ni en sueños voltea, y entonces uno tiene la conciencia de recorrer, ahora sí, las mismas calles, sólo por la insistencia de los objetos y de los hechos. Pero ni siquiera allí termina la mudanza, pues su desmadre, su pérdida del piso, su búsqueda de nuevos caminos continúan en el recuerdo y se evocan como experiencia, que es donde dice Rilke que nacen los poemas —y es donde se encuentran los Signos de traslado.