Talleres de Literatura UNAM / No. 207

Terremoto

TALLER DE CREACIÓN NARRATIVA DE LA FACULTAD DE CIENCIAS POLÍTICAS Y SOCIALES, IMPARTIDO POR HUMBERTO GUZMÁN

 


Ten en cuenta esto más adelante y recuerda.
El fin viene de improviso.


James Joyce


Aquella mañana, mientras aún dormía, sonó la alarma sísmica. Sin embargo, no me levanté de la cama. Me había acostado a las 4:00 am y no me hacía ninguna gracia dormir menos de lo que mi cuerpo necesita. Recordé que se trataba del simulacro anual con el que se conmemora la tragedia que vivió la ciudad treinta y dos años atrás, cuando un gran terremoto la devastó. Así que giré, me arrellané entre las sábanas y volví a dormir.

Desperté una hora más tarde sintiéndome mejor. Me levanté de la cama y comencé a vestirme. Bajé a la sala. Encontré a mamá entretenida con su celular. Le di los buenos días a pesar de que ya pasaban de las doce.

—¿No escuchaste la alarma? —dijo.

—Sí, pero estaba cansado. Me quedé a trabajar hasta tarde.

Me preparé una taza de café. Me senté en el sillón y encendí el televisor. En un noticiario hablaban del simulacro y rememoraban, como cada año, la tragedia del terremoto del 85.

—A mí me pone nerviosa ese ruido —dijo de pronto mamá, refiriéndose a la alarma sísmica—. No importa que sólo sea un simulacro.

Su comentario me pareció gracioso. Cada vez que sonaba la alarma ella se ponía lívida. La última había sido apenas unos días antes. Un terremoto de mayor intensidad que el del 85 nos había sacudido pero esta vez con daños menores en la ciudad.

—Ya sobreviviste a este que estuvo más fuerte —dije—. Deberías superarlo.

—Pues sí, dicen que estuvo más fuerte. Pero yo no lo sentí como el del 85. Pensé que allí me moría con tus hermanos.

Después de cada sismo era inevitable hablar de aquella mañana del 19 de septiembre. Me sabía bastante bien la anécdota de cómo mamá intentó salir de casa con mis hermanos sin conseguirlo. Por fortuna para ellos la colonia en la que vivimos está asentada sobre una gran placa de roca volcánica que le da estabilidad y fortaleza. También, la casa —que en realidad era un par de cuartitos mal distribuidos, y que años después demolimos— estaba hecha de piedra. No sufrió ningún daño. Pero desde entonces mamá vivía con terror a los sismos. Pensaba que en cualquier momento se le vendría la casa encima. Eso es lo que la aterraba.

Seguí viendo el noticiero. No hablaban de otra cosa más que de los terremotos, del antiguo y el reciente, y los daños que habían provocado. Cambié el canal. Ya tenía suficiente de esa información. Todo el día en la tele, en la radio, por internet, en las redes sociales era lo mismo. Estaba harto de esas noticias. Necesitaba relajarme, distraerme con cualquier otra cosa. Parecía que no, pero estar expuesto a ese bombardeo informativo me estresaba.

Le di una vuelta a los canales. A esa hora pasaban muchos programas idiotas con gente idiota haciendo cosas idiotas para entretener a otros idiotas. Terminé volviendo al noticiario. Seguían duro y dale con lo mismo. De pronto sentí una fuerte sacudida. La casa comenzó a estremecerse. Miré a mamá. Su gesto era de terror. Soltó el teléfono que tenía entre las manos y se levantó.

—¡Ay, Dios mío! —repitió una y otra vez mientras veía cómo se sacudían los muebles, derribando algunas cosas.

Comenzó a sonar la alarma sísmica. Entonces comprendí lo que estaba sucediendo.

Me levanté de un salto y moví el sillón para crear una zona de seguridad. Había leído bastantes recomendaciones de Protección Civil sobre qué hacer durante un terremoto, por lo que actué de manera automática. Pero cuando traté de traer a mamá a mi lado me di cuenta de que ya estaba cruzando el umbral de la puerta.

—¡Mamá, no! —grité.

No me escuchó. Actuó por instinto. El miedo la hizo salir. Fui tras ella. Lo único que me importaba era ponernos a salvo. La casa tiene un patio delantero largo y estrecho que hay que cruzar para salir a la calle. Las casas de al lado también se convulsionaban. Entonces dejé de percatarme del movimiento. Pude ver lo que estaba sucediendo: los árboles se agitaban, los cristales de las casas se bamboleaban hasta casi reventarse, pero ya no percibía el temblor del suelo bajo mis pies. Empujé a mamá por el patio hasta el zaguán. Ella decía algo. No la entendí. Sólo deseaba llegar cuanto antes a la calle sin que nada se nos cayera encima.

Fue como si viera una película en cámara lenta. Por más que intentaba llegar cuanto antes al zaguán, más pesado me sentía. Hice un último esfuerzo para conseguirlo. Poco después estábamos los dos plantados en la banqueta, escuchando los megáfonos de la calle que advertían del terremoto.

