Nuevos ecos del 68 / No. 211

Rumania Mexicalli
 



Yo no sabía NADA DE BULGARIA
hasta que decidí escribir un poema
sobre México.
GERARDO ARANA,
Bulgaria Mexicalli


Remolinos


2 de octubre de 1968, 6:15 de la tarde, piso 19 de la torre de Relaciones Exteriores, Tlatelolco. No era la primera vez que las cámaras de Servando González grababan un remolino. Once años atrás, en el pueblo de Míxquic, durante la filmación de Yanco, su primer largometraje, había utilizado un sumidero de agua para realizar la última secuencia de su historia: la dramática escena donde el niño protagonista llega a la solitaria zona de chinampas para tocar el violín y, de pronto, una corriente acuática arranca el pedazo de tierra donde está parado. Sin dejar de ejecutar una música tristísima, el niño es empujado hacia el sumidero que, en espiral, todo lo traga: lodo, plantas, espumas. Al final muere y sólo queda el paisaje, una de las últimas estampas rurales y semilacustres de la Ciudad de México.

Míxquic, pueblo ubicado en la delegación Tláhuac de la Ciudad de México, fue en el pasado una isla dentro del lago de Chalco. A ese lugar se llegaba en canoa, como en algún tiempo se llegó, también, a Tlatelolco, ciudad gemela de Tenochtitlán en donde la resistencia mexica aguantó lo más que pudo el sitio de los conquistadores españoles y donde, cuatrocientos cuarenta y siete años más tarde, Servando González, al mando de ocho camarógrafos, grabó, por órdenes de Luis Echeverría Álvarez, secretario de Gobernación, lo sucedido la tarde y la noche del 2 de octubre del 68.

Por la ubicación y la altura, las cámaras registraron casi todo. Filmaron desde las cuatro de la tarde a las dos de la mañana. Grabaron las formaciones militares. La inundación de gente en la explanada. El comienzo del mitin estudiantil en el balcón del tercer piso del edificio Chihuahua. La aparición, a las 6:10 p.m., de un par de helicópteros que tiraron dos bengalas, una roja y una verde. Los disparos provenientes de diversos puntos, incluso del tercer piso del Chihuahua, donde los oficiales del Batallón Olimpia, con su guante blanco en la mano derecha, se confundieron con los dirigentes estudiantiles y abrieron fuego desde ahí, para confundir y avivar el ataque militar. Y lo más impresionante de todo: la desbandada de los civiles, quienes, aterrorizados, formaron con sus movimientos, durante unos segundos cine mato gráficamente milagrosos —eso le pareció a González—, la figura de un remolino, como si su pánico se tradujera en una coreografía centrípeta, una fuga que, en lugar de dispersarlos, los anudó en una espiral que casi inmediatamente se saturó y explotó en un reguero de hormigas correteadas por la muerte.

Sin dejar de dirigir la filmación, y sin juzgar que lo sucedido abajo era una atrocidad, González recordó con orgullo y nostalgia el remolino de Yanco. Se dijo a sí mismo que estaba haciendo bien su trabajo. Al mando de su equipo, no debía perder ningún detalle de los hechos. En eso pensaba cuando percibió el olor agrio, como de leche fermentada y jugos gástricos. A su la-do, un hombre estaba encorvado y con las manos en las rodillas.

—¡Vuelva a su puesto, pendejo! —le gritó al camarógrafo que, asqueado, había vomitado tras hacer un zoom a una jovencita que, tirada en la plaza, se desangraba, atravesada por la bayoneta de un militar.


Lenguas romances

Los camarógrafos filman a miles de personas en la plaza. Aunque todavía no comienza el mitin, la gente ya grita con signas que no se alcanzan a comprender del todo, como si estuvieran articuladas en un lenguaje común, pero también extraño: el de la multitud.

Las imágenes resultan identificables, pero una mirada atenta revela extrañezas.

Lo que debía ser una masa líquida, estudiantil, es más bien cuadrícula perfectamente medida. Y los militares: su actitud es más propia de un evento oficial que de un ataque repentino. ¿Qué lugar es éste? El año sigue siendo 1968, pero los edificios de alrededor no son los de Tlatelolco. El idioma tiene algo de español, pero también de italiano o de portugués. Es rumano. La familiaridad de las lenguas romances.

La grabación se ubica en Bucarest, el 21 de agosto. La gente se encuentra ahí reunida porque Nicolae Ceaușescu, presidente de la República Socialista de Rumania, dará un discurso histórico en repudio a la invasión que la Unión Soviética, con el pretexto de cumplir los principios del Pacto de Varsovia, ejerce sobre Checoslovaquia.

