No. 132/FRAGMENTO DE NOVELA

 
Sucedió un martes


Alejandro Vázquez del Mercado
UNIVERSIDAD PANAMERICANA 

 

 

1.

Solíamos llamarlo “el taller”, pero en realidad era algo distinto. Yo estuve casi desde el principio, durante algunas épocas llegamos a ser tres, dos, por un corto tiempo sólo yo, en completa fidelidad al doctor Regueiro.

Ésta era la dinámica: nosotros trabajábamos y él publicaba los artículos, si alguien se burlaba de sus orígenes gallegos golpeaba la mesa y se iba. Si alguien preguntaba contestábamos que lo hacíamos por “experiencia”, pero además obteníamos beneficios adicionales como artículos en coautoría, un agradecimiento en el nuevo libro de Regueiro o un puesto en el presidium de algún evento insulso.

vazquezdelmercado-01.jpg Objetivamente, las cosas no eran tan frías, tan contractuales. Todo aquel que alguna vez se paró el martes por la noche en casa del doctor Regueiro provenía de su aula en la universidad. Al principio era una especie de pasión, una pasión calculada, todo muy ad hoc con la filología. Los profesores eran como cowboys que abrían los libros en plena clase como las puertas de una cantina y comenzaban a hacer preguntas y a buscar a la chica. Regueiro, en cambio, era como un francotirador que llegaba con todos los datos necesarios para realizar su labor con rapidez y eficacia.

Muy frecuentemente la oscuridad de un asunto lo prolongaba durante varias sesiones. Yo tenía que contar la proporción de sustantivos y adjetivos, alguien más buscaba todas las referencias bíblicas y, así, hasta que de pronto todo tenía sentido y la tesis era irrefutable.

A lo largo de los años yo había permanecido en el taller, el único fiel a Regueiro, no por faltarme el desencanto sino por haber resistido a éste. Aspiraba a convertirme en su mano derecha, o lo más cercano a eso que pudiera llegar. Para el doctor sus colaboradores eran tan importantes como sus lecturas. Por ello mi satisfacción cuando llamó por teléfono, por primera vez, por un motivo que no fuera cancelar una de las sesiones:

—Quiero pedirle un favor. ¿Qué sabe de Everardo Ocejo?
—Conozco su obra —respondí.
—¿No lee los periódicos?



Sabía que no era una pregunta retórica, pero me quedé callado hasta convertirla en una.

—Acaban de darle un premio. ¿Eso sí lo sabe? Bueno, resulta que sale alguien más y asegura que Ocejo es su prestanombres, se hizo un escándalo. Nadie tiene planes de demandar ni nada por el estilo. Acabo de ver a Meléndez y me dijo que la prensa sensacionalista está preparando una especie de reto, por supuesto que para cuando se publique la aceptación de los participantes ya estará acordada. Él será el encargado de hacerlo, algo así como darles una trama para desarrollar.
—Los textos se van a publicar y una de las opiniones que pedirán será la suya…
—Sí, pero no la voy a dar. Mi plan es llegar a poner-le punto final a esa discusión. Si no puedo hacerlo como a mí me gusta prefiero no meterme. ¿Se entiende?
—Lo que no entiendo es por qué Ocejo se rebajaría a participar en semejante circo.
—Todo es bastante verosímil. La opinión pública es que desenmascararon a Ocejo. El tipo no da una entrevista, cada vez que habla parece que recita líneas aprendidas de memoria. Y otra cosa. Es demasiado literato para ser uno, su vida es un pastiche de lugares comunes.
—Entonces si es, en efecto, el auténtico autor…
—En cualquier caso lo hará. El tipo se está muriendo de hambre y en este caso la salida digna se verá como patadas de ahogado.
—Y yo…, ¿qué tengo que hacer yo?
—Quiero que hable con los demás para ver si les parecería bien trabajar en esto, quiero que presente todo como idea suya. Ellos le tienen mucho respeto, y no quiero que se lleven la impresión equivocada.
—¿Eso es todo? ¿Una consulta de opinión? ¿Y si tiene resultados favorables una propuesta en público?
—Y también ir preparando el terreno.
—Que vayan haciendo su tarea.
—Exacto, que vayan haciendo su tarea.



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El doctor, muy amable, me preguntó por mi familia y por la esposa que dejé de ver hace años. Cuando comenzaba a asistir al taller me preguntó si tenía novia o esposa. Desde entonces, cada tres o cuatro meses, me preguntaba por ella. Yo contestaba que bien, para ayudar con el trámite, el martes en la noche no es un lugar propicio para cortesías.

