Catorce cronistas (1983-1991) / No. 202

La esperanza verde

Ciudad de México, 1986








Si la urgencia por aliviar el dolor y la enfermedad de sus familiares no fuera tan grande, estos jóvenes no habrían asistido a esta reunión clandestina. Pero cuando la enfermedad acecha no hay tiempo que perder.

Se organizaron semanas antes con mensajes encriptados. La cita fue a las nueve de la mañana de un domingo de octubre en una tienda Waldo’s al sur de la Ciudad de México, a varios minutos de su destino. Nadie sabía a dónde irían. El reloj apenas marcaba las 9:05 cuando los recogieron para llevarlos a una casa en Xochimilco, sin más muebles que una mesa, un proyector y algunas sillas de plástico.

En la cocina había una licuadora, una batidora, ollas, guantes, toallas, un rollo de servilletas de papel, agua oxigenada, aceites y otros productos que serían empleados durante las más de ocho horas de trabajo.

“Las cápsulas se pueden hacer con aceite de coco orgánico o aceite de oliva, en baño maría, a una temperatura de treinta y ocho grados centígrados”, dijo Matías, un joven delgado de acento extranjero cuyo nombre real se reserva a petición suya, mientras colocaba un recipiente dentro de una olla con agua. Sin pestañear, un grupo de nueve personas tomaba apuntes en libretas. Parecía una clase de química, pero Matías no era su maestro, sino un activista, y la sustancia que estaban calentando era marihuana.

Matías y Marina —quien también pidió el anonimato— pasaron una temporada en una comunidad en California en la que se dedicaban al cultivo de marihuana. Ahí aprendieron a extraer kief (los cristales que contienen el THC o tetrahidrocannabidiol, el compuesto psicoactivo de la planta) y hash (la resina de las flores de la cannabis), y a elaborar tinturas o comestibles.

California, donde es legal la marihuana medicinal desde 1996, le lleva a México años luz en conocimiento científico sobre la planta. La pareja aprovechó eso. Adquirió experiencia durante cuatro años haciendo medicamentos a base de esta sustancia y cuando se instaló por una breve temporada en la Ciudad de México decidió que era hora de compartir lo aprendido. No sólo organizaron talleres clandestinos, también dieron medicina gratuita a gente con enfermedades como cáncer y epilepsia.

En la casa de Xochimilco, una mujer joven contaba que su madre, quien recientemente había iniciado sesiones de quimioterapia, había mejorado su estado de ánimo al combinarlas con el tratamiento de cannabis.

“Es que las quimios son súper agresivas, y la marihuana le está ayudando con los efectos. Tiene apetito otra vez, le ayuda a dormir y con las náuseas”, contó, frente al grupo, la mujer de piel morena y cabello y ojos negros. Algunos de los que escuchaban su historia estaban por comenzar a experimentar con la marihuana medicinal en algún familiar, y otros lo hacían desde hace poco tiempo de la mano de Marina y Matías. “Sí, mi papá no se levantaba de la cama. Con este tratamiento ya sale de la casa. Está de buen humor. Aunque todo el día está en el viaje, pero puede hacer una vida normal”, dijo Marina.

El padre de Marina tiene un tumor en el cerebro. Un par de meses antes del taller decidió dejar las quimioterapias. Su hija le prepara una cápsula que a simple vista parece un medicamento de farmacia, pero que contiene THC. Diariamente consume un gramo de cannabis, lo que explica que todo el día esté “en el viaje”. La joven dice estar segura de que los cannabinoides están frenando poco a poco el crecimiento del tumor. De hecho, tiene la esperanza de que en un tiempo una tomografía pueda confirmarlo.

No es la única. En algunos países, como Australia y Canadá, cada vez más personas se tratan con cannabis y creen que es la cura contra el cáncer, aunque esto no está comprobado de manera científica. Uno de los casos más conocidos es el de Rick Simpson, un canadiense que afirma haber eliminado su cáncer con un hash oil que él mismo creó y al que llamó Tears of Phoenix. Su receta se ha traducido al español y otros idiomas y replicado en portales, blogs y videos en Youtube.

