Diez narradores (1980-1989) / No. 200

La soledad de los peces muertos

Guadalajara, Jalisco, 1982
No queremos puercos
Sedición




El aroma a pescado es una peste que no desaparece nunca, ni siquiera con la muerte. Sólo hay otro olor igual de penetrante, pero es el de los peces muertos el que te viste, acompaña y anuncia a donde quiera que vayas, aun antes de abrir la puerta.

Mi vida se convirtió en una tierra baldía desde que me dieron empleo en una pescadería. Nadie me avisó que estaba aceptando un autoexilio cuando me puse las botas de hule, la cofia de plástico y ese mandil enorme la primera mañana que tuve un cuchillo en la mano y me enseñaron a quitarle las entrañas a una lubia. De lo único que estaba seguro era de que tendría dinero para comprarme unas caguamas tibias en el concierto de esa noche, deshacerme en el gallinero y conocer, finalmente, lo que era un verdadero toquín de punk. Por eso me animé a usar la sudadera de The Ramones como uniforme, porque le iba a decir adiós al punk, abrazaría la verdadera anarquía, aunque tuviera que tomar un empleo para disfrutarlo. Iba a ser sólo cosa de ese día, pero antes de que me diera cuenta, pasó una semana, luego un mes y luego tres seguidos, y yo regresaba al Mercado del Mar cada madrugada, con la imagen de los Ramones, mis únicos pantalones sin agujeros y los tenis más gastados que tenía. Es fácil acostumbrarse a traer unos billetes en la bolsa si también te da oportunidad de agregar un porro a la noche, unos tacos al final y hasta un par de condones para tus amigos, nunca para ti, porque si todo el día metes la mano a los estómagos abiertos de animales muertos, será difícil que alguien se te acerque por iniciativa propia. Mientras mis amigos le metían la mano a la entrepierna de mis compañeras de escuela, yo inventaba mezclas con detergente, cloro, jugo de limón y un cepillo para lavarme las uñas. Ni así me abandonaba el olor a putrefacto, a víscera reventada, a ostión con mierda de río.



Cada tarde, cuando me enjuagaba las escamas, las espinas, la sangre, los ojos y las menudencias del mandil de hule, también sentía que una parte de mí se me resbalaba por la alcantarilla. Porque tenía apenas dieciséis años, pero un aspecto de la vida se me arruinó para siempre cuando platiqué con uno de mis amigos, que desde entonces ya intentaban hacer lo suyo con una banda propia, y quise saber qué se sentía, a qué sabía y a qué olía el sexo de las chicas. Recuerdo que escondía mis manos entre los bolsillos del pantalón en la escuela, tratando de disimular mi condición de pez ambulante, mientras me acercaba a la más quieta del patio durante los recesos, para alcanzar a olfatear el perfume de su cabello. Siempre olían mejor que mi cuartucho y el aromatizante que invadía todo el aire. Me imaginaba entonces que también sería el perfume de todo su cuerpo desnudo, en especial aquellos pliegues escondidos entre la ropa.

Mi amigo lo arruinó. “Huele como a pescado”, comenzó su explicación, y la imagen de un robalo desbaratado se me vino a la cabeza con esa sentencia. ¿Quién iba a querer abrir esa puerta si iba a despertar sólo náusea? A partir de ese día dejé de masturbarme, por el horror que me estremecía al imaginar que el olor de mis manos impregnadas sería igual al de la vagina de mi primer acostón.


Así comenzó la soledad de los peces muertos. Dejé de intentar todo contacto humano más allá del slam y los coros rabiosos en los conciertos de punk. Ahí nadie se daba cuenta de que una tripa estaba enredada entre mis cabellos, o que una bolsa de bilis se había reventado en mi playera. Mentiría si dijera que es posible acostumbrarse al olor del pescado; sin embargo, aprendí a vivir con él como quien se olvida del zumbido que queda en el oído después de tener el amplificador de la guitarra a unos centímetros de la cabeza, durante un concierto de dos horas. Mis amigos punketos tenían ese problema, yo el del olfato. En cierta manera nos compensábamos, y aprendimos a sólo asentir con una sonrisa ignorante y la nariz cerrada.