Durante los siguientes días releí los libros de Ocejo que tenía y adquirí uno de los dos que me faltaban. A mis alumnos de la preparatoria les ofrecí puntos en la calificación por llevar recortes de la noticia, que parecía estar en todas partes desde que Regueiro me habló.

Ocejo siempre fue uno de esos autores desconocidos que se promociona de boca en boca. Sus libros estaban agotados, no por éxito en las ventas sino porque los tirajes eran muy cortos, algunos habían sido reimpresos y sólo uno por segunda vez, y de cualquier manera hubiera salido un nuevo tiraje aunque el escándalo no hubiera disparado las ventas (entiéndase esto dentro del contexto adecuado, Ocejo jamás será un best seller).

El premio que ganó más que nada le redituó en res-peto. Las librerías irían exhibiendo tímidamente Destajos, quizá con el tiempo dos o tres novelas más, los consumidores de cultura comenzarían a comprarlo con el mismo recato. Con mucha suerte hubiera visto una edición de sus obras completas en vida.

Los sucesos de entonces sólo aceleraron un poco este proceso, exceptuando el respeto, que permanecería en aquellos pocos que no estábamos seguros de que se tratara de una estrategia publicitaria.

Ocejo es un novelista. Su opera prima fue un infeliz librito de poemas de los que él mismo pronto se desentendió, y aunque su prosa era de una austeridad y sencillez poco comunes, sus tramas y personajes mantuvieron el barroquismo y oscuridad de aquellos primeros poemas. Ocejo no invita a la relectura, amenaza con ella desde las primeras páginas.

Por ello no me sorprendió demasiado mi éxito el siguiente martes, fuera de la casa del doctor Regueiro. A fin de cuentas no eran más que unos jóvenes pretenciosos, como lo fui yo y como pretendía seguirlo siendo a mis treinta y cuatro años. Dedíquense a la literatura, entonces estarán rodeados de ancianos y un día, a los cuarenta y tantos años, se sorprenderán leyendo un artículo que diga “El joven crítico/ escritor/ catedrático” inmediatamente seguido de su nombre. Al menos para mi es un incentivo.

Mi cabildeo comenzó con Regina. En cuanto terminaban las sesiones ella salía inmediatamente a fumar, a veces antes. Los demás se quedaban a preguntar tecnicismos o a comentar los libros que estaban leyendo o a arremeter contra Harold Bloom.

Así fue siempre, hasta que se daban cuenta de que a Regueiro no le importaba y que realmente obtenían muy poco del taller. Todos excepto yo, que a lo largo de seis años confirmé una y otra vez que aquello me gustaba.

Sentía como si fuera eterno, como si hubiera pasado por varias conflagraciones y empezara a notar poco a poco esa manera tranquilizadora en que se repite todo. Si me esforzara podría recordar en este momento tres o cuatro Reginas, todas fumaban y hablaban parecido.

Preguntar era fácil, sabía que tenía al menos un libro de Ocejo en un estante de su librero, posiblemente muy cerca de Finnegan’s Wake. Pero temía dar la impresión de que me motivaba la situación que en último término me motivaba, la que a todas luces motivaba a Regueiro.

—Claro, ¿por qué no? —y una sonrisa forzada.

En eso salieron los otros tres y ella se fue como si no quisiera escuchar lo mismo de nuevo. En realidad nunca se quedaba, nunca nadie se quedaba, y en ese momento tuve una revelación. Yo ya estaba acostumbrado a esas charlas de cinco minutos a la salida de casa del doctor, pero por alguna razón ellos nunca se hablaban.

Bastaba con decir al principio de la siguiente sesión que había hablado con algunos de los…, sí…, y todos estaban… y todo eso. Actué conforme a mi plan y los rostros de los recién informados se veían muy parecidos al de Regina. ¿Cómo olvidar que ahí todo daba igual? Si por eso me gustaba.

Regueiro asintió dócilmente, como si se hicieran aquellas sesiones para nuestro placer y eso además fuera la cosa más natural del mundo.

Se levantó y regresó con algunos libros y papeles, la mayoría copias sueltas, algún borrador con su letra.

—Como ustedes saben, ésta no es mi especialidad —dijo—. Rivera, ¿por qué no nos habla un poco de Ocejo?
—Se llama Joaquín Hernández —dije esforzándome por no parecer enciclopédico—, desde su segundo libro firma como Ocejo, el primero era de poemas. Tiene seis novelas.
—Siete —dijo Miguel—, son siete. Los cuentos de Historia de un desfalco, si se ignoran los cambios de nombre de los personajes y otros detalles, son los capítulos de una novela.