A diferencia de lo sucedido ese año en Francia, Estados Unidos, México o la propia Checoslovaquia, don de las masas populares se manifiestan espontáneamente contra la autoridad en turno, los rumanos lo hacen en apoyo a su presidente. El camarada Ceaușescu, también llamado Conducător o Genio de los Cárpatos, declara que si bien Rumania es y seguirá siendo una nación socialista, fiel a los principios de Marx y Lenin, no se someterá a la férula de Moscú, así como ninguna nación debería hacerlo. La gente aplaude, en apariencia extasiada.

La intención de Ceaușescu era mostrar, afuera y dentro de su país, una imagen ejemplar. Orgulloso representante del mundo socialista y, al mismo tiempo, cordial amigo de las democracias occidentales. Después de ese discurso, autoproclamado héroe de la paz, se dedicó, durante décadas, a viajar por el mundo, desde China y Corea del Norte hasta Inglaterra y Estados Unidos, recibiendo toda clase de reconocimientos y honores.

Pero mientras tanto, en su país, se adueñó del poder durante más de veinte años. Ejerció una de las dictaduras más escandalosas y ridículas del siglo XX. El culto a la personalidad, el autoritarismo y la crisis económica fueron los signos de su gobierno. Pese a tener un aspecto físico más bien risible, en Rumania su efigie se volvió ubicua y hubo una policía especializada en vigilar que la gente pronunciara su nombre y el de su esposa, Elena Ceaușescu, siempre con reverencia religiosa. El mismo Conducător, poseído por una fiebre de egolatría, se aseguró de que siempre hubiera un grupo de camarógrafos filmándolo para que su imagen perdurara en el celuloide por el resto de los tiempos.

En una bodega de la Casa del Pueblo —descomunal palacio que Ceaușescu mandó construir en el centro de Bucarest—, los rollos de sus filmaciones se acumularon, uno tras otro, en torres de varios metros de altura. Miles de horas de grabación que, años después, el cineasta Andrei Ujica tuvo la paciencia de revisar y editar para producir su documental Autobiografia Lui Nicolae Ceaușescu (2010).

Disponible en YouTube, la Autobiografia es una película armada únicamente con material de archivo. Tres horas en las que se condensa toda la vida política de Ceaușescu: sus viajes, sus giras, sus celebraciones y, también, su tiempo libre, sus vacaciones. Aunque documental, por ratos parece una ficción surrealista. A una serie de discursos multitudinarios le siguen escenas don-de hombres vestidos con ropas medievales rumanas cabalgan al pie de los Cárpatos, y luego hay bailes que pretenden ser a gogó pero resultan sospechosamente soviéticos, y desfiles donde miles de jóvenes aburridos forman el rostro de Ceaușescu con cartelitos, y aplausos y cetros y banderas comunistas y visitas a re yes extranjeros, y hay una muestra de productos agrícolas donde, por la crisis del campo, se tienen que exhibir verduras de plástico, y el dictador juega torpemente tenis con su esposa y luego la cámara filma ciudades destruidas por terremotos y, pese a la mezcla de situaciones, en conjunto, la narrativa resulta impecable: no hay ningún momento de confusión. Lo que se presenta es la vida del Conducător y el espectador comprende veinte años de vida rumana mejor que si hubiera leído un libro de Historia.

(Yo vi la Autobiografia porque buscaba registros de la visita que Ceaușescu realizó a México, por invitación de Luis Echeverría, en junio de 1975. Visita durante la cual, entre otras cosas, el rumano fungió como padrino en la inauguración del Sistema de Drenaje Profundo de la Ciudad de México. Para mi decepción, Ujica incorporó muy pocas escenas mexicanas. Únicamente, entre el minuto 82:45 y el 83:07, se ven unas panorámicas nocturnas de Paseo de la Reforma; en las bocacalles, aparecen algunas efigies gigantes y luminosas de Ceaușescu formadas con miles de foquitos y, debajo de cada una, un letrero rojo y titilante con la palabra Bienvenido. Eso es todo).

La Autobiografia comienza con las imágenes del juicio sumario al que fue sometido el matrimonio Ceaușescu tras la Revolución rumana de 1989. En diciembre de ese año, el pueblo, tras décadas de dictadura, protagonizó una serie de revueltas en distintas ciudades del país. Diciembre del 89 fue el 68 rumano: la gente inundó las calles, dispuesta a cambiar la realidad. La reacción no se hizo esperar y el ejército arremetió contra los civiles. Se calcula que hubo ciento sesenta y dos muertos y mil ciento siete heridos entre el 16 y el 22 de diciembre. Ante el abuso de la fuerza estatal, la indignación se expandió y, en pocos días, todos los sectores de la población, incluido el ejército, se sumaron a la revuelta.

Los Ceaușescu, acompañados por un pequeñísimo séquito de fieles, huyeron primero en helicóptero y luego en automóvil con la esperanza de refugiarse en el pueblo de Târgoviște. Las fuerzas armadas los captura ron y enjuiciaron el día 23.