Cuando pasó el tiempo, todo regresó a la normalidad. Miré a mi alrededor. Algunos vecinos también habían salido. Había mujeres que lloraban abrazando a sus niños. Sobre la misma calle, a dos cuadras de distancia, pude ver cómo los muchachos de la secundaria en la que yo había estudiado salían despavoridos. Los gritos de varios padres en busca de sus hijos y el llanto histérico de algunas colegialas llegaron hasta nosotros. Miré a mamá.

Ella también me miró, confundida, como preguntándome qué había sucedido, si de verdad había temblado el mismo día que hacía treinta y dos años. No lo sé, le respondí con un movimiento de cabeza, aunque estaba seguro de que había sido real.

Poco después cruzamos el patio de regreso.

—Voy a revisar que la casa no tenga ningún daño —advertí.

Comencé por las paredes exteriores. Miré hacia el techo, las ventanas de las habitaciones: todo en orden. Entré. Las paredes, las trabes, la escalera… la casa estaba en buen estado. La estructura había resistido.

—Ya puedes pasar —dije cuando terminé mi inspección.

Aún había varios objetos tirados en el suelo. Mamá se dedicó a ordenarlos. Yo acomodé el sillón en su lugar y me senté. Tomé el celular para comunicarme con mis hermanos. Pero no había forma de hacerlo. Se había perdido la señal. El módem estaba apagado. Intenté encender otros aparatos: no había corriente eléctrica. Le pedí a mamá que revisara su celular.

—Yo tampoco tengo señal —dijo inquieta.

—Voy a buscar un teléfono público —dije—. A ver si puedo hablar desde allí.

Salí. El sol parecía distinto: más seco, más violento, dándole a esa calle que conocía tan bien el aspecto de un lugar remoto, desconocido. Incluso el aire parecía más pesado. Me sentí extraño. No sé si estaba asustado o nervioso, pero sentí que algo no estaba bien, como si una terrible tragedia se hubiera cernido sobre la ciudad. Todavía pasaban algunos muchachos de la secundaria con sus padres caminando aprisa. En cambio, yo me movía como si caminara bajo el agua.

Mis intentos fueron vanos. Los teléfonos de las casetas también estaban fuera de servicio. Caminé hasta dar con uno que tenía línea. Sin embargo, las llamadas no se conectaban, no importaba cuánto lo intentara. Esto no puede estar pasando, me dije. De pronto, todo me pareció irreal.

Regresé a casa con mamá. Desconecté los audífonos de mi celular, encendí la radio y la puse en altavoz. Escuchamos un rato. El locutor dijo que se habían caído edificios en Álvaro Obregón, en la Condesa y en la Del Valle. Había mucha información sobre otros derrumbes circulando en las redes sociales, dijo, pero no podía asegurar nada hasta comprobarla. Poco a poco algunos reporteros la fueron corroborando. Y uno habló de una secundaria en la zona de Villa Coapa.

Entonces sí me asusté. La secundaria a la que asistía Susana, mi sobrina, estaba en esa zona. Sentí que la sangre se me congelaba. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

—Voy a salir a hablar de nuevo —dije.

Allí seguían ese aire enrarecido y esa luz violenta, afectándome. Caminé hasta la caseta con línea, tomé el auricular y marqué de nuevo aun sabiendo lo que sucedería. Nada. No había forma de comunicarse con nadie. El miedo empezó a transformarse en ira. Colgué el aparato de un golpe para que no se tragara inútilmente mis monedas. La ciudad estaba herida, pero todavía no conocía la gravedad. Traté de no derrumbarme hasta no saber de mi familia. Volví a casa arrastrando los pies.

Había pasado apenas una hora desde el terremoto. Estaba ansioso, sin saber qué hacer. Los reportes de los derrumbes se fueron multiplicando. Muchos edificios tenían graves daños en los muros y mostraban, moribundos, sus intestinos. Había varios en riesgo de colapsar. La gente estaba desesperada, neurótica. Me imaginé un escenario de guerra, con los edificios reducidos a escombros, muertos tirados por las calles, entre las ruinas. Fue una visión espantosa. Me levanté del sillón para salir otra vez.

—¿Adónde vas? —preguntó mamá.

—Voy por Susana. No puedo quedarme aquí.

Los ojos de mamá parecían pedirme que no la dejara sola en un momento como ése. A pesar de que se esforzaba por mantenerse tranquila, no podía ocultar su miedo. Sin embargo, comprendió que necesitaba saber que Susana estaba bien y no había otra forma de hacerlo.

—Ándale, vete con cuidado —dijo casi lastimosamente, con las manos entrecruzadas, y como si esas fueran las últimas palabras que me diría en vida.

Entonces la abracé. Le dije que todo estaría bien, que regresaría pronto. Ella asintió tristemente. Le dejé la radio en una estación con música deseando que no se sintiera tan sola.

