No. 140/NARRATIVA

 

 José Antonio Rojano
(Córdoba, 1982)

 


Inspiraciones

En el relato “Novela rusa”, con el que resultó ganador del IV Certamen de Narrativa Breve “Cardenal Salazar”, 2006, y que podemos leer a continuación, existe un cierto y explícito homenaje a J. G. Ballard, aunque también puede in­tuirse a grandes de la literatura rusa como Chejov, Tolstoi o Dostoievski. Por otra parte, ha leído y se ha sen­tido inspirado por los mundos y ambientaciones de autores de lo más variopinto, de manera que no se podría de­finir cuál es la corriente literaria que más ha marcado su incipiente, pero ya brillante carrera. Entre esos au­tores destacaría a Kafka, Thomas Bernhard o Carver.


Novela rusa

                                                                                             ¿Quién no se tiene hoy por un
                                                                                                Na­poleón en nuestra Rusia?

                                                                                                        Fiodor Dostoievsky,
                                                                                                              Crimen y castigo


punto de partida 140EL CRIMEN CONCEPTUAL (I). ¿Por qué os parece tan horrenda mi acción? ¿Por qué se trata de un crimen? ¿Qué significa la palabra cri­men? Además, en esta tierra donde el crimen y la violencia son tan cercanos para el hombre como la desgracia, el hambre y la muerte, sólo un loco o un desalmado se­ría capaz de arrastrar a todo un pueblo decadente ha­cia la razón. Parece que ya algunos olvidaron la guerra y las purgas que acompañaron a la guerra, el silencio de los cuerpos amontonados tras el paso de la revolu­ción, que sentenciaron la escasa memoria que guardaban tras sus ojos y dejaron caer una vasta tela de nieve sobre esta Siberia de pecados capitales.

Ahora leo a Ajmatova, Anna. Réquiem (1935-1940): “… la inocente Rusia se retorcía / bajo unas botas man­chadas de sangre / y bajo las ruedas de los negros fur­gones.”

Nota a pie de página: Si Rusia a pesar —y por en­ci­ma— de todo es inocente, ¿dónde se ocultan los con­denados?


Si no es por esta celda minúscula no sabría aún si soy culpable o no. La carga que soportan mis hom­bros, esta cadena de acero oxidado por la humedad de la san­gre, sólo adquiere sentido en este lugar y en esta hora donde el dolor desaparece y nada más quedan la os­cu­ridad y la noche para acompañar mis sueños desve­la­dos. Si no es por la burocracia correctiva aún no sabría si soy culpable o no. Los barrotes, el frío, las ratas… ¿Aca­so sería culpable si no me persiguieran las ra­tas?

Un sueño. Sonia espera en el andén de la Estación Sur de Moscú. Sonia espera. Es una imagen que se repite todas las noches en mi cabeza, en mi cuerpo, en esta cel­da. Se deja acompañar también —durante el sue­ño— de un nerviosismo cálido y tortuoso, al servicio de la pulsión sexual del recuerdo. Sonia parece espe­rar algo, algo que no llega.

Sonia es una chica joven, muy guapa, de un rostro casi occidentalizado. Ella cuida hasta el exceso, a di­ferencia de otras chicas rusas, su vestuario y su pei­na­do. Lleva un sencillo traje de chaqueta y falda hasta las rodillas. Un traje negro con un pequeño sombrero del mismo color. Se maquilla excesivamente, a veces parece una de esas chicas de las revistas norteame­ri­canas que hojeábamos en la base. Por ello no la reco­noz­co. Hoy destaca algo en su exterior que brilla por encima de lo demás: sus párpados cargan unas mons­truo­sas pestañas postizas.

En este instante de la visión, Sonia está impa­cien­te. Se muestra desconfiada, con la sospecha de un nue­vo día gastado tras la expectación inútil. Se desespera por momentos, la duda azota su interior, lo balancea. De repente, el silbato triste de un tren que regresa a la capital inunda la escena. El vapor ahoga la imagen y la joven se levanta y va hacia una de las entradas la­terales del expreso. Baja un hombre robusto, solo, car­gado de maletas. Ella le besa con entusiasmo en los labios.