Ese domingo soleado de octubre, el taller avanzaba entre teoría y práctica. Todos estaban tan metidos en el proyector y sus libretas, que a nadie pareció importarle el curso del reloj. Marina y Matías explicaban que la prohibición de las drogas ha frenado el avance médico sobre los beneficios de la cannabis. Los asistentes asentían.

“La marihuana no es el diablo, pero tampoco hace milagros. Por eso hay que entender que también tiene sus riesgos. Hay que aprender a conocerla”, dijo Matías mientras repartía pequeñas muestras de diferentes variedades de marihuana, con sus distintas texturas y colores, para que cada uno las observara.

El taller ocurría un mes después de que Grace, una niña de Monterrey diagnosticada con el síndrome de Lennox-Gastaut, que le causa convulsiones desde los cuatro meses, obtuviera un permiso oficial para ser la primera paciente en importar legalmente un extracto de CBD o cannabidiol, el principal componente de la marihuana, apreciado por sus propiedades terapéuticas.

Los científicos que estudian la relación entre la epilepsia y la marihuana en Estados Unidos e Israel creen que el CBD relaja la actividad eléctrica excesiva en el cerebro que causa las convulsiones. Seis meses de tratamiento después, la niña ha pasado de cuatrocientas convulsiones diarias a sólo veinte. “Grace ha mejorado en ochenta por ciento sus crisis en frecuencia e intensidad. Ha mejorado sus terapias, convive más con su familia y da pasitos con ayuda”, dijo Raúl Elizalde, su padre.

En el taller se habló de los casos de Grace, Rick Simpson y Charlotte Figi, la primera niña conocida en el mundo cuya epilepsia fue tratada con cannabidiol. Esos nombres eran para los asistentes al taller como una linterna a la mitad del túnel.

Cuando se acercaba el final del curso, ya la mesa de plástico se había convertido en un laboratorio. Había una muestra de wax, una cera concentrada de cannabis que puede usar gas butano, metanol u otros solventes. Con este proceso se puede obtener hasta setenta por ciento del THC. El wax está prohibido hasta en California.

También había gotas de cannabis, pomadas y lubricantes de marihuana. Algunos degustaron muestras, otros las compraron. Para cuando terminó el taller, los participantes intercambiaban teléfonos. Se habían olvidado por completo de que estaban haciendo algo ilegal. Estaban cumpliendo su objetivo, podrían llegar a casa y preparar ellos mismos el medicamento para sus familiares.

Meses después Marina habló de la mejoría de su padre. No era tan radical como lo esperaba, pero seguía manteniendo la esperanza. “Mi papá está mejor. Será una recuperación lenta, pero ahí va.”

Ahora, ella y Matías viven en otro lugar. Están llevando sus conocimientos a otras latitudes. Pero están al tanto de lo que ocurre en México, donde el debate se estancó en el Senado, luego de que el presidente Enrique Peña Nieto enviara una iniciativa para que el uso de marihuana médica fuera una realidad.

Pero para Marina y Matías, la legalización en el país ocurrirá tarde o temprano. Con ello no sólo saldrían de las sombras quién sabe cuántos usuarios de quién sabe qué enfermedades, sino que también los médicos podrían comenzar a tratar a sus pacientes con marihuana, como lo hacen Marina y Matías.



Esta crónica fue publicada en VICE News bajo el título “Así se prepara la marihuana medicinal de manera clandestina en México” (20 de abril de 2016).



Neldy San Martín. Es reportera en El Financiero/Bloomberg TV. Fundadora en 2012 de la revista Spleen! Journal. Trabajó en el periódico Reforma y en Univision. Ha colaborado en VICE News, en la revista Esquire Latinoamérica, en Lento de Uruguay, en el diario Más por Más y en el Grupo Expansión. Es coautora en Demasiados lobos andan sueltos. Crónicas infrarrealistas (Rayuela, 2014) y No basta con encender una vela. Crónicas infrarrealistas (Rayuela, 2015).