Sólo moví la cabeza mientras Regueiro, con una sonrisa sádica, me entregaba un artículo que hablaba sobre eso. Era un dato curioso que se me escapó, a mí, el maestro de los datos curiosos. La lectura de Desfalco como novela fue un rito sectario en el que nunca se me inició, una charla de café que nunca tuve.

—Bueno, ya vimos quién debe continuar hablando —dije, tratando de parecer amistoso.



vazquezdelmercado-03.jpg Y sí, la venganza es un plato que se come frío, pero yo nunca he tenido que esperar a que estas cosas se enfríen. No es que me sienta un iluminado por encima de las pasiones humanas y la situación antropológica, pero si hubiera seguido escribiendo como alguna vez pensé que lo haría, habría hecho algo así como repetir la obra de Valéry, ¿me explico? Así que callé plácidamente y escuché la pequeña cátedra de Miguel comprobando con gusto que sabía más o menos lo mismo que yo.

Luego algunos hicieron preguntas o dieron opiniones triviales. A menos que Ocejo aceptara el reto estábamos perdiendo el tiempo, pero siempre era así, quizá no del todo los oportunistas, pero para el común de las jóvenes mentes engolosinadas con términos literarios aquello era una pérdida de tiempo. ¿O es que aprendían algo nuevo? Las bocas se les llenaban de oximorons y narradores exegéticos y luego, como putas —no se olvide que yo fui un joven literato—, discretamente los escupían sin que uno apenas se diera cuenta. Y todo estaba muy bien, pero esta vez había el peligro de que otros se dieran cuenta de que estábamos perdiendo el tiempo, y eso de algún modo hubiera roto el encanto.

Hasta aquel momento todo era un pretexto para obligarlos a leer semana tras semana la obra de Ocejo. Lo harían, por una especie de obligación moral o agrade-cimiento, o ganas de hacer méritos. Lo hicieron, lo hicimos, analizando desde detalles apasionantes de la trama —lo cual a Regueiro y a mí nos aburría terrible-mente— hasta la sintaxis de ciertas oraciones.

Cuando llegamos a Destajos, Jaime —estoy casi seguro de que se llama Jaime, aquí lo voy a llamar Jaime— y Mariana se emocionaron. Era una novela que ya conocían, nadie se puede perder esa charla de café, la habían leído y les gustaba, la recordaban con cariño. Ellos no tenían ningún Finnegan’s Wake, quizá ni siquiera tenían Destajos, un amigo o enamorado se los había prestado, y si lo tuvieran estaría junto a Herman Hesse.

Pero no, los pobrecillos ignoraban que nunca íbamos a aclarar o siquiera discutir el ambiguo final o la rebuscada interpretación que invertía los episodios de sueño y vigilia del protagonista. Y es que parecía que leer a Ocejo consistía en inventarse una clave y ver todo desde ahí, y todos tenían una o varias y buscaban nuevas, pero en vez de eso salieron con el encargo de buscar y analizar este o aquel recurso literario, de escribir sobre eso y llevar copia para contagiar a los demás el aburrimiento, y desquitarse encontrando fallas y puntos débiles en las tesis de los demás. Precisamente a ellos dos, a Destajos, a su Destajos, como si Regueiro supiera todo esto y no hubiera querido dejar una sola duda de lo que estábamos haciendo.

Aquella vez se quedaron a hacer preguntas, costumbre que se había perdido desde que comenzamos con el proyecto. Salí y encontré a Regina fumando, sentí todo muy parecido a la vez que le pregunté (If they’d give me a quarter for each deja vu…). Miguel ya se había ido, siempre tenía cosas que hacer y no se quedaba salvo cuando podía ahorrarse un par de horas en la biblioteca hablando con Regueiro. Al parecer tenía la imperiosa necesidad de doctorarse a los veintiséis, veintisiete o veintiocho años, otra más de las cosas que me recordaban mi oscuro pasado. Siempre voy por la vida topándome con mis oscuros pasados y mis futuros apocalípticos, fue así como una vez me di cuenta de que lo peor que podría pasarme sería convertirme en Regueiro y decidí que si me dirigía hacia eso con todo mi empeño cualquier cambio inesperado sería para bien.

Sabía que era escapista, pero de algún modo resultó ser bastante terapéutico.

Regina me llamó, se veía con ganas de llamarme por mi nombre de pila pero evidentemente no lo sabía así que me dijo “mira”, y después de una pequeña pausa bajó la cabeza y sacó de su bolsa de mano un recorte que me entregó.