Las acusaciones que cayeron sobre ellos fueron genocidio, daño a la economía nacional, enriquecimiento ilícito y uso de las fuerzas armadas en contra de los civiles, más o menos los mismos cargos que, en 2006, recibió Luis Echeverría en su contra por lo sucedido el 2 de octubre del 68 y el 10 de junio del 71, aunque al final el expresidente mexicano fue exculpado, mientras que los Ceaușescu fueron fusilados en la Navidad de 1989.

Las imágenes de sus muertes (sentados en rústicas sillas de madera, reciben las descargas de los fusiles; luego yacen en el suelo, con charcos de sangre a su alrededor) fueron transmitidas por la televisión rumana y en la actualidad son fácilmente localizables en internet. Sin embargo, Andrei Ujica no las incorporó a su documental.


Servando González: inicios de "traidor" (expediente 000036-1, Centro de Documentación Hemerográfica de la Cineteca Nacional)

Nacido en la Ciudad de México en 1923, González llegó al mundo del cine a los doce años de edad. En los Estudios Clasa lo emplearon como mandadero o, según sus palabras, como "traidor", porque los trabajadores le decían: "trae esto, trae aquello". En 1945 lo contrataron como jefe del Departamento de Copia en los Estudios Churubusco y en 1953 logró ser director de los mismos.

Nadie duda de los méritos laborales que le permitieron un rápido ascenso en el escalafón cinematográfico. Sin embargo, cabe decir que González tenía unas habilidades específicas: sumisión ante los jefes, buen tino para las adulaciones, falta de escrúpulos a la hora de despedir a sus subordinados, experiencia como esquirol y muestras de fidelidad a las instituciones; aptitudes propias de la "política maniobrera" que, irradiada desde el PRI, dominó, a través de sindicatos, confederaciones obreras, comités regionales, etcétera, todas las esferas de la vida nacional durante la mayor parte del siglo XX.

Fue por ello natural que, en 1955, González, impelido por sus deseos de convertirse en cineasta, se afiliara al PRI. Era un buen momento para hacerlo; desde la promulgación de la Ley de la Industria Cinematográfi ca de 1949, todos los asuntos relacionados con el cine fueron controlados por la Secretaría de Gobernación. Situarse del lado del poder era un salvoconducto.

Pero González ya tenía contactos previos con el partido. Sus primeros trabajos como cineasta los realizó en 1950, cuando, por encargo del presidente Miguel Alemán, filmó algunas giras oficiales.

En 1951, en la gira electoral de Adolfo Ruiz Cortines, González fue director de la Campaña Cinema to gráfica. Ahí conoció a Luis Echeverría, quien también trabajó en la promoción del candidato. Al llegar Ruiz Cortines a la presidencia, Servando realizó varios documentales por encargo del poder ejecutivo. La historia se repitió con Adolfo López Mateos, quien además lo nombró director de Cine de la Presidencia de la República.

En ese sexenio, mientras desempeñaba un cargo oficial, González produjo su primer largometraje de ficción, Yanco, patrocinado por el Instituto Nacional de Protección a la Infancia y realizado sin el apoyo del muy combativo Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica. Estrenada en una gala de lujo el 2 de noviembre de 1961, la cinta atrajo la atención de los sectores más conservadores de la crítica. No obstante, se trataba, según una nota que José de la Colina publicó en el periódico Política el 15 de noviembre de 1961, de una gran farsa. Ahí se desmentían los méritos del filme y se los tachaba de anacrónicos, al mismo tiempo que se denunciaba la "hipertrofia o excrecencia" del lenguaje cinematográfico. Además, De la Colina seña ló que era falsa la publicidad que anunciaba a Yanco como obra ganadora de galardones internacionales, cuando la verdad era que, si por un lado recibió el dudoso Premio Carabela de Oro a Mejor Película en el Festival de Cine Religioso y de Valores Humanos de Valladolid, España, por el otro los encuentros fílmicos verdaderamente prestigiosos, como la Muestra de Cine de Venecia, se negaron a incluirla en sus programas.

Como sea, Yanco fue un parteaguas para González. Después de eso, realizó una extensa filmografía propia que no interrumpió sus tareas oficialistas.

Servando siguió trabajando para los presidentes, excepto para Gustavo Díaz Ordaz. Sin embargo, durante su sexenio sí recibió algunos encargos. Uno de ellos fue el que le hizo el secretario de Gobernación Luis Echeverría: filmar los acontecimientos del 2 de octubre.

Al destaparse la candidatura presidencial de Echeverría, González fue el encargado de registrar la campaña. El día de la toma de protesta, Servando grabó toda la ceremonia con un estilo grandilocuente: zooms imprevistos durante el discurso, planos a contrapicada a la hora de los aplausos, tomas a ras del suelo.

