No. 145/CUENTO

 
Recuerdo Salazar


Álvaro José Camacho Neumann
Ajo Kano



Recuerdo. Así se llamaba: Recuerdo Sa­lazar. La primera vez que la vi, Me­to­dio nos iba dando la espalda, como siem­pre, llevándonos por un cen­te­nar de calles, guiado por esos cables eléctricos que partían el cielo gri­sá­ceo. Frente a nosotros dos chicas hablaban en susurros y de vez en cuando nos miraban. Mis labios perma­ne­cían mu­dos. Los ojos de Recuerdo retrataban, lejos de los míos, el paisaje oscuro que desfilaba tras la ventana.

Bajo un cielo cobalto que apenas dejaba entrever los visos opacos del tiempo, to­mé el tranvía en uno de los costados del Zócalo. Metodio, el chofer, vestido con su uniforme azul, me dio una parca pero cálida bienvenida. “Hacia Xochimilco”, me di­jo con una sonrisa. Cinco minutos después el cielo se cubrió de nubes negras y se de­sató una tormenta. El granizo retozaba gro­tes­­ca­mente sobre el techo del vagón. Una joven abordó el tranvía en la colonia Obrera. Olía a sándalo húmedo. Su sombrero y su cha­le­co de vino tinto, su tez blanca, sus labios de rosa pálida, su falda marrón destilaban hilos de agua. Se sentó frente a mí. Tiritaba. Instintivamente me acer­qué a ella para ofrecerle un poco de abrigo. Clavó sobresaltada sus ojos en los míos, pero mi saco ya tocaba su espalda. Me senté a su lado y ella bajó la vista.

  
Ilustraciones de Gabriela Vázquez Carlos, ENAP-UNAM

—Apenas llegue a su parada puede devolvérmelo —le dije, señalando el saco.

Permaneció callada, balanceándose hacia delante y hacia atrás. Afuera ano­che­cía.

—Mi nombre es Darío, ¿y el suyo? —pregunté incómodo por su silencio.

—Recuerdo —dijo, mirándome de nuevo—. Recuerdo Salazar.

Esos ojos de avellana y ese rostro pálido salpicado de gotas se quedarían en mi mente para siempre.

El tranvía se detuvo y Recuerdo se levantó. El saco resbaló por su cuerpo y cayó en el asiento junto a mí. Sin una sola palabra se dirigió a la puerta y abandonó el vagón.

La espalda de Metodio fue testigo de todas las veces que me encontré de nuevo con Recuerdo, quien aparecía de repente, a veces en mi trayecto a casa, a veces cuan­do me dirigía al Zócalo. Nunca pude articular un horario para encontrarla a pro­pó­sito. Llegaba como la lluvia en mayo o las cabañuelas en febrero; se me presentaba pálida en unas ocasiones, bronceada en otras. Con el pelo lacio o chino. De vesti­dos largos o chalecos ajustados. Con zapatos bajos o tacones. Alegre o taciturna. La des­cubría tarareando canciones de Agustín Lara, trazando dibujos en alguna pequeña libreta, suspirando distraída mientras miraba a través de la ventana. La olía. Su aroma de rosas o de frutas o de sándalo o de sudor me acompañaba muchas horas después de aspirarla.

Y mientras más la encontraba, menos me reconocía.

Cuando pintaron de amarillo los tranvías ya estaba yo casado con una mujer que no era Recuerdo, y cuando dos líneas aerodinámicas adornaban los costados de los vagones, la enfermedad hereditaria de mi padre causaba estragos dentro de mí.

Seguí viajando en el tranvía, vislumbrando casualmente y entre figuras borrosas la imagen de Recuerdo, hasta que mis ojos cascados me alejaron de las formas. La escuché tararear canciones o reír desde algún asiento hasta que mi respiración si­bi­lante me apartó de los sonidos. Sólo me quedaba el vago rastro de su aroma y de su piel para sentir que estaba cerca. Pronto ya no pude continuar los trayectos de­trás de Metodio.

En mi pecho nació un hoyo, pesado como un vagón, que crecía a cada minuto. Mis palabras se volvieron toscas, mi ánimo desalmado, violentas mis manos. No po­día pensar en el hogar, ni soñar siquiera con sonrisas. Todo se quedó en el tranvía, bajo un cielo gris, con Recuerdo tiritando a mi lado. Escuchaba lejano el llanto de mi es­posa. Sus gritos no hacían más que socavar el dolor encerrado en mi cuerpo inso­por­table. Desidia. Apatía. Acedia.

Mi mujer me invitó al Zócalo en el tranvía para intentar mitigar el malestar. Me­to­dio ya no estaba. Desapareció para mí como debí desaparecer yo para él. El tran­vía se me hizo ajeno. Los rostros difusos de los pasajeros eran completamente inex­pre­si­vos, advenedizos. A mitad del regreso el cielo se cubrió de nubes negras y se desa­tó una tormenta. El granizo retozaba grotescamente sobre el techo del vagón. Mi mujer, con la boca abierta, roncaba descaradamente con la cabeza contra la ventana. Me pu­se de pie con algo de esfuerzo. “Que se pudra el tranvía”, murmuré mientras ba­ja­ba del vagón.

 

 


 

 

Álvaro José Camacho Neumann (Cali, 1979). Estudió Diseño Gráfico en el Ins­tituto Depar­ta­mental de Bellas Artes Antonio María Valencia de Cali. Ha realizado cursos y di­plo­mados de comunicación visual, guión de largometraje cinematográfico y creación audiovisual interactiva. Se ha desempeñado en los campos de la publicidad y la industria editorial. Ha pu­blicado poesía en antologías de España y Colombia. Fue finalista del concurso-taller en línea Ca­za de Letras con el seudónimo Ajo Kano.