No. 145/POEMAS

 
Poemas


Álvaro Solís
 
La noche entera

Fuensanta:
¿tú conoces el mar?
dicen que es menos grande y menos hondo
que el pesar.

Ramón López Velarde

I

Nunca miramos el mar,
nunca nos detuvimos a mirarlo inalcanzable.
Su furia contenida por años ruge sin parar y las palmeras inmóviles,
oleadas de sofocación, cortinas, entrecerradas ventanas.
Tanto calor como para fundar diez mil infiernos;
arden las paredes y mi cabeza arde en las brasas de este tiempo.

Nunca miramos el mar, nunca entrecerramos los ojos para mirar el mar de abril.
 
Ilustraciones de Diego Narvaéz Herrasti, ENAP-UNAM




II


Apoyado en la ventana te esperé la noche entera.
La noche era un camino que no se podía recorrer con calma,
extendía sus fronteras hacia donde no era posible esperar.
Porque el corazón no puede soportar las heridas que produce la esperanza,
la noche era un sesgo que nunca aprendí a tomar con sigilo.

Tú me atormentabas diciendo que llegarías más tarde
con la indiferencia que se da la hora a algún desconocido.
Mi corazón era un volcán extinto que de repente exhala pequeñas fumarolas recordando el tiempo de erupción.
Pero aquel día mi paso fue más lento, y llegué tarde,
me esperabas con los jeans color rosa y tu cinta para el cabello y tus zapatos,
y tu bolso de mano y tu llavero y los rasgos de tu blusa y tu indiferencia del mismo color.
Parecías no advertir que te miraba, y pensé que estabas sola, que no esperabas,
que estabas muy lejos de casa, de los sabores resecos del invierno,
que no pertenecías a nadie, ni a ti misma,
mientras te maquillabas sin prisa mirándote al espejo y agachabas la cabeza como avergonzada.
Ese día llegué tarde pero hicimos el amor con toda calma,
luego te pusiste mi camisa color vino
y pedimos comida china, relucían tus blancas piernas donde yo recostaba mi cabeza para recordar tu gesto
    entristecido de la espera.

Porque la noche extiende sus dominios sobre todos los que anhelan el retorno de alguien que nunca volverá,
mi corazón contiene aún las furias de aquel mar que siempre nos fue inalcanzable.
Nunca miramos el mar,
nunca entrecerramos los ojos para mirar el mar de abril.



Elogio de la infancia

A Úrsula García de Gante


 

Mucho tiempo he estado acostándome temprano.
A veces, apenas había apagado la lámpara,
cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo
te­nía para decirme: "ya duermo".


Marcel Proust


¡Palmeras...!
en constante movimiento.
El patio de la casa, el camino hacia la casa
y la tormenta que agita la dureza de los frutos,
los troncos que se doblan sin quebrarse.

¡Palmeras...!
con el tiempo amarillas dando frutos secos
que se caen, que se tiran previniendo el desastre
y flores de gardenia brotando de las matas,
flores y más flores y palmeras sedientas,
lejos todavía del mar y de la arena que hierve a mediodía.

Palmeras altas y otras pequeñas al alcance de las manos,
del machete acapulqueño de mi padre
rebanando los frutos, tomando la sangre transparente de los cocos
que la tormenta precipita a la catástrofe.

El viento lanza sobre el techo de la casa
pasos indecisos de gigantes sobre el techo de lámina,
sobre el sueño que tarda en llegar cuando hay tormenta
y los cocos, las palmeras, sus brazos volando por los aires,
por los aires las hojas de la palma
cada vez más lejos hasta el patio de algún vecino.

¡Palmeras...!
que resisten las tormentas pero no los rayos.

¡Palmeras...!
que resisten la inclemencia del sol pero no el recuerdo.

¡Palmeras! tirando cocos
                               aquí y allá
invisibles, silenciosas, meciéndose en el aire.

Las palmeras de la infancia aún dan frutos
que ya no alivian mi sed.




Distancia

Fuimos bajando hasta el fondo
por las calles del puerto. La noche
remaba en el abismo de los ojos.

Jorge Fernández Granados

Habíamos encontrado muchas luces en la selva,
pero perdimos el camino de regreso a casa.
Oscuridad por todas partes, sólo luces ululantes, voladoras,
algunas encerradas en nuestros frascos de mayonesa.

La noche se fue cerrando sobre nosotros
ocultándonos unos de otros. Las luces atrapadas languidecieron,
avanzada la noche nuestra casa estaba más lejos cada vez que respirábamos.
Parados en medio de la selva oscura, dijera el florentino,
esperábamos el amanecer que estaba a diez horas de distancia,
y la selva rugía mientras tanto,
y quebradizos aleteos de lechuzas coronaban nuestro miedo.
—No se alejen demasiado, advirtió mi padre,
pero seguimos nuestra vocación de nunca hacerle caso.
No había camino de vuelta, estábamos ahí para noche,
sus negras raíces fecundaban la tierra.

¿Cómo pudo la luz emboscarnos en la nada?
Habíamos encontrado muchas luces en la selva,
pero perdimos el camino de regreso a casa.

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Álvaro Solís (Villahermosa, Tabasco, 1974). Es licenciado en filosofía y cursa actualmente la maes­tría en literatura mexicana en la BUAP. Ha publicado los libros de poesía Cantalao (Universidad de Guanajuato), Solisón (feta) y También soy un fantasma (Go­bierno del Estado de Tabasco, 2003). Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2006, el Premio Clemencia Isaura de Poesía 2007 y el Premio Nacional de Poesía Joven Gutierre de Cetina 2007. Ha sido becario de la FLM y del FONCA.