Una de las primeras cosas que aprendí es que no todos los pescados deben escamarse, porque no todos tienen escamas. El lenguado, por ejemplo, nos ahorra ese paso. Es lo único que podemos evitar, lo demás es obligatorio: abrir el lomo, extirpar las espinas, dejar que algunas gotas salpiquen e inyecten tus labios, cortar las cabezas y separarlas para que las señoras hagan caldo con ellas. Todo, mientras una banda de norteño danza de un puesto a otro, de restaurante de mariscos a otro, y tú sólo tienes ojos para la joven que trae una camiseta de Sedición y acompaña a su madre. La miras, la miras, la miras aunque se pare detrás del vendedor de globos o intente crear un campo de fuerza impenetrable con las bolsas de compras, y baje la cabeza. Y tú, atento a lo que hace: ya se dio cuenta de que no te fijas hacia dónde apunta tu cuchillo mientras lo dejas caer sobre la tabla de madera para separar las aletas de un huachinango. Ya sabe que la estás viendo, pero sólo quiere que la dejes en paz y se quiere ir de ahí. No sé qué habrá pasado que entonces solté un par de machetazos que me salpicaron toda la cara con los jugos del pescado indefenso. Muerto, al fin y al cabo.

“Ey, tú, pareces masacre. ¡Eh, Masacre!”, me bautizaron mis amigos, que llegaron en ese momento y me descubrieron cubierto de entraña. La chica desapareció tras su madre y no quiso volver la cabeza; adivino que sospechaba que incluso ahí la seguía, como el que quiere medir hasta dónde se traga el horizonte una balsa a la deriva.



Pero pronto la olvidé, porque mis amigos me avisaron que esta vez la habían pegado grande: fueron invitados a tocar en un concierto de Sedición, ¡de Sedición!, en el Roxy. Ir al Roxy representaba dos cosas para alguien como yo: ir más allá del parque Ávila Camacho y cruzar la frontera entre Zapopan (los que la llaman “Ciudad Zapopan” son unos imbéciles con delirios de alta sociedad) y Guadalajara —adentrarme en la zona metropolitana, la de verdad, a la que primero le agregaron ciclovías, pavimentaron calles y le transformaron el centro en varias ocasiones porque las primeras no fueron suficientes— y escuchar punk en uno de esos antros que ya sabíamos iban a dar de qué hablar a los que jamás los pisaron.

Mis amigos serían una de las bandas teloneras, de ésas a las que no se les paga porque lo importante es que “la gente que va a ver a la estelar los conocerá”, y con eso es suficiente para todo: para pagar el transporte, las caguamas, los boletos de las morras con las que estaban quedando, la bolsita de marihuana y los tacos para aguantar el trayecto de regreso. Yo sería su estaf, o eso me dijeron, y cargaría el equipo, no tendría que pagar boleto y disfrutaría la mejor vista de todas: desde atrás. No necesitaba otra razón más que entrar gratis, pero de inmediato me vino a la memoria la playera de la chica que devoraba momentos antes. ¿Y si ella también iba? Acepté.



No sé por qué pensé que la soledad se me iba a sacudir en un concierto de punk. Lo cierto es que mientras iba a casa a cambiarme de ropa después del trabajo, hasta creí que podría deshacerme del olor a pescado si le agregaba bicarbonato a la mezcla de todos los días. La realidad me mostraría que ésa sería sólo la primera de mis decepciones, aunque todavía no lo sabía.



Camino hacia el centro de Guadalajara, armado con la chamarra de piel que le había robado a mi hermano mayor, mi cartera con cadena y los Faros en la mano, sentía un nudo en el estómago mientras el camión bajaba la empinada de Ávila Camacho y cruzaba el puente de González Gortázar, que no se salvó de la construcción de la infame línea 3 del Tren Ligero. Creo que para entonces ya no manaba agua como lo hacía antes. A ese arquitecto le jodieron todas sus fuentes: la de Las Rosas, la de frente al CODE, la de Ávila Camacho, la de Federalismo. Me pregunto si alguna vez se sienta a ver la ciudad por la ventana y también percibe el olor de los peces muertos que me acompaña, ese hedor que debe parecerse mucho al agua estancada en sus fuentes y esculturas. ¿La extrañará?



El centro de Guadalajara es muy diferente al de Zapopan. Los autos son más agresivos. Hay calandrias y huele a establo en ciertas esquinas. La gente tiene más prisa. Hay más coreanos y restaurantes de comida china que jamás tienen clientela, pero algo hacen porque no los cierran. Y todo eso lo noté sin llegar a la Catedral, pues el Roxy se encuentra antes del Palacio de Gobierno, el Degollado y esas atracciones de las que uno aprende en los libros de historia de Jalisco de la primaria, aunque jamás los hayas visto.