Echeverría lo nombró director de Cinematografía del Gobierno Federal y lo ocupó en numerosas ocasiones, algunas oficiales y otras no. Según el periodista Héctor Rivera del periódico Milenio, Echeverría era "un hombre enfermo de vanidad, empeñado en perpetuar en el celuloide cada momento de su gestión política y también de su vida privada", y por ello contrató a González como su camarógrafo personal, cuyo trabajo era grabar, entre otras cosas, las fiestas de la familia presidencial.

La remuneración por el servilismo del cineasta era elevada, pero el presidente tenía cooptado a González también por otros medios. Le facilitó los recursos para que hiciera las películas que deseara. El asunto era sencillo: el abogado y actor Rodolfo Landa (una de tantas películas en las que participó fue Viento negro, de 1964, dirigida precisamente por González) era hermano de Luis Echeverría y fungió como director del Banco Nacional Cinematográfico, así que Servando tenía abiertas las puertas de la industria fílmica.

Además, Echeverría alimentó el amor propio de González otorgándole reconocimientos y difusión internacionales. En 1975, dentro del marco de la visita de Ceaușescu a México, se celebraron intercambios culturales. Echeverría envió a Rumania un ballet folclórico y una copia de Yanco. Anunciada como la mejor película mexicana del siglo XX, se exhibió en el cine más importante de Bucarest durante un par de meses. El público estuvo constituido por estudiantes de secundaria vigilados por profesores y prefectos que, a su vez, eran vigilados por agentes de la Securitate. Ese año, en muchas ciudades del mundo, se estrenó Tiburón, de Steven Spielberg, pe ro los jóvenes rumanos tuvieron que conformarse con ver Yanco.

En un periódico de Bucarest se publicó una reseña del filme. El autor celebraba el talento que el director tenía para registrar los "bellos paisajes de su tierra", al mismo tiempo que discurría lírica y fantásticamente acerca de la geografía de la altiplanicie mexicana, "bañada por los mismos lagos sobre los que, en siglos remotos, se levantó la famosa Tenochtitlán, cabeza de un imperio".

Ignoraba que, para esos años, los lagos del Valle de México habían sido secados casi por completo y que, en junio de 1975, su presidente, Nicolae Ceaușescu, había sido el padrino de una de las obras de infraestructura más grandes del mundo cuya función es evitar, hasta la fecha, que la región lacustre del Anáhuac siga existiendo.


Islas/siluetas

Míxquic, el pueblo donde Servando González filmó Yanco, fue, como Tlatelolco en el siglo XVI, una isla. La diferencia es que Míxquic permaneció más tiempo en un entorno lacustre, mientras que Tlatelolco fue rápidamente fagocitado por la urbe desecada.

A fines del siglo XIX, Míxquic se encontraba dentro del lago de Chalco. Pero en 1896, los hermanos Noriega, un par de inmigrantes asturianos, solicitaron al gobierno de Porfirio Díaz una concesión para desecar el lago y desarrollar un proyecto de agricultura y ganadería intensivas. Sus argumentos principales fueron que el entorno lacustre era un "foco de infección" y que, además, la zona era económicamente improductiva. No les importaba el hecho de que los pueblos de la zona habían explotado, desde tiempos inmemoriales, la pesca, la agricultura chinampera, el forraje acuático y la caza de aves como medio de subsistencia.

Como era de esperarse, Díaz les otorgó el permiso. En menos de dos años, los Noriega desviaron ríos y manantiales y construyeron doscientos tres kilómetros de canales para drenar el lago e irrigar los nuevos sembradíos. A cambio recibieron en propiedad la mayor parte de las tierras descubiertas, un amplio territorio donde usufructuaron una próspera red de latifundios, todos con tiendas de raya incluidas.

Desde luego, las comunidades ribereñas se opusieron a la aniquilación del lago porque no era solamente el cuerpo de agua el que peligraba, sino también su cultura y reproducción social. Sin embargo, con la aquiescencia de las autoridades, la resistencia fue brutalmente aplastada. Los Noriega utilizaron sicarios y un método de represión técnico: con sus bombas hidráulicas, inundaban los sembradíos de los pueblos inconformes.

La historia de México como una guirnalda de reivindicaciones sociales que los poderosos se empeñan en segar.

Aunque el lago de Chalco aún no desaparece por completo, Míxquic dejó de ser una isla antes de que acabara el siglo XIX. Cuando a principios de 1960 Servando González grabó Yanco, la ribera lacustre se encontraba ya muy lejos del pueblo. Sin embargo, aún había más canales, chinampas y campos que ahora. En los últimos sesenta años, la metástasis urbana, propiciada por la corrupción de los gobiernos locales que intercambian predios y servicios a cambio de votos, le ha ganado cada vez más terreno al lago. En la narrativa de Yanco —más bien celebratoria de las acciones gubernamentales— no se presenta ningún indicio de esa problemática ecológica y social, pero por contener imágenes del paisaje de entonces funciona como el registro visual de un espacio
 
agónico.

