Diez narradores (1980-1989) / No. 200

Diez cuentos de narradores nacidos durante la década de los ochenta









Todo comenzó con un correo electrónico a inicios de 2016. La revista Punto de partida me invitaba a armar un dossier de narradores mexicanos nacidos entre 1980 y 1989. Tras pensarlo un poco, acepté. Mis razones se remontan a 2014, cuando rastreaba a los escritores nacidos en ese periodo para después entrevistarlos y conocer su formación literaria y los proyectos en los que trabajaban. Entonces realicé alrededor de quince entrevistas, influido por la premisa, como aconsejaba José Emilio Pacheco, de que un escritor no sólo debe leer a los clásicos, sino también el trabajo de sus contemporáneos, para medir la temperatura y el ritmo de la marea donde va a nadar.

Para realizar esta compilación consulté, como dirían los formalistas rusos, a los papás y los tíos de esos narradores de los ochenta, es decir, a los escritores de la generación de los sesenta y los setenta, y en las sugerencias de algunos descubrí calidad literaria, pero también favoritismo; en las respuestas de otros, que no suelen estar al pendiente de los narradores nacidos en esa década; y en las de unos más, que sí leen a los de esa generación, pero a los ya reconocidos por el mainstream. Después revisé sellos editoriales comerciales e independientes, y los fondos estatales y el federal para tener un panorama más amplio. Tras unos meses de lectura tracé un filtro de selección formado por tres puntos que privilegiaran la calidad y el acercamiento a escritores que están haciéndose de un lugar en el abundante panorama literario nacional desde sus respectivas trincheras:

1) Que los autores tengan al menos un libro de narrativa publicado en alguna editorial visible (comercial, independiente o auspiciada por el estado), o que esté programado para aparecer próximamente en alguna editorial con ese perfil;

2) que hayan recibido un premio nacional o internacional confiable; y

3) que su trabajo muestre calidad y propuesta literaria dentro de la narrativa.

Tras ello invité, todo desde redes sociales y correo electrónico, a diez narradores y diez narradoras para que el dossier fuera equitativo en género. El resultado final se redujo a nueve hombres y cuatro mujeres. Después, porque el material recibido superó el número de cuartillas establecido por los editores, a seis hombres y cuatro mujeres.

En este dossier hay cuentos inéditos, escritos para esta selección o que pertenecen a un proyecto inconcluso o a un libro a punto de publicarse. Hay cuentos ya publicados en revistas o en antologías regionales, pero que en un futuro serán parte de un libro. La edad de sus autores oscila entre los veitisiete años (Josué Sánchez) y los treinta y seis (Gabriel Rodríguez Liceaga y Ave Barrera); unos se dedican a escribir, dar clases de literatura y a vivir como freelance gracias a las labores afines a la comunicación o el trabajo editorial; otros tienen camino recorrido en la academia (Josué Sánchez y Rafael Villegas). Algunos son de Veracruz (Josué Sánchez), pero residen en Centro Occidente; otros son de Chihuahua (Raúl Aníbal Sánchez), pero se han mudado a la Ciudad de México; unas más llevan años lejos del sur, su región de origen (Mariel Iribe Zenil) y han adoptado el norte como el territorio que las identifica. Otras están dispuestas a cruzar las fronteras entre lo masculino y femenino en su voz narrativa (Abril Posas), pero han hecho vida en su lugar de nacimiento; o bien han vivido en varios estados de la República (Ave Barrera), pero en su escritura no se presenta el arraigo ni el desarraigo, sino la idea de que la literatura no se limita a regiones, sino a la exploración de los temas universales como el amor y el desamor; una más vive entre la frontera de Baja California y California (Gabriela Torres Olivares) y su trabajo no se centra en nacionalidades ni géneros sexuales ni textuales únicos, sino en una voz híbrida entre la narrativa y el ensayo, entre el yo y los otros.

Los autores más prolíficos tienen entre tres y cinco libros publicados (Rafael Villegas, Ave Barrera y Raúl Aníbal Sánchez), cuentan con más de dos premios literarios nacionales y su trabajo se ha publicado en una editorial comercial (Gabriel Rodríguez Liceaga). Otros apenas acaban de ganar el premio nacional que los destapó como narradores jóvenes (Josué Sánchez y Guillermo Solano) y unos están por publicar su primera novela en un sello de prestigio o independiente (Alfredo Núñez Lanz y Abril Posas); algunas sólo tienen uno o dos libros (Mariel Iribe Zenil y Gaby Torres), aunque su calidad literaria sigue resonando y es muy posible que otro libro suyo aparezca pronto.