—¡Alexei, gracias a Dios que has llegado! Te quie­ro, amor, te quiero…

—¿Alexei? ¿Soy Alexei?

—¿Por qué me observas de ese modo tan lejano? ¿Es que después de tanto tiempo no me reconoces? ¿No sabes quién soy aún?

Y despierto una y otra vez, en este quién soy aún, cuando las formas de la memoria me arrastran a un confuso recuerdo. Veo tu rostro y no encuentro tu pre­sencia. Sólo pienso: Jacqueline Kennedy.

THE LAST RUSSIAN TALE. Alexei Alexandrovich Alek­sov. Nacido en Rostov, 1933. Hijo de campesinos humil­des, estudió en diversas escuelas técnicas hasta que a los veintiún años ingresó en la Escuela de Aeronáu­ti­ca de Moscú, lugar donde desarrolló sus capacidades co­mo piloto y en el que realizó su primer vuelo en so­litario en 1955. Logró graduarse más tarde en la Aca­demia Mi­litar de Aviación de Orenburgo y entró como Teniente en la Fuerza Aérea Soviética. Tras pilotar avio­nes de gue­rra, se presentó como candidato a cosmo­nau­ta en la Agen­cia del Aire y del Espacio de la Unión Soviética. En 1959 fue seleccionado, junto a otros tres mil oficiales rusos, para participar en un entrena­mien­to secreto que lleva­ría al mejor de ellos a ser el pri­mer hombre en viajar al espacio y en dar una vuelta a la órbita te­rrestre. Un informe médico, anterior a la elección del cosmo­nau­ta responsable del éxito de di­cha misión, detalló su falta de aptitud psicológica pa­ra tal puesto. La cápsula espacial Vostok 1 partió el 12 de abril de 1961 del cos­módromo de Baikonur, Ka­zaj­s­tán, con un desco­no­cido Yuri Gagarin en su interior —posteriormente recono­ci­do como héroe nacional so­vié­tico— y tardó una hora y cuarenta y ocho minutos en recorrer por una vez y para la eternidad la órbita terrestre. En 1962, a conse­cuen­cia de una crisis psi­có­tica (destrozó con un hacha un saté­lite espacial Sput­nik del Museo Aeronáutico de la Unión), Alexei Aleksov es expulsado sin honores de la Agen­cia del Aire y del Espacio, además de perder su rango en la Fuerza Aé­rea Soviética. Poco tiempo después, en noviembre de 1963, es víctima de un accidente au­tomovilístico que obliga la amputación de una de sus ex­tremidades in­fe­riores. Recibe una pensión mensual de veinte ru­blos por invalidez. Nunca viajó al espacio.

Guerra glacial. Por entonces cada paso al frente, cada acometida, era respondida por el otro bando con otro ataque, con otro disparo aún mayor y más fuerte. Eran tiempos furiosos, tiempos en los que la lógica y el amor quedaban muy por debajo del desprecio.
Un gélido telón de espacio vacío y muerto comenzó a expandirse entre Sonia y yo. Reproches e insultos ase­diaban mi matrimonio y el problema aparente, la falta de estabilidad económica, ni siquiera pudo encontrar arreglo por más que me lanzara con fervor y fe, como un loco cualquiera, bajo una de las ruedas del coche que iba a arrancar mi pierna.

