Ocho narradores de San Luis Potosí (1980-1984) / No. 197

Stultifera navis

San Luis Potosí, 1982











Un alma equivocada: pero grande…

Juan Carlos Onetti


Las pesadas cortinas dejaban filtrar un rayo de luz acusador que le pegó directo en el semblante. Todos los años que devotamente había encomendado al alcohol, ninguna mañana le había perdonado las violentas resacas. No obstante había días en los que lograba despertar como una persona funcional, el menos preciado de sus personajes. Lamentablemente no era uno de esos días. Con dolor en sus ojos miró el reloj marcar con un rojo intenso las 10:32 de la mañana. Su pecho trató de expulsar un grito de coraje pero de su boca sólo alcanzó a escaparse un gemido como de perro moribundo, triste y derrotado por las invisibles injusticias del mundo. Era tarde, pero siempre fue tarde para Daniel Govea. La vida, con la indiferencia natural de su sexo, no tenía remordimiento al lastimarlo y tratarlo como algo prescindible e insignificante. Sinceramente, a él esto ya le empezaba a importar un carajo, pero sabía que no le soportarían otra falta en su chamba, esa justificación que los hombres patéticos utilizan para explicar sus días. Rápidamente esto también le empezó a importar un carajo, tendrían que arreglárselas sin el grandioso supervisor del pasillo de abarrotes por otro día. Lo único que lo hizo moverse de su cama fue el hambre, pero no el hambre que ataca al hombre común y corriente, al humano promedio. El hambre que atacaba a Daniel era de otro tipo, un vicio terrenal por escapar de este orbe, por consumirse mientras se navega sin rumbo. Y en ese espacio que lo oprimía el refri estaba vacío.

Para ellos estamos locos. Ni lo digas, porque yo pienso que estás loco, no sé si yo lo estoy, pero de ti sí que estoy seguro. Luces como vagabundo y ¿me dices a mí loco? Me levanté porque no había nada en la casa para comer, traigo una cruda insoportable. ¿Qué, lo que quieres decir entonces es que no eres un loco sino un pinche borracho? No. Soy borracho, pero no sé si estoy loco. ¿Quieres saber si estás loco? ¡No quiero saber nada, con una chingada! Haz paro y deja de decir pendejadas, mejor acompáñame a La Esperanza. No sabía que te gustaba ese lugar. Sí, me recuerda otro pueblo, en otro tiempo, cuando era otra persona… Estoy seguro que nadie me tachaba de loco allá. Vamos pues, pero tú pagas. Siempre pago yo, qué le haces a la mamada. Sí es cierto, m’ijo, pero neta, ¿de dónde sacas varo? Yo siempre estoy jodido. No sé, la verdad, no sé, los días los despierto con los bolsillos llenos, o al menos con suficientes billetes para pasar un rato en La Esperanza.

Si pensaras en una cantina, seguro que la primera imagen que aparecerá en tu mente no tendrá absolutamente nada que ver con el lugar al que llegaron después de serpentear entre las callejuelas desoladas y sin pavimentar del barrio. Se levantaba ahí, en medio de la nada, una ruina entre ruinas, un espacio mágicamente lúgubre que los invitaba a pasar. El miedo a que fuera a derrumbarse aquella estructura hizo que Isaac dudara un par de segundos antes de cruzar el umbral. Por su lado, Daniel entró como hipnotizado, como si atravesara un sendero aprendido de memoria. A su espalda, mientras sus ojos se ajustaban al humo que se esparcía como niebla en noche negra, Isaac pronto pudo apreciar mejor la precariedad de las instalaciones. A pesar de que al lugar le hacían falta la barra, las puertas, el mingitorio, los vinos y el cantinero, sabía que su amigo la consideraba una cantina en potencia porque entendía, como el borracho profesional que era, que para los verdaderos borrachos cualquier espacio es bueno para embriagarse y porque, a pesar de su evidente fragilidad, el techo producía una sombra densa, perfecta para esconderse del sol abrasador y la luna coqueta. En principio las cantinas son un refugio ante las tempestades, un búnker natural para exiliados sociales, y este espacio ofrecía sin duda el aislamiento necesario para recibir a esos migrantes de la tiránica vida cotidiana.

A su entrada, algunos ojos ausentes se posaron sobre ellos por un par de segundos. La luz que se escapaba de la punta de los cigarros ayudaba a que algunas siluetas tomaran forma. Sentados sobre piedras y usando la pared de respaldo, un ejército de tomadores se apostaba en las orillas del recinto, susurrando secretos, anécdotas, penas, proyectos y pérdidas, en voces imperceptibles y profundas, cuchicheos entre cómplices momentáneos. Isaac y Daniel se aplastaron en un rincón y mágicamente tenían bebidas en la mano, porque en realidad no hay nada que hacer en una cantina sin una bebida en la mano. Ambos se jalaron de un golpe el mezcal y antes de que pegara el vaso en el suelo ya otro lleno estaba remplazando esa vacuidad. Así empezó la larga letanía del trago.

Una señora comenzó a bailar al ritmo de una música mágica (una cumbia seguramente, o tal vez algo del Príncipe, pero también podría haber sido A Saucerful of Secrets o alguna otra canción legendaria) contrastando cómicamente con la quietud de los presentes. Agitaba con dulzura unos brazos que mostraban quemaduras de cigarros y tatuajes caseros con nombres de amores amargos, su rostro amoratado amortiguaba esa sonrisa inconstante, característica de prolongadas adicciones, y aún así, en medio de ese lugar olvidado por la alegría, se movía ufana y rebosante, dejando estelas de placer en el denso humo, y por momentos parecía ser la tosca figura femenina dibujada en la pared que en su desnudez sostenía una copa de vino en una mano y un cigarro de mota en la otra. No obstante, alguien —nadie sabe quién— llevó una docena de tortas y el espectáculo de la bailarina pasó tristemente a un segundo plano ante la gula de los comensales. Indignada, la señora extremó sus movimientos hasta el punto de lo grotesco y así, de pronto, como iluminada, se bajó los pants. A Daniel, que estaba a punto de darle una mordida a su torta, le tocó ver toda la escena de sopetón, se quedó inmóvil hasta que se oyó: ¡Mana! ¡Mana! ¡Ya ni la chingas, Mana! Y “La Mana”, señora de muchas anécdotas, se subió los pants y caminó directito a la voz que la amonestó, le arrebató el cigarrillo de la boca, le dio un par de jalones para luego soplar lentamente el humo de regreso a la cara que la enfrentaba, mientras decía: “Trankas, Mario, yo sé qué onda aquí.” Una ola de risas burlonas inundó el espacio desde todos los rincones y recovecos del recinto, llevándose con su espuma el magnífico instante. No se puede negar que este tipo de momentos fugaces hacen que los lugares se impregnen en el alma y se conviertan en carne y sangre de uno. La cantina utópica con la que soñaba Daniel se materializaba con estos detalles, y comenzó a hablar sobre las posibilidades del establecimiento, acaparando la atención, poco a poco, de todos los presentes.

¿Ves? Si tan sólo arregláramos esos detallitos este lugar sería un hitazo. ¿Detallitos? Neta desvarías en ratos, esto está que se lo lleva la chingada. ¿No viste? ¿No la viste? Fue una escena digna de las cantinas de mayor prestigio, carnal. Desde hace mucho que no veo lo mismo que tú, yo sólo vi una pantufla añeja que me quitó el apetito. No hablo sólo de eso, eso fue fenomenal, digno de relatarse, pero lo que quiero decir es que este lugar tiene la potencialidad necesaria para ser una gran cantina. <Dicen que aquí estuvo una de las primeras cantinas de México>. “N’ombre, eso fue en el local que ahora ocupa el Oxxo en la plaza principal”. <Esos Oxxos son una plaga, también tumbaron la casa de Carranza, ¿se acuerdan? Estaba preciosa>. Lo entendería de un local con historia, tratar de rescatarlo de su muerte, pero esto tal vez no haya pasado de ser una estética canina en algún tiempo. Debes tener visión, checa: una barrita de madera y le ponemos a la barra el frente de mosaico decorado y su canaleta para simular esas cantinas de antaño donde podías mear sin tener que moverte de tu lugar. «Yo recuerdo un par que todavía tienen canaleta, es una tristeza que ya no te dejen usarla». —Lo importante aquí es ¿de dónde vas a sacar el varo?— El señor tiene razón, ¿de dónde vas a sacar el varo?, yo siempre ando bien jodido, por eso siempre pagas tú, pero nunca sé de dónde sacas plata. Ustedes no se preocupen por eso, ustedes nomás vengan cuando esté listo, ya veré de dónde saco la pasta. [Lo que importa en una cantina es la variedad de vinos, no tanto las instalaciones]. Toca usted un muy buen punto, los vinos estarán en estantería de madera con fondo de espejo en todo ese espacio, estaba pensando en que tuviera un par de pilares de madera decorados con botellitas talladas. [¿Calidad o cantidad?] Calidad, cantidad, mala calidad, de todo, desde este tipo de mezcal hasta el whiskey más caro. [Ni que se fueran a parar aquí ejecutivos, carnal]. El lugar tiene que estar preparado para recibir a cualquiera. «Yo digo que lo importante es la música, un buen desmadre siempre atrae a los pasantes, y debo confesar que ya estoy medio harto de esta música de fondo, parece como de recuerdo». Sí pensé en eso, de hecho mandé cotizar una de esas rocolas nuevas que traen una infinidad de canciones. Están horribles, digo, si lo que quieres es dar la apariencia de una cantina con carácter. También pensé en eso, hay una empresa norteña que se dedica a hacerlas con apariencia de esas viejitas, como la que tiene el Bruno en su local, lamentablemente ésa ya no jala. [¿Dejarías entrar a las mujeres? Porque en una cantina así, en forma, no dejaban entrar a las mujeres]. “Ni a los perros, ni a los boleros”. Claro que dejaría entrar a las mujeres, miren nomás la calidad de clientes que perderíamos si no lo hacemos, ¿verdad, Mana? | Tú siempre todo un galanazo, mi rey. | Claro que pondría el baño en un lugar separado, porque pienso poner un mingitorio aquí para la bandera, con su lavabo, porque, con o sin canaleta un borracho no tiene por qué caminar demasiado para echarse una meada. ¿Y lo demás? ¿Las paredes, el suelo, las mesas, la decoración? [Nadie se fija en esas cosas, hermano, mira dónde estamos, un borracho no necesita mas que un trago en la mano.] Ése también es un punto válido, pero estamos construyendo nuestra cantina utópica, no escatimaremos en gastos. “Yo digo que no pongas demasiadas mesas, para que haya espacio para echar bailongo… así evitamos que la Mana nos ponga la pantufla casi en las narices”. | Grosero. | Tengo pensado unas cinco mesas, unos bancos extras por si se llega a abarrotar de gente, pero no más, no le tiro a que sea un antro. —Sí, que quede así, privadito, si las jainas quieren venir, que vengan, si no vienen pues que no vengan, al fin y al cabo la libramos bien sin ellas.— | Corazón, ¿y le vas a dejar el nombre? | Claro, La Esperanza. ¿Ya te la imaginas? Estoy tratando, una cantina utópica, la verdad, la verdad, no es mala idea. Claro que no es mala idea, es utópica, no puede ser una mala idea. [¡Un trago por La Esperanza!] ¡Salud! ¡Salud! “¡Salud!”