—¿Sabías algo de esto?

No supe qué contestar.



2.

No me había dado cuenta de lo diferente que me percibían hasta que comencé a hablar con Regina. Pensaban que yo era algo así como un intelectual de medio pelo atascado en la academia, o eso inferí de mis primeras conversaciones con ella. En todo caso, daban por hecho que yo colaboraba directamente con Regueiro. Miguel, que nunca fue su alumno, pensaba que yo era el adjunto. Resultó que no sólo hablaban entre ellos sino que hablaban de mí.

Ésa ha sido mi eterna tragedia. Yo que siempre digo las cosas que de cualquier manera tendría que decir alguien, que me ocupo cuidadosamente de ser insignificante. Pero ser insignificante es también ser algo, es ser un académico de tiempo completo.

Quiero ser objetivo. Fundamentalmente, soy un profesor de bachillerato, doy una clase en la universidad, no es una cátedra. De eso vivo y no me molesta. Pero eso no es ser un académico. Los académicos publican y se leen entre ellos, es un negocio redondo, y yo desde siempre comprendí que es absurdo un reconocimiento que no viene desde fuera, y también comprendí al mismo tiempo que en última instancia ningún reconocimiento es externo.

Todo esto hubiera querido decirle a Regina, pero me limité a explicarle que los martes en la noche eran para mí una costumbre, como para otros era ir a comprar el pan o a rentar películas. Pero, después de aquel giro incómodo, volvimos al asunto del recorte.

—¿Tienes tiempo? —le dije—, vamos a otro lado y te explico.
—Sí, espera. Sólo quiero mostrárselo a los demás.

Empecé a preguntarme si por algún motivo quería que lo supiera primero yo, pero después recordé el cigarro y empecé a preguntarme por qué estaba tan segura de que no se podía fumar dentro de la casa. Recuerdo haber visto a alguien fumar, quizá a varias personas, incluso al mismo Regueiro.

Por el tiempo tan breve que estuvo dentro me dio la impresión de que les dejó la noticia y se despidió sin decir más. Fuimos caminando hasta un café que está casi cruzando la calle. Tenía una gran necesidad de sincerarme y ponerle fin a las futuras dosificaciones de información que estaban por comenzar.
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—Parece que esto lo cambia todo.

No había un solo dejo de agresividad en su tono. En realidad exageré, no es tan parecida a las otras Reginas. Incluso en aquel momento, aunque precipitadamente, hubiera estado dispuesto a admitir que no era una Regina.

—Estas sesiones no fueron mi idea, sino del doctor.

Estaba emocionada. Ahora que lo reconstruyo me doy cuenta de que estaba emocionada y que entonces debí saber que las cosas estaban un poco mal. Le conté de Meléndez, y de cómo Regueiro sabía del resto y quería anticiparse.

—Eso lo hace más interesante todo —dijo.

Y entonces caí en la cuenta de que ni siquiera me había molestado en leer el titular para saber si Ocejo ya había respondido al reto. Compré el periódico solamente algunos días y a los muchachos no les habían interesado los puntos en clase. Soy demasiado barco, lo sé. Pero el periódico no hablaba de eso, decía algo que ya todos sabían, todos los que hubieran visto el noticiero de la noche o hubieran leído al pasar un recuadro en la primera plana de los diarios vespertinos, es decir, todos.

—Ocejo se suicidó.

Ocejo se suicidó. Ella me lo dijo como una hipótesis pero después resultó ser así. No se suicidó de cuarenta cortes de navaja, esas cosas pasaban cuando yo era más joven. Sólo de uno, como Séneca (¿o fueron dos?) y como al parecer lo intentó un tendero que tuve cuando viví en la colonia Roma (ése sí era uno).

Como suponía, ella ya no traía la nota. Permanecimos unos minutos más en el café y dimos por terminada la charla, que de ningún modo había sido una charla de café.

No me alteré. Desde niño dejé de tener héroes. Salvo aquella vez que me pareció que tener héroes jazzistas era muy cortazariano. Pero eso duró menos de dos semanas. En serio. No sé qué instrumento tocaba Thelonious Monk ni quiero saberlo. Pero me pregunto si Ocejo alguna vez se acercó. Nunca terminó de gustarme, sentí muchas veces un recelo, una sospecha de que hacía lo que yo no entendía por motivos sencillísimos que llanamente se negaba a explicar. Quizá ésta sea la lógica de la admiración y eso daría para una charla cuyo género no tengo que explicitar.