La pensión no era suficiente para Sonia. Ya casi no se ocupaba de mí, descuidando deliberadamente sus atenciones como esposa y enfermera. Una y otra vez, hurgaba con precisa indiferencia dentro de la sombra de mi fracaso. A menudo decía con amargura: “Mira a Gagarin, el superhombre. Él sí que es un ser extra­or­dinario, un elegido, no un inútil desvalido como tú. Si fueras un hombre de verdad, borracho estéril, in­du­dablemente habrías sido el primero, el único.” Na­da podía responder si era cierto. Mientras hablaba, sólo po­día pensar en lo entretenida que sería la hazaña de las perras celestes —Laika, Strelka y Belka— ma­tan­do a mordiscos al héroe soviético del momento, arran­cándole las piernas con rabioso entusiasmo, dentro del Vostok 1, rumbo hacia ninguna parte.

EL INCENDIO DE MOSCÚ DE 1812. Quizá hasta este ins­tante no he reconocido con nitidez la pesada tras­cen­dencia de mis hechos pasados, pero ahora sé que a raíz y con ocasión del verano siguiente, mi vida eli­gió pa­ra siempre el camino más difícil: el de la des­truc­ción.

Él se llamaba Bursov, Nikolai Stepanovich Bursov. De profesión desconocida y tez oscura, se hacía lla­mar poeta. Lo había visto anteriormente en mi casa con mo­tivo del vigésimo quinto cumpleaños de Sonia, pe­ro entonces no recaí en su presencia. Era, en apariencia, un seductor, un maldito Pushkin de labios sugerentes y engañosos, uno de esos tipos “sublimes sin in­te­rrup­ción” —como afirmaba Baudelaire— que buscaba en mi esposa una conquista bella y joven.

Fue una noche de julio cuando los descubrí en la cama. Inútilmente volvía temprano a casa, antes de lo habitual, para intentar conseguir alguna moneda más que gastar en una taberna cercana a mi domicilio. Es­taba borracho —como todas las noches de esa época—, aunque puedo afirmar con rotundidad que fui cons­cien­te en todo momento de lo que sucedió más tarde. Al escuchar la puerta del dormitorio, Bursov dio un salto de la cama y salió disparado, desnudo, hacia la calle. Su predecible cobardía entroncó con la aterradora res­puesta de Sonia. Ella esperaba sentada tranquila­men­te, con seductora paciencia me miró desnuda y negó con la cabeza mi llegada. Esperó un instante más y, pau­sa­damente, dijo: “Ya lo has conseguido, ¿estás con­ten­to? Ahora no pretendas que corra detrás de un inválido para pedirte perdón. Puesto que no lo haré, Alexei Ale­xandrovich, deseo que, después de esto, no esperes nunca más mis disculpas ni mi amor.”

Silencio.

Momentos después me acerqué lentamente, aún con lágrimas en los ojos, y fui hacia mi esposa. No reco­no­cía aquella voz. Sonia estaba distinta, era otra mujer. La ventana abierta del dormitorio impregnaba los mu­ros de la habitación y de su rostro de una extraña cla­ridad lunar. Contemplé mis manos al trasluz de la roca muerta y, en un impulso frenético de venganza, las dejé lanzarse sobre el cuello de Sonia. Durante se­gun­dos o minutos, no sé, abrazaron sin temor la clara piel de mi esposa y luego, seguras de lo ocurrido, en el mismo espacio donde ocurrió el engaño, descansó el cuerpo sin vida.
Una vez muerta, noté correr la sangre en mi in­te­rior allí donde antes no sentía nada, bajo las crudas dure­zas que forjaron entre mis dedos estas obstinadas mu­letas que me obligan a caminar.

EL CRIMEN CONCEPTUAL (II). La era de la infamia se ha­bía asentado en mi conciencia y las grandes victorias estaban aún por llegar. Si pensáis que ahí terminó to­do estáis muy equivocados. Cualquier juez hubiera de­cla­rado mi culpabilidad, eso es seguro, pero los acon­te­ci­mientos posteriores serían atenuados os­ten­siblemente al demostrar mi actuación bajo las normas de la de­men­cia temporal, en favor del honor robado aquella noche. Se hablaría de un crimen pasional justo y, qui­zá, ni si­quiera habría sido encarcelado después.

Ahora leo a Tolