Diez poetas de Guanajuato (1982-1996) / No. 209


 
Coatzacoalcos, Veracruz, 1982






Casa paterna

Enero iluminaba la ciudad
cuando mi padre herró las puertas de la casa.
Un sueño maduraba en nuestras vidas
cuando mi padre reforzó aquellos muros
que protegían el horizonte.
Con manos dolorosas, mi padre
tomó sus bienes más preciados:
la cama, los floreros, una silla,
el comedor donde usualmente departíamos
entre duras conversaciones;
y todo lo guardó en su memoria
como quien de pronto oculta cicatrices.

Arribando de muy lejos,
las sombras tapiaron las ventanas,
despegaron los muebles de los muros,
las huellas que dejamos
para encontrarnos siempre
en caso de perdernos en el tiempo.

Mientras mi padre, fuerte aún, escalaba
los peldaños últimos del sueño,
la casa se vaciaba de nosotros.
En el cuidado de sus manos
jamás llegamos a tocar la incertidumbre.
Pero la vida, un filo de navajas,
era, en casa de mi padre,
un río que atardecía
navegando por el mundo
hacia su propio fin.



Hábito de la palabra

I
Recuerdo poco aquella noche
—dirás en nuestra próxima conversación—
clara como ligero pensamiento
nacido entre los huesos y la carne
Dirás no sé dónde quedó el mundo
alguna vez deseado
pues nada en realidad tuvimos
nada sino pesar en nuestra vida
Dirás que el tiempo no ha sido bueno
contigo ni conmigo
que la distancia y los muebles y el hogar
que el clima
que el miedo a la muerte
son duros golpes que enturbian la sangre
el hábito de lo que ahora digo
no teniendo otra cosa que decir
o en otras palabras
no teniendo otra cosa que arrojar
sino ceniza para encender el viento

II
Sería bueno que volvieras la mirada
a épocas mejores
cuando avanzar o detenerse
eran las únicas opciones disponibles
Sería bueno que recordaras
el largo vuelo de los pájaros
o la misma sombra de los árboles
cuando de pronto declina la mañana

Hay sin embargo asuntos que no deseas
llamar por su nombre
senderos a los que no volverás
con la mirada que yo conocí
porque esos tiempos eran otros
dirás cuando por ellos te pregunten
o en realidad cuando yo lo pregunte
sin el acostumbrado río de tu nombre

III
Sería bueno que volvieras la mirada
al viento que agitaba palabras en mis ojos
diré cuando por algo me preguntes
Sería bueno que volvieras la mirada
diré yo por costumbre
por un deseo que no sabré disimular
bajo el claro abrigo de tu nombre

Sería justo que volvieras
que la distancia no olvidara
sus pasos en la acera
que las heridas no te hieran el cuerpo
Sería bueno que la pesadumbre
se moviese a un lugar distante



Río a la deriva

Vuelve a ser inútil el pensamiento
                     Rubén Bonifaz Nuño


Toda la noche escribo contra la noche,
contra el silencio de un día absorto en sí mismo.
Pero mi pensamiento golpea y no avanza,
el lenguaje no levanta su puño contra el hábito que hiere su cuerpo,
olvida las palabras que decimos en la oscuridad de un cuarto a solas
para probarnos que es verdad,
que habrá un destino
escribiéndose en los muros abandonados por el hombre.

Pasa la hora de esperar la llegada del tiempo que fue, será y es siempre hoy.
Hoy corre por campos sembrados en una rutinaria labor de incertidumbre,
rumor de agua entre calles devastadas por máquinas de sombra,
banca o precipicio a la espera de nadie,
una oficina arrasada por la lluvia,
la terca vanidad de escribir el poema que jamás habré de comprender.
Hoy no es muerte ni vida, no tiene rostro ni nombre,
aprisiona los brazos, cae sobre los hombros,
rasga el cuerpo como el embargo de muebles amados a vista de pájaro.

Yo camino por el silencio nocturno
que quiere ser ventana o nube,
pensarse árbol o río a la deriva,
yo camino por calles y edificios y no tengo a dónde volver los ojos.
Toda mi juventud se la tragó este instante de claridad.

Nadie me sigue, nadie llama a la puerta
o grita desde el patio como un gallo a la distancia.
El porvenir es un escritorio enfermo de presente,
un muro deteniendo estas palabras a la espera de nadie,
una puerta que nunca mira al mar,
o al río que por años me empeñé en recorrer,
en perseguir como a una imagen presentida en el insomnio,
estrella cuyo rostro imagino a la vera de la noche.

A lo largo del poema algo se quiebra,
algo se rompe cuando un soplo de luz toca nuestra piel,
o nuestro corazón enrojecido de gritar una sola palabra,
una sola imagen discutida demasiado con nosotros mismos;
nada rehace las nubes,
la claridad que silencia la negrura.
Tanto se ha hecho desde entonces.
Tanto se ha visto desde entonces.

Todo es lejano, la noche no es el alba ascendiendo por el cuerpo del día,
y hay un parque, una iglesia, una casa, un precipicio
que ahora mismo me gustaría recordar.
El mundo es un escritorio empotrado en una pared sucia de miradas,
de hábitos que tardaré mil años en borrar de mis ojos;
traqueteo de agujas perforando los pensamientos,
aullido sonoro reverberando en los muros,
arañando la tierra de mis padres.

Hoy es siempre hoy, nada alcanza la ruptura del tiempo,
y no conozco una sola imagen que devuelva al mundo su esplendor.

La noche es un cementerio de frases en una hoja de papel.



Estos poemas pertenecen a Río interior, Ediciones
Atrasalante/Instituto Sonorense de Cultura, 2017

 


José Antonio Banda. Maestro en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Guanajuato. Ha publicado Cuaderno en ruinas (Plataforma, 2011), Teoría de la desolación (Azafrán y Cinabrio, 2012), El pozo abierto (Cartonera La Cecilia, 2014; Quemar Las Naves, 2016) y Río interior (Ediciones Atrasalante/Instituto Sonorense de Cultura, 2016). Becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Guanajuato en 2013 en la categoría de Jóvenes Creadores. Ganó el Premio Nacional de Poesía Sonora "Bartolomé Delgado de León" 2014 y el Premio "Ramón Figuerola" 2016 en el marco de los XXX Juegos Florales de Coatzacoalcos, Veracruz.