Por lo que había oído de otras personas, pensaba que el Roxy era más grande. Pero su entrada apenas abarcaba dos casas. Era como un cine de los años cincuenta, con taquilla y todo, con parroquianos tatuados. La banqueta no podía contener a los punketos que llegábamos con una o dos cervezas encima y unas Doctor Martens sin bolear. Las mías eran Doctor Martínez, sin embargo nadie iba a preguntarme nada porque estábamos ahí para rompernos el alma con los veintiséis minutos de Extintos. Tal vez también podría quitarme la maldición de los peces muertos si encontraba a la chica de la camiseta de Sedición. Tal vez, sólo tal vez, podría encontrar una fetidez que, al menos, arrasara con mi tufo de siempre y que me salvara de esta rutina putrefacta. Tal vez sería gracias a esa chica.



Mis amigos llegaron en la camioneta de uno de sus padres. Pintaba casas —“¡A domicilio!”, le encantaba bromear cuando alguien le preguntaba su profesión—, así que un monitor, las guitarras, un micrófono y el único amplificador de la banda tuvieron que arriesgarse a llegar convertidos en una de esas pinturas de arte moderno que sólo consisten en manchones sin sentido. Tal como era la música de mis amigos. Su grupo ni nombre tenía, así de en serio nos tomábamos la vida en ese entonces. ¿Qué tan serio puede ser todo a los dieciséis años, cuando sobrevives en un cuarto en donde apenas cabe tu colchón y una cajonera en la que hay todo, menos ropa? Esa noche sólo queríamos destruirnos un poco la cabeza para que el siguiente lunes valiera la pena. En el fondo, yo me repetía que nunca olvidaría este concierto.

Maldita voz de profeta. A veces quisiera arrancármelo de la memoria.

Les ayudé a cargar instrumentos. Otro grupo les prestaría la batería a ellos y a otras dos bandas, igual de principiantes, a cambio de un six de cerveza. Adentro, mientras nos abríamos paso entre cables, músicos, adolescentes y los de la vieja escuela que ahora no les gusta admitir que bebimos de la misma caguama en aquel entonces, escuchábamos que los vecinos estaban molestos, que iban a llamar a la policía, que quedaba poco tiempo. Había que apurarse para montar todo y que los más verdes se aventaran su set antes de Sedición. ¿Qué tanto tiempo podría ser, si el artista estelar tenía un disco que no contaba ni treinta minutos? “Masacre”, me dijo el hijo del pintor, “nos vamos a partir la madre”. Se subió al escenario con una sonrisa y se puso a conectar lo que podía conectarse. A eso no le sabía; me quedé ahí, viendo cómo se iba atiborrando el Roxy, cómo aumentaba el calor y las voces hablaban de todo al mismo tiempo: la chela, el porro, la güera de la esquina, la puta de tu madre, por qué no nos habíamos visto antes, Sedición putos, rólalo, ¿traes cananas?, dejé el coche a dos cuadras, mi mamá no sabe que acá ando, puro mocoso, carnal, se murió mi perro, no le hace, acá tengo más, quítame la mano de encima, ocupo que me prestes, ¿cómo está tu hermana?, ¿de quién te andas escondiendo?, creo que ya te ubicaron compa, la verdad es que tocaban más chido antes, a ver si no nos carga la chingada otra vez, qué bueno que llegaste sola, ya chole con La Cuca, ¡en El Bananas, wey!, ¿dónde estabas?, fui al Mercado del Mar con mi mamá y creo que ya le tengo miedo a los pescados. Y ahí la vi, muy cerca del escenario, recargada junto a una bocina, platicando con una amiga. Llevaba la misma ropa de unas horas antes. Era mi oportunidad. Llené mi pecho con todo el aire que mis fosas adolescentes me permitían inhalar, y lo guardé un rato en los pulmones porque acababa de darle un jalón al churro que alguien, todavía no sé quién, me puso entre los dedos.



