Diez poetas de Guanajuato (1982-1996) / No. 209
 
 
León, 1996





                                                                                            
Seis y cuarto

Seis y cuarto
en el reloj,
y a ti, señorita
de luz caprichosa,
te florece una sonrisa
olor a menta;
detienes tu mirada
(dos piedras lisas de río
caladas con el sereno
de una mañana de abril)
y derribas el polvo de mis ojos
con tu magnetismo circular.

Seis y media
en el cielo gris,
y se me escapa tu nombre
con un suspiro quebrado.
Te dibujo en el suelo
para guardar tu recuerdo,
dibujo las olas negras
que sacuden tu piel,
las rosas delineadas
al filo de tu efigie
devastadora.

Cuarto para las siete
en la sombra del ocaso,
y recostado en medio
de la esparcida noche,
miro los ojos celestes
y pienso en la lejanía
de nuestros pechos
(el corazón aprieta),
pero tu sonrisa vuelve
como antídoto.



Paisaje

Hay una furia en el desplante del amanecer
que nos arrebata la noche de los ojos
y en las aves que se deslizan entre la bruma
que cubre dos cuerpos muertos.

Hay una furia en el filo anaranjado
que moldea el contorno de los cerros
y en el rocío ojeroso que reposa
sobre los labios secos.

Y las aves grises rompen el aire
y acompañan a la carne despojada
en silencio mueven sus alas de luto
por los que vuelven a la tierra.

Y el viento les mueve los cabellos
sucios por la sangre hecha polvo,
y el frío discreto les lame el cuero
sobre el horizonte sordo.



Plática

Yo te digo azul,
tú tejes el cielo
de nubes de agua;
comienzas a llorar
aves heladas,
oleajes templados de luna.

Yo te digo amarillo
y el canto del sol
inunda tu piel lánguida,
te florece una sonrisa áurea
como a una escultura de estío
que arde sobre una moneda.

Yo te digo negro,
y la noche te aplasta
las melosas lagañas;
los bombos fúnebres
gritan tristes soliloquios
y golpean tu sombra.

Tú me dices azul
y mi lengua se quema
con el mar salvaje
de hojas rotas,
que vacía mi cuerpo
y lo vuelve nada.

Tú me dices amarillo
y la penumbra de la tierra
me cobija el alma,
y un aliento de ruinas
recorre mis dedos
como una serpiente arenosa.

Tú me dices negro
y mi sonrisa se desangra
frente al ataúd del tiempo,
y mis ojos se desvanecen
con el soplo vertiginoso
de un largo silencio.



Tu nombre

Escucho tu nombre
en el vaivén de las ramas secas
que crujen a destiempo,
en el parpadeo de las estrellas
dispersas y flacas,
que mueren al silencio
de las azoteas.

Lo escucho
en la melodía suburbana
e inquieta de colores,
sobre las fibras desnudas
del viento,
entre las placas
de los coches áridos
y los roces agrios
de humo y polvo.

Lo escucho
en la monotonía cruda
—antropomórfica—
derretida entre las piernas
de perros y damas;
tras las quimeras desveladas
y los ramales quebradizos;
bajo la noche virgen y seca.

Escucho tu nombre,
pero ya no lo guardo bajo la tierra.

Lo escucho,
y prefiero que muera
debajo de una estrella.






Andrés Gómez. Textos suyos han aparecido en diversas publicaciones periódicas como la revista Polen, editada por la Universidad de Guanajuato. Participó en el Fondo para las Letras Guanajuatenses en 2015 y 2017.