Esa noche y durante los siguientes días me enteré de algunas cosas más. Detalles insignificantes en su mayoría. Lo importante es que el reto nunca fue formulado y que el hasta hace poco desconocido que reclamaba la obra de Ocejo estaba desaparecido.

Ocejo tenía 53 años cuando sucedió esto. Vivía solo, tenía una hija con la que no se hablaba. Se mantenía con sus pocas regalías y haciendo traducciones del japonés. A pesar de no ser una vida de gozos y de que cortarse las venas (la vena) es muy literario, quizá eso era lo único que descuadraba.

El suicidio no es nada ocejiano. No sólo porque en distintas ocasiones lo descartó llamándolo un acto de pésimo gusto, sino porque además de toda su obra en conjunto, de todas las contradicciones, se deriva un equilibrio de fuerzas, un estatismo. Por eso a quien entiende verdaderamente a Ocejo no puede gustarle apasionadamente, es demasiado parecido a uno.

Pero la depresión clínica, sí. ¿Qué tienen que ver sus escritos? Al final de su vida la padeció, un ataque de pánico quizá. No sé, nunca he querido saber de estas cosas, son como Thelonious Monk. Sin embargo, después pude confirmar mi acierto de descartar esta línea de razonamiento.

No podía imaginarme a Ocejo quitándose la vida, sin embargo, las semanas anteriores había estado cuestionándome si Joaquín Hernández no era más que un prestanombres. Acaso ello podía ser la confirmación que buscaba y sólo necesitaría darle algunas vueltas más para quedar completamente convencido. Si Regueiro quería continuar, que lo hiciera, yo no seguiría yendo para confirmar lo que ya sabía. Tuve presente que jamás asistí al taller por algún motivo en específico, pero esta vez a posteriori parecía que sí, y que en el momento en que sentí una necesidad y quedó satisfecha se perdió todo el interés. Ojalá nunca necesiten las co-sas que aman, y si las necesitan, que jamás las tengan.

El resto no hubiera podido venir de una mente como la mía, es demasiado fácil, demasiado vulgar.

—¿Qué tal si se trata del crimen prefecto? —preguntó Regina, hasta cierto punto retóricamente.
—¿Y el móvil? —dije fingiendo inocencia, esperando que terminara de formular aquello y acabara con la tortura.
—Rafael García. ¿Supiste que reclamó la autoría de su obra?
—No existe el crimen perfecto.
—Precisamente, siempre se debe partir de aquel axioma.



Su argumento era al mismo tiempo contundente y falaz, en ese momento presté más atención a lo contundente. Además no me sentía bien, había roto mi juramento de no volver con Regueiro y era la segunda semana consecutiva que terminaba con Regina en ese café.



—Si él fuera Ocejo podría tratarse de una simple venganza
—Si Ocejo… para evitar confusiones, Joaquín Hernández…
—Sí, Joaquín Hernández.
—Si fuera un prestanombres tendría motivos para suicidarse.
—Humillado, descubierto.
—Sí, todo eso.



Mi contra-argumento era perfecto para terminar con los juegos policiales.

—Sin embargo, no deja de ser interesante el hecho de que ambos aceptaron el reto. No pongas esa cara, lo siento. Tuve que buscar a la persona de la que me hablaste. ¿Meléndez? —asentí—. Sí, tuve que buscar a Meléndez. Mi vida es muy aburrida, si eso sirve de disculpa. Todo se iba a hacer en privado primero, escribieron algo muy parecido y se canceló, los textos se destruyeron por petición mutua. En serio, perdóname, debí preguntarte primero. ¿Y qué habría pasado si te hubieras negado? Lo habría hecho de todas formas. Soy una niña caprichosa y tú eres mi siguiente capricho. Dentro de poco tiempo te darás cuenta de que esto fue un pretexto y por debilidad terminarás acostándote conmigo. ¿O crees que hablabas en serio cuando decías que la soledad era una categoría inaplicable a ti?
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Releo una y otra vez el final de este diálogo y me parece inverosímil, brillante, fácil. Es demasiado ocejiano. Pero ahora es muy tarde para separar los hechos de los discursos, el tiempo de las palabras, el significado de los sonidos y lo estético de la verdad. Y aunque me cuesta trabajo recordarlo, sé que a partir de ese momento Regina estuvo ahí, durante mis futuras cavilaciones y momentos de desesperación, llenándolo todo de humo. Cuando caminaba por la calle durante horas recitando de memoria los primeros poemas, tratando de encontrarle un sentido a todo aquello.



Ilustraciones de Diana Haro Sauza, ENAP-UNAM