Contrario a moribundo, que lleva impresa la marca del desahucio, agónico es un adjetivo que describe a alguien cercano a la muerte, pero en actitud de comba te: los aztecas y los estudiantes sitiados en Tlatelolco, con cuatrocientos cuarenta y siete años de diferencia entre sí. Cuando uno visita la región de Chalco, no se puede más que admirar la terca resistencia con que las aves migratorias continúan llegando a los restos de agua y la antigua confianza de los campesinos que, para sembrar en las tierras desecadas, siguen transportándose en canoas a través de los canales sobrevivientes. ¿Cuánto tiempo más agonizarán antes de ser desalojados, como le sucedió hace poco a los últimos vestigios de agua en Texcoco, debido a la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México? El terrible tránsito de agónico a
 
occiso.

La palabra occiso, como certificado judicial, precisa la causa de la muerte: asesinato. El vocablo es una silueta que señala a la víctima y enmarca un vacío que es preciso llenar: el esclarecimiento del crimen. En los procedimientos periciales, la silueta del occiso se dibuja en el lugar donde fue encontrado el cadáver, como inicio de la pesquisa. Todavía hoy, en Tlatelolco, la gente suele dibujar siluetas de cuerpos que ya no están. Los habitantes del Valle de México deberíamos trazar las orillas de los lagos
 
ausentes.

Ausente: persona de quien se ignora si vive todavía y dónde está. A los lagos del Valle de México, como a muchos activistas mexicanos del 68 o de la guerra sucia, y como a miles de víctimas de la guerra contra el narcotráfico, les pasa lo mismo: se han convertido en ausentes. El caso de los lagos, sin embargo, es más preciso. Desterrados, invisibles, drenados, suele darse por hecho que mu rieron, pero pueden volver en cualquier instan te. Basta con que la infraestructura de drenaje falle o resulte insuficiente, como pasa cada tanto. Basta con observar el estado en que se encuentra el Emisor Central del Sistema de Drenaje Profundo. Diseñado para expulsar fuera de la Cuenca de México doscientos diez metros cúbicos de agua por segundo (cinco albercas olímpicas cada minuto), para 2005 su capacidad había disminuido a ciento cincuenta metros cúbicos. Las razones, difíciles de precisar, eran los taponamientos y agrietamientos del túnel, debidos a los gases tóxicos que las aguas negras desprenden. Cada año, el Sistema extiende su red y aumenta el número de interceptores que desembocan en el Emisor Central, túnel que, si llegara a colapsar, ocasionaría la inundación de un área de seiscientos cincuenta kilómetros cuadrados en el oriente del Valle de México, donde viven aproxima da mente diez millones de personas. Entonces quedarían al descubierto sólo las partes que originalmente fueron islas, y los agónicos, los occisos y los ausentes demostrarían que su derrota era sólo aparen te: que nunca, en realidad, se fueron y que aún pueden abarrotar con su multitudinaria presencia las plazas públicas.


Ahuízotl (un filme de época). Gran Premio del Jurado Popular en el Festival de Cine Tercermundista de Bucarest

Sinopsis: en 1498, el tlatoani Ahuízotl (interpretado por el actor más parecido a Gustavo Díaz Ordaz que los del casting pudieron encontrar) contempla Tenochtitlán des de lo alto de un templo. Tiene en mente el encuentro mesoamericano de juego de pelota, justa deportiva que atraerá la visita de miles de peregrinos. Conoce, por ello, la urgencia de construir un segundo acueducto en la ciudad (el primero fue diseñado y realizado por Nezahualcóyotl en la década de 1460) para garantizar el abasto de agua potable.

Su plan es trasvasar el líquido desde los pueblos ribereños de Coyoacán y Churubusco. Sin embargo, pronto se enfrenta con una oposición popular comandada por Tzotzoma, señor de Coyoacán. Los habitantes se niegan a la expropiación de sus recursos.

Ahuízotl, en su palacio, monta en cólera y, paranoico, no tarda en imaginar una red de focos sediciosos por todo el imperio. Se quita el penacho, lo coloca sobre el escritorio y piensa en formas de acabar con la rebelión. A la oficina del tlatoani sólo puede entrar Moctezuma Xocoyotzin (interpretado por Luis Echeverría, quien por fin cumple su sueño de actuar en un filme de época), secretario de Gobernación y posible heredero del trono. Moctezuma, ambicioso, sabe que la mejor estrategia para llegar a la cima del poder es fingir estar de acuerdo con Ahuízotl, acompañarlo en su delirio y su plan de represión: "Tzotzoma y su gente no tienen la razón, hay que aplastarlos, señor tlatoani. Si no lo hacemos, el imperio corre el peligro de desmoronarse."