Salí de casa. Me sentí mal por abandonar a mi madre, pero no podía hacer otra cosa. La angustia y la ansiedad me estaban enloqueciendo. Cuando me fui tuve la extraña sensación de que podría no volver a verla nunca y se me hizo un vacío en el estómago, como de vértigo. Me detuve para respirar ese aire pesado que me envolvía. Cuando logré sobreponerme reanudé mi marcha rumbo a Villa Coapa.

Conforme avanzaba, vi que las casas de mi colonia habían resistido. El terremoto no las había dañado. Entonces pensé que lo que anunciaban en la radio era una exageración. Aquí no había sucedido nada. Sólo que las calles se mostraban inusualmente desiertas. Parecía un pueblo abandonado, sin luz, sin ruido, sin vida. Supuse que las personas se habrían refugiado en sus casas para mantenerse a salvo, a pesar de que lo peor ya había sucedido.

Caminé hasta la calzada de Tlalpan sin cruzarme con nadie. Me pareció raro que después del terremoto no hubiera más personas deambulando por las calles, como yo, en busca de alguien o de algo, como si dentro de sus casas estuvieran más seguros. Tal vez era así y yo me es taba exponiendo a lo inimaginable, desafiando tontamente al peligro. Pero ¿cuál peligro? Lo terrible ya había sucedido. El terremoto ya nos había golpeado con fuerza y ahora había que buscar la forma de encontrar a los nuestros y confirmar que estaban bien. Nada más parecía importar. Al menos no para mí.

Pero no sólo mi colonia estaba desierta. Mientras avanzaba por la calzada de Tlalpan, noté que no había ningún carro circulando ni nadie tratando de llegar a ningún lado. Supuse que, dada la magnitud de los daños, la calzada estaría aglomerada, intransitable, con vehículos de emergencia yendo de acá para allá, tratando de socorrer a los heridos. Sin embargo, sólo yo caminaba por la banqueta lo más rápido que podía, cruzaba puentes y avenidas despobladas para llegar cuanto antes a Villa Coapa por mi sobrina.

Media hora más tarde llegué a la escuela de Susana. Por fortuna, el edificio no se había caído. Suspiré aliviado. Toqué la puerta una y otra vez. La angustia creció conforme insistía. ¿Dónde estaban todos? Comencé a gritar:

—¡Susana!

Nadie respondió. El eco de mi voz rebotaba entre casas y edificios de paredes cuarteadas, con cristales estrellados como ojos llorosos. Aquellas estructuras a medio caer estaban vacías, muertas por dentro, desahuciadas.

Seguí gritando, corrí de una esquina a otra, entre el silencio y la desesperación, casi muerto de miedo, sin comprender qué estaba ocurriendo. Me detuve frente a un teléfono y marqué a mi casa. Necesitaba saber que mamá estaba bien, con vida, en el mismo mundo que yo. El tono zumbó en mi oído con una lentitud agobiante, con notas largas, casi mortuorias, desvelando la desgracia en la que acababa de caer. Nadie respondía a mis llamados. No había ni una sola persona a mi alrededor.

Corrí de regreso a Tlalpan. Tropecé y rodé por el suelo varias veces. No me importó, volvía a levantarme y seguía corriendo aunque cada vez sintiera un dolor más agudo en el cuerpo. Las calles se hicieron largas; el tiempo transcurrió de forma incierta.

Llegué a casa, renqueando, cuando comenzaba a oscurecer. Me limpié el sudor y las lágrimas de la cara. Abrí la puerta y entré buscando a mamá. No estaba. Había desaparecido junto con todos los demás. ¿Cómo era posible? ¿Qué estaba sucediendo? ¿En dónde estaban todos? ¿O en dónde estaba yo? No podía entenderlo. La idea de encontrarme completamente solo dentro de lo que parecía un invencible sueño fue insoportable. No quería estar allí. Me tiré al suelo deseando despertar cuanto antes de aquella pesadilla, sin conseguirlo.

Cayó la noche. No hubo forma de escapar de la oscuridad. Mi familia, mi casa, los lugares que había visitado, la ciudad que conocí, todo pareció desvanecerse con lentitud, como fantasmas nocturnos, fugaces. Pronto no quedaría nada, tal vez ni si quiera mi cuerpo, como prueba de que este mundo había existido, pensé. Si es que alguna vez existió, añadió con fatalidad una voz en mi cabeza que pretendía ser yo. Me quedé inmóvil, aterrado, esperando volver a oírla. Pero no dijo más. El silencio fue agobiante. La soledad, mortal.





Raúl Solís (Ciudad de México, 1989). Fue finalista del Primer Concurso Internacional Cada Loco con su Tema y antologado en el libro de relatos homónimo (Benma Editoras, 2013). Ha publicado relatos en la Gaceta Coapa de la ENP 5, José Vasconcelos, y en Kinkies. Literatura que ensucia… Fue incluido en la antología de cuentos y relatos Terror en la ciudad de México (Libros del Conde, 2015). Es autor de los libros de relatos Ajuste de cuentas (Maldurmiente, 2015) y Un perdedor sin futuro (Lectio, 2017). Actualmente colabora con el sello Libros del Conde. <facebook.com/RaulSolisGz — twitter.com/raulsolis_g>