La hierba era especialmente dulce, casi logra que me olvidara de los pescados que eran mi colonia, y me puso a flotar un poco al dirigirme a la desconocida. Tropecé con un pedal de guitarra, pero recuperé el equilibrio antes de tocar el suelo. Los ánimos ya estaban encendidos, y nadie estaba tocando nada. “Algo va a pasar este año”, me dije, “1992 nunca se nos va a olvidar”. Apenas era marzo. Y, de pronto, ¡pum! Se escuchó la explosión de un golpe en el lobby del Roxy y la raza comenzó a correr hacia adentro. “¡Ya cayeron, ya cayeron!”, gritó una bola de muchachos que quisieron adelantarse a la policía. Pude ver cómo una chica se tragó su churro antes de emprender la huida; de pronto perdí de vista a la de la playera de Sedición y algunas sillas comenzaron a volar. Envases de cerveza, Doctor Martens, puños, patadas. La policía ya estaba adentro y no iba a permitir que se hiciera el concierto. Escuché vidrios romperse, guitarras caer de sus bases, llantos, gritos de guerra. Ni una señal de mi chica. Se subieron al escenario con macanas alzadas, intenté cubrirme de los golpes y rodé hacia abajo. Caí de la tarima y quise protegerme detrás de una bocina. Un tipo, no le vi la cara, también estaba ahí escondido, aunque no de la ley. “¿Tú qué vergas haces acá?”, le reclamaba otro más grande, más viejo y más enojado. “Regrésate a Tonalá”, le ordenó en son de burla. Por eso me caen mal los de Guadalajara. Entonces sentí la bocina mecerse. Se nos iban a caer encima unos cien kilos de bafles ochenteros y lo único que pude hacer fue empujar a quien estaba junto de mí para abrirme paso. Cuando vi que el armatoste se rendía a la fuerza de un antitonalteca, supe que en mi lugar estaba ella. En la confusión de la redada, otros cayeron encima de la bocina para escapar, se siguieron moliendo a golpes, y ella dejaba de respirar. ¿Has visto a un pez intentando jalar aire, afuera del agua? Ésa fue la última expresión de su rostro. Intenté quitarle el bafle de encima. Cómo lo intenté. Metía las manos bajo él para hacer espacio entre su tórax y la estructura, pero tuve que hacerlo muchas veces antes de lograrlo. Tenía sangre hasta en el cuello.

“¡Masacre!”, creí escuchar un grito familiar antes de que alguien amenazara con disparar. Seguí moviendo el bafle.

“¡Masacre!”, de nuevo.

Ya casi lo movía. Nadie me ayudaba. Ella ya estaba muerta y no quería dejarla ahí. Quizá sólo necesitaba aire fresco, recostarse sobre la banqueta angosta, alejarse de la tormenta.

“¡Masacre!”

Respondí con un grito.

“¡Vámonos!”, y uno de mis amigos me jaló de un brazo.

Afuera del Roxy nos separamos. Cada quién se fue para su casa y yo caminé sin volver la vista, tal como lo hizo aquella chica al marcharse del mercado, temiendo que si giraba la cabeza me iba a encontrar con su rostro hecho pedazos. Al llegar a casa me bañé una, dos, tres, diez veces. No me había dado cuenta de que en el forcejeo me tragué el hedor de su cuerpo que desfallecía. Lo tenía en la boca. El olor de su sangre se me metió hasta que me ardieron los ojos, el recuerdo de su viscosidad me da escalofríos si tomo algo de mermelada con un dedo o algo de miel cae de la cuchara a mi antebrazo.

Ese concierto de Sedición que no tuvo música fue una de las tantas ocasiones en que se clausuró el Roxy. Pero sólo me sentí tranquilo cuando supe que no volvería a abrir jamás sus puertas, ni siquiera cuando, algunos años después, un grupo de necios unió fuerzas para rescatarlo del abandono. Cuando me encuentro con policías en bola, me imagino que algunos de ellos se contaron la historia de la chica aplastada en el Roxy y luego olvidaron la fecha, el lugar, la ciudad, el año. No se me olvida 1992; ellos continuaron con sus vidas impregnadas a torta ahogada o tacos de barbacoa, otros hasta vieron su casa destruida bajo el peso de un camión que voló por los aires. Ese año fue sólo una tragedia que muchos decidieron olvidar y así lo lograron, porque no tienen olfato o simplemente les gusta el olor a mierda.

El aroma a pescado es una peste que no desaparece nunca. Sólo hay otro igual de penetrante: la sangre de una joven que se atraganta con sus entrañas.

Ni el cloro, ni el limón, ni el detergente ni el bicarbonato: nada. Todos los días intento quitarme ese perfume frotándome las vísceras que junto en un bote durante la jornada en el Mercado del Mar, con bilis, con el agua descongelada que queda en las cubetas en que transportan los mariscos. A los dieciséis años aprendí que el aroma de aquella moribunda es mucho peor que el de la soledad de los peces muertos.



Abril Posas. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara, fue becaria de la primera generación de la Fundación para las Letras Mexicanas (2003) y reportera, durante cuatro años, en Milenio Jalisco. Actualmente trabaja en publicidad. Publicó la plaquette Estática (Paraíso Perdido, 2015). El cuento aquí incluido fue publicado en la antología Río entre las piedras (Paraíso Perdido, 2015).