La plática siguió por largas horas, las mismas que transcurrieron con dibujos en la mente de las paredes decoradas con fotografías de barcos, porque a todos les gustaban los barcos, y otras con esos personajes peligrosamente casi olvidados por las generaciones recientes. Unos proponían a Pedro Infante y a Negrete; otros proponían a Tin-Tan y a Cantinflas; alguien propuso a José José y José Alfredo (obviamente nadie objetó contra él); algunos impertinentes querían llenar las paredes con mujeres desnudas, lo que causó una gran controversia, pero al final se acordó que toda cantina utópica debe tener un límite para la vulgaridad (por lo que sólo se pondría un par de cuadrillos a la altura de los ojos en la parte del mingitorio, en torno a uno más grande que representara la misma figura que ya tenían ahí: una fina dama con una copa en mano, mostrando todos los placeres terrenales). Para el resto del local se propuso, para darle su lugar a la figura femenina, agregar a estrellas del cine como Dolores del Río, María Félix y Lilia Prado. La conversación dio un brinco a los tipos de bebidas que se manejarían y se habló de una barra cuya reserva nunca se acabara, una barra llena de todo tipo de mezcales, tequilas, rones, whiskeys, vodkas, brandys y curados. Cada cierto tiempo alguien agregaba un detalle al que todos daban el visto bueno. Los minutos pasaron tranquilos mientras las palabras olvidaban su orden y las miradas se perdían en ese laberinto anhelado. Las voces se fueron apagando hasta que el murmullo se convirtió en silencio.

—¿Seguro que es por aquí?

—Seguro, vengo casi todas las tardes. Mira, ahí está, como siempre, dormido.

—¡¿Sí puedes cargarlo tú solo?!

—¡N’ombre, si para eso te traigo! Casi siempre me ayuda el Iván, pero ahora me quedó mal.

—¿Qué dices que tiene tu carnal?

—Nadie sabe lo que tiene, el doctor dice que no es nada, pero todas las mañanas sale de la casa como endiablado, como si no soportara el peso de las sábanas, y viene aquí. Antes no lo dejábamos, pero aventaba unos berrinches que hacían a la jefa llorar, hasta que la quebró y por fin sólo nos dijo que hiciéramos lo posible por cuidarlo. Con el tiempo nos dimos cuenta de que aquí era el único lugar donde se sentía feliz, o por lo menos cómodo.

—¿No te preocupa que le vaya a pasar algo?

—La verdad, no. Nadie viene por acá, ya nadie nunca se para por estos rumbos. Aparte sólo viene y se sienta en una de estas piedras y se pone a hablar solo, por horas y horas. Una vez traté de seguir lo que iba diciendo y no comprendí nada. La neta, ya mejor lo dejamos ser, lo cuidamos de lejos, a la hora de la comida le traemos un par de tortas y se las dejamos ahí, como si fuera un perro… Me rompe el corazón pero, ¿qué se le puede hacer? Después de todo es mi hermano y, la verdad, en ratos casi estoy seguro de que es más feliz que nosotros.



Una versión previa de este texto se publicó, bajo el título de “Des.Ilusiones”, en la revista Dédalo. Crítica, cultura, arte, año 0, núm. 3, diciembre de 2011, pp. 34-38.


Ernesto Sánchez Pineda. Narrador e investigador. Estudió la licenciatura en Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato y la maestría y doctorado en Literatura Hispánica en El Colegio de San Luis. Obtuvo la beca del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes San Luis Potosí (2011) y la de Jóvenes Creadores del Fonca, ambas en el área de Cuento.