En cuanto a los temas que los unen, puedo aventurarme a escribir que van desde el rescate de la realidad social actual de México, la preocupación por narrar la ciudad que habitan o habitaron, con nombre y fecha; las secuelas que deja el crimen organizado, el fallido aparato de procuración de justicia, las precarias oportunidades que el país ofrece a los jóvenes en su crecimiento personal y, por último, aunque no en todos los cuentos, las influencias artísticas, sobre todo literarias, como una lente para traducir la época en que viven.

Los narradores aquí presentes están entre la línea de la juventud y la adultez. Algunos la han tanteado con el pie y a otros les falta un par de pasos para cruzarla. Quizá por esa razón la mayoría de los personajes de sus historias son adolescentes o jóvenes en el tercer piso de la casa, o involucran a la niñez desde la mirada del adulto o para cerrar sus historias inesperadamente. Abril Posas, en “El olor de los peces muertos”, recurre a la inocencia de un adolescente de dieciséis años que destripa pescados en un mercado de Guadalajara y lucha por deshacerse del olor penetrante de sus manos, para narrarnos cómo los jóvenes en los noventa eran seducidos por el punk y se congregaban en recintos clandestinos de la ciudad para escuchar, enérgicos y liberados, las tocadas, pero también para desafiar y ser víctimas de la represión policiaca. La prosa de Abril, retórica preocupada por las sensaciones, parece decirnos que la narrativa se escribe con todos los sentidos afinados, porque los recuerdos no sólo están hechos por imágenes y sonidos, sino por los aromas penetrantes del perfume y el miasma. En “Circuito cerrado”, de Guillermo Solano, encontramos también a un chico de edad indeterminada que vive el estrés postraumático, luego de haber sido liberado por sus secuestradores; y casi de forma soterrada, el autor nos enuncia la empatía entre víctima y secuestrador, surgida cuando los plagiarios juegan con los roles de poder para embaucar a la víctima.

En “Cielo, no lluevas”, de Gabriel Rodríguez Liceaga, se nos afirma que la influencia literaria de Borges sigue presente en los narradores de los ochenta, pero revestida con el carácter de la nueva realidad inmediata. Liceaga enuncia el tema de las bibliotecas a punto de ser destruidas por la mano del hombre y de los personajes que viven a través de la literatura misma. Con un lenguaje coloquial, característica del autor desde su libro Niños tristes, desarrolla la historia de un escritor joven que es invitado por una hija cruel a destazar hoja por hoja los libros que se encuentran en la biblioteca del padre, un escritor que murió en ese mismo lugar, podría decirse, defendiendo su patrimonio. El cuento no sólo representa una herencia literaria del imaginario argentino, sino la vida actual de muchos jóvenes mexicanos (y ése es su gran mérito) que son capaces de sacrificar sus propias afinidades o hasta el amor a su profesión, con tal de conseguir dinero para llenar la alacena y vivir al día. En una línea parecida está “La escala zoológica”, de Mariel Iribe Zenil, un cuento que nos muestra a una narradora con oficio y de largo aliento narrativo, donde una joven apasionada de la literatura se ve obligada a pedir empleo en una escuela privada para pagar el tratamiento médico de su madre, y en su labor docente se enfrenta a hijos de narcos y de empresarios pudientes, que sólo pueden ser educados con literatura erótica, aunque esa estrategia pedagógica esté en contra de las políticas de educación de la escuela y transgreda la doble moral de los padres.

Los jóvenes recién casados, aparentemente estables en lo emocional, también están presentes como personajes en este compendio. “Mantra”, de Josué Sánchez, narra el lento distanciamiento de una pareja a causa de los roles invertidos en el hogar, cuando la mujer se hace cargo económicamente de la casa y el hombre sufre la disociación sicológica al no proveer por estar desempleado. En “Mesa para cuatro”, de Ave Barrera, un cuento sutil, corto, donde se unen y desunen las voces femenina y masculina, encontramos la separación intermitente de unos recién casados al haber comenzado un hogar bajo la premisa del amor. En ambas piezas no sólo hay una prosa elíptica y un subtexto ocultando la tensión y la amenaza, sino la intromisión de las nuevas tecnologías de la comunicación, ya sea como herramientas para reeducarnos en las labores del hogar (“Mantra”), o para delatar la doble vida sexual de la pareja (“Mesa para cuatro”).

“El peso del aire”, de Alfredo Núñez Lanz, es un cuento que no aborda directamente la adolescencia y la juventud, pero sí el contrapeso entre la vida desgastada de una viuda solitaria y la interpretación, mientras hace sus tareas diarias sin salir de casa, de la vida de los que la han dejado y los ruidos de su entorno, como los de la naturaleza y los de la escuela primaria aledaña, hasta que la aparición de un gato en su sala es casi una advertencia del final imprevisto y demoledor con que cierra el cuento. Núñez Lanz nos ofrece con ese desenlace abierto la pregunta: ¿qué es más preciado: una vida hecha bajo lo que las costumbres familiares dictan o una vida rota, en la niñez, por el suicidio?

“Visiones”, de Raúl Aníbal Sánchez, y “Romam vado iterum crucifigi (o épica de la desgracia en vhs)”, de Gabriela Torres Olivares, toman distancia de los demás cuentos y se muestran como híbridos textuales entre el ensayo y el relato. El primero satiriza la relación de dos amigos de infancia que terminan como estrellas de la música norteña, y muestra cómo se vuelven víctimas de la corrupción y el crimen ejercido por los judiciales, que los termina separando, para que uno de ellos, luego de un accidente automovilístico, pueda tener visiones de cómo va a terminar la vida de la ciudad, la de sus allegados y la suya; en un ambiente norteño, de cantina y parroquianos, pero también sobrenatural, vemos a vaqueros confesándose con el cantinero y a los clientes escuchando, incrédulos, esa confesión. El segundo cuento, en cambio, explora el tema de la crucifixión, pero la de María Magdalena en lugar de la de Jesucristo, donde soldados romanos trasvestidos son los castigadores y todo, exactamente todo, se narra en una película cercana a la estética de David Lynch y se transmite en una especie de autocinema.

Para el final se acomodó “La ciudad que termina”, de Rafael Villegas, la confesión de una aparente asesina a su sicóloga, donde, en lugar de revelarse los motivos que la llevaron a perpetrar cierto crimen (si es que lo hubo), cuenta una retahíla de anécdotas que van desde la de una tapatía que en 1960 puso en su lugar a su marido con un mazo, hasta la narración de un joven que graba la vida de ciertas personas para después mandarles un casete que no sólo muestra el lapso de su vida registrado, sino su pasado y su futuro. En este cuento, Villegas presenta un perfil de narrador versátil capaz de construir pequeños nudos o historias en la línea de la trama y luego dejarlos a un lado para hacernos ver que son la mínima parte (o quizá la máxima) de una historia que dilata en llegar, pero que es, en esencia, los detalles importantes de la vida de la protagonista.

Como apunte final quiero escribir que muchas compilaciones de narradores suelen preocuparse por dimensionar, mapear y hasta clasificar de manera estilística o estética al grupo literario seleccionado, y a veces ignoran el gusto del lector común; es decir, se preocupan poco por si los textos que reúnen gustarán al lector que apenas se acerca a la literatura. Para cubrir esa área de oportunidad recordé cuál fue la esencia de mi primer acercamiento a los libros y sus autores a una edad en la que compraba un ejemplar, o varios, para llevarlos a casa como invitados especiales a una fiesta que yo organizaba, en la cual podía dialogar a solas y a mis anchas con ellos, hasta el final de la fiesta misma. Esta selección también se basa, aparte del filtro que esbocé páginas atrás, en mi gusto por las fiestas, y porque el lector común y el especialista se acerquen al trabajo de estos narradores como si se acercaran a ciertos desconocidos intencional o accidentalmente en una fiesta, para que después, si hubo gustos afines y empatía, puedan tener una cita a solas.

Agradezco a los autores y las autoras por asistir a este convite, y también a las editoriales que me ayudaron a organizarlo. Aquí están diez espléndidos invitados, pero seguro muy pronto habrá más y más, la fiesta no se acaba nunca.


Tijuana, Baja California, a 3 de octubre de 2016





Joel Flores (Zacatecas, 1984). Es autor de los libros de cuento El amor nos dio cocodrilos (escrito en la residencia para jóvenes artistas Fundación Antonio Gala; VozEd, 2013) y Rojo semidesierto (Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2012; FOEM, 2013). Su novela Nunca más su nombre ganó en 2014 el Premio Juan Rulfo INBA y será publicada en 2017 por Ediciones Era. Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en 2007 y en 2014. Actualmente es asesor literario y vocero de la Feria del Libro de Tijuana e imparte talleres de escritura creativa en escuelas y universidades privadas. Aunque es zacatecano por nacimiento, la escritura lo ha llevado a vivir en Ciudad de México, Córdoba (España) y Tijuana. Su página de autor es <www.bunker84.com>.