Juntos, en la pirámide, planean lo que será la masacre de Coyoacán. La operación debe realizarse antes de que inicien los juegos de pelota. En una tarde, los guerreros águila abaten a los manifestantes con brutalidad pavorosa. Se desconoce la cantidad de muertos. Poco después, los arquitectos de Ahuízotl concluyen el acueducto. Tenochtitlán cuenta, una vez más, con agua suficiente. Pero un día de 1502 el caudal de los manantiales de Churubusco multiplica su potencia y provoca una de las más grandes inundaciones de la capital mexica. Se cumple así uno de los presagios de Tzotzoma, quien antes de morir asesinado había previsto grandes calamidades para el imperio. Ahuízotl muere ese año, víctima de un golpe en la cabeza al tratar de resguardar se en la inundación.

El nuevo tlatoani es Moctezuma, quien durante el sexenio que comienza se esfuerza por sepultar el episodio de Coyoacán. Su gobierno se caracteriza por un regreso al nacionalismo mexica, representado, durante los últimos quince minutos de la película, con bellas escenas de chinampas, macehuales sonrientes y alianzas con pueblos humildes.


Luis Echeverría: el actor

Antes de llegar a la presidencia, Echeverría llevó a cabo, con paciencia inquebrantable, un ejercicio disciplina rio de interpretación actoral: la creación de un personaje que, quizá por su falta de atributos, no despertaba suspicacias y, sin embargo, tras bambalinas, preparaba la escena triunfal de su aparición tragicómica. "El tapa-do perfecto", lo llamaría Enrique Krauze.

Cuando en 1969, con el tradicional dedazo Gustavo Díaz Ordaz designó a Echeverría como su sucesor, el cambio en el ahora candidato fue flagrante, como si hubiera salido del clóset. El impenetrable y discreto secretario de Gobernación se convirtió, de pronto, en una personalidad fotogénica y sonriente. El día que se anunció su candidatura, disfrazó a sus hijos de charros, dispuso en su casa una escenografía vernácula y recibió a los periodistas como si le ofrecieran el premio Ariel a mejor actor principal en una película aún no producida.

A partir de ese momento, y hasta diciembre de 1976, Luis Echeverría y Servando González hicieron la filmación completa del sexenio. El nuevo presidente quería mostrar en su gobierno un nacionalismo al estilo cardenista, una retórica de izquierda y, sobre todas las cosas, una si mulada apertura democrática como estrategia para borrar su complicidad en los hechos del 2 de octubre. Esos puntos, le había dicho a González, debían observarse en el estilo visual de las filmaciones. No importaba el número de tomas que se necesitaran para lograrlo: paradigmática fue la ocasión cuando, en Zacatecas, grabaron un mitin y, acompañados por el cantante Antonio Aguilar —quien hizo un número con sus caballos bailarines—, obligaron a los campesinos a repetir diez veces los aplausos y ovaciones antes de quedarse con la versión definitiva.

Echeverría gobernó más como actor que como estadista. A eso se refirió Daniel Cosío Villegas en su pequeño pero incisivo libro El estilo personal de gobernar, don-de denunciaba los excesos de egolatría intolerante y las expansiones histriónicas del presidente. Porque era evidente que sus acciones estaban pensadas en función de la cortina de humo que levantarían y del golpe de efecto que transmitirían a los ciudadanos. El rompimiento con Díaz Ordaz, el ostentoso dinero otorgado a los campesinos, el creciente presupuesto para las universidades, la seducción que ejercía sobre los intelectuales, las declaraciones de solidaridad hacia las naciones tercermundistas, el repudio al golpe militar en Chile, el recibimiento de los exiliados, las extenuantes giras de trabajo: todo estaba previamente escrito en el guión de las apariencias.

Sin embargo, detrás del telón, seguía siendo el mismo represor circunspecto que había orquestado, junto con Díaz Ordaz, la masacre del 68. Capaz de todo con tal de silenciar las críticas, no dudó en recurrir al pretorianismo como método de control. Muestra de ello fue la Matanza del Jueves de Corpus, ocurrida el 10 de junio de 1971, donde murieron aproximadamente ciento veinte estudiantes, la feroz continuación de la guerra sucia y el golpe al periódico Excelsior, el 8 de julio de 1976, donde mutiló la libertad de expresión.

Desde el comienzo de su gobierno, el deseo de mostrarse en público lo llevó a romper la promesa que había hecho de no gastar en giras diplomáticas. Viajaba al extranjero con una comitiva circense que incluía a toda su familia, funcionarios, camarógrafos, un grupo de mariachis y bailarines folclóricos. La excesiva confianza que tenía en sí mismo lo llevó a intentar un movimiento de países tercermundistas, a redactar una Carta de Derechos y Deberes de los Estados, a exigirle a Coca-Cola la fórmula de su refresco y, al final de su mandato, a aspirar a la presidencia de la ONU y al Premio Nobel de la Paz. Por supuesto, los actos erráticos, sumados al fracaso de su administración (durante su sexenio la deuda externa se incrementó quinientos por ciento y la devaluación del peso se volvió insostenible), lo ha cían ver más bien como un payaso dentro y fuera del país: memorable fue el 14 de marzo de 1975 cuando en la Ciudad Universitaria de la UNAM, Echeverría fue expulsado a punta de pedradas, jitomatazos y abucheos, como si se encontrara en una carpa de comediantes.

Por eso resulta tan singular el encuentro que mantuvo en 1975 con Nicolae Ceaușescu. Eran tan similares entre sí, que la tarde del sábado 7 de junio, cuando el dictador rumano aterrizó en el Aeropuerto de la Ciudad de México y Luis Echeverría, rodeado por su escolta, le dio un abrazo de bienvenida, no eran dos mandatarios quienes se saludaban, sino dos payasos. Así lo delataron sus gestos y movimientos, realizados como si estuvieran actuando frente a un espejo o, mejor dicho, como si estuvieran en una competencia de gags. Así lo registraron tanto las cámaras de Servando González como las de los cineastas rumanos encargados de filmar cuanto hiciera su gracioso dictador. El encuentro, además, se transmitió en directo por el canal 5 de la televisión mexicana, en el horario de El Chavo del 8.


"Bajo los adoquines, la playa" (grafiti pintado durante las movilizaciones de mayo del 68 en París)

En el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz se realizaron dos obras hidráulicas en el Valle de México. En 1966 se comenzó la construcción del Sistema de Drenaje Profundo, que inauguraría nueve años más tarde Luis Echeverría. Y en mayo de 1968, mientras los estudiantes franceses llenaban los muros de París con consignas revolucionarias e imaginativas, se puso en funcionamiento el Pozo Texcoco 1, para garantizar el abasto de agua potable en la Ciudad de México, sobre todo, durante los Juegos Olímpicos.

El Pozo Texcoco 1, cavado a una profundidad mayor a los dos mil metros, no sólo permitió sacar agua de mantos acuíferos nunca antes explotados: facilitó también a los geólogos material importante para formular con mayor exactitud la teoría orogénica de la Cuenca de México, según la cual hace sesenta millones de años, antes de que por efecto del vulcanismo surgieran los sistemas montañosos de la región, este espacio estaba ocupado por mares tropicales.

No había pavimento, ni ciudad, ni volcanes, ni valles, ni lagos. Nada más que océano y, tal vez, algunas playas de arena dorada donde los animales prehistóricos tomaban el sol.


Payasos

En su ensayo "Payasos: el dictador y el artista"¸ el novelista rumano Norman Manea indaga, con prosa corrosiva, las paradójicas razones por las cuales Nicolae Ceaușescu resultaba tan insoportablemente ridículo, risible e incluso lastimoso al mismo tiempo que implacable y terrible. "Los niños —escribe Manea— se reían del tirano, les parecía incomprensible que dominase la vida de los adultos."

Y sí: basta un vistazo a las grabaciones de Ceaușescu para descubrir en él a un personaje patoso, caricaturesco. A la luz de esa efigie, lo desconcertante era la sumisión con que el pueblo rumano se entregó a la mascarada de aquel hombrecillo autoritario.

Manea considera que, durante la dictadura, el espectáculo y el fingimiento se apoderaron de su país, produciendo una inversión de la realidad. Cualquier esbozo de diálogo social auténtico era rápidamente drenado y ocupado por la simulación dirigida por el payaso Ceaușescu. Los rumanos vivieron presos dentro de una ficción inverosímil y pesadillesca cuyo peso sepultaba cualquier intento de sinceridad. Tal es, en efecto, la sensación que transmite la Autobiografia, de Andrei Ujica, donde lo documental se vuelve comedia surreal.

Por su parte, en México, la ficción de la revolución institucionalizada alcanzó con Echeverría la cúspide de su espectacularidad, pero también su debacle. Después de él, no hubo presidente que volviera a confiar con tanta vehemencia en ese discurso. Tres sexenios más tarde, llegó el neoliberalismo y el guion utilizado para sustentar el poder fue otro. Pero en su momento, Echeverría lo explotó hiperbólicamente. Nimbado de falsos halos revolucionarios, consideró oportuno invitar a Ceaușescu como personaje legitimador en su pro pia representación. Si Díaz Ordaz había fraguado la matanza de Tlatelolco por miedo a una invasión comunista, él, obsesionado por desligarse de esos crímenes, planeó recibir a un famoso representante del socialismo. Y además, lo convertiría en el padrino del Sistema de Drenaje Profundo, obra que planeaba inaugurar por esos días y que, según sus palabras, "mostraba la continuidad constructiva de la Revolución mexicana".

Así fue como el lunes 9 de junio de 1975, a las 9:30 de la mañana, Echeverría y Ceaușescu, rodeados de funcionarios y camarógrafos, llegaron al kilómetro 7 del Gran Canal del Desagüe. La peste de las aguas negras era tan notoria que ambos bromearon al respecto, pero los traductores usaron eufemismos y los chistes se arruinaron. La ceremonia en ese lugar consistía en que, juntos y al mismo tiempo, apretaran el botón amarillo que, mediante un mecanismo electrónico, dejaría libre el paso del agua hacia el Interceptor Oriente del Drenaje. A la cuenta regresiva de tres, hicieron el movimiento, pero sus dedos chocaron y, tras intercambiar unas sonrisas bobas, lo tuvieron que reintentar. Cuando por fin lo lograron, las aguas fueron succionadas hacia el túnel. Ésa fue la tercera vez que Servando González filmó un remolino.

A las 10:10 de la mañana de ese mismo día, arribaron a la lumbrera 0 del Emisor Central del Drenaje Profundo, en la delegación Gustavo A. Madero. Ahí, al pie de un enorme monumento dedicado a los trabaja dores de los túneles, los esperaba un templete para la ceremonia inaugural. Durante más de dos horas se leyeron discursos, se entregaron reconocimientos a los ingenieros y albañiles. Hubo aplausos y un recorrido por el Museo de las Obras Hidráulicas, construido ahí mismo.

Finalizada la ceremonia, el dignatario rumano anhelaba irse a desayunar, pero Echeverría, frenético, le dijo que aún faltaba la última parte del recorrido. Mientras decía eso, en su rostro se dibujaba una sonrisa monstruosa.

De pronto, con estruendo y ráfagas de viento, aterrizaron tres helicópteros de la Fuerza Aérea Mexicana. (Inexplicablemente, Andrei Ujica desaprovechó esas imágenes en la Autobiografia). A bordo de ellos volaron los presidentes, los camarógrafos y algunos funcionarios con rumbo a Tepeji del Río de Ocampo, lugar donde se encuentra el Portal de Salida del Drenaje. Ahí los aguardaban, con toldos, mesas y sillas, decenas de campesinos oriundos del desértico Valle del Mezquital, muy contentos porque, con las aguas negras expulsadas de la Cuenca de México podrían regar sus secos sembradíos.

Se dijeron otros discursos —esta vez más breves— y, sin mayor dilación, se procedió a lo bueno: cortesía de los campesinos hidalguenses, los cocineros sirvieron la barbacoa y el consomé humeantes. Algarabía generalizada, proliferación de refrescos. Echeverría se veía radiante: no dejaba de palmear en la espalda a su homólogo socialista. Servando González había parado de grabar y, goloso, le ponía pápalo a sus tacos. Ceaușescu miró con curiosidad la comida y se decidió a probarla. Como era de esperarse, se enchiló, sudó y todos se rieron. Una risa contagiosa, incontenible. Las carcajadas, primero de los políticos y luego de los campesinos, crecieron hasta mezclarse con los acordes del grupo norteño que amenizaba el almuerzo. En el ambiente se respiraba euforia. Fue entonces cuando el presidente rumano, con calculada picardía de bufón, tomó un taco retacado de nopales, lo volcó sobre su propia cabeza e hizo una mueca ridícula. Echeverría lo vio y sus carcajadas se tornaron aún más enloquecidas. Lágrimas de felicidad inundaban sus ojos cuando, sin esperarlo, recibió en la cara el golpe de un trozo de barbacoa. Ceaușescu inauguró, con ese ataque, lo que se convertiría en una festiva guerra de comida. Ambos presidentes se revolcaban, felices, entre salsas y garbanzos grasosos mientras los campesinos se bañaban con pulque.

Y mientras tanto, a unos metros de distancia, con torrencial estruendo, el Portal de Salida del Drenaje Profundo seguía expulsando agua, como las venas abiertas de un herido que, tirado en la plaza, se desangra.




Diego Rodríguez Landeros (Mazatlán, 1988). Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Autor del libro El investigador perverso y otros ensayos (Instituto Sinaloense de Cultura/Conaculta, 2014), ha colaborado también en diversos medios como Este País, Revista de la Universidad de México, Timonel y Cuadrivio. Fue becario por dos años consecutivos de la Fundación para las Letras Mexicanas y actualmente lo es del programa Jóvenes Creadores del FONCA. Su novela Desagüe se publicará en el Fondo Editorial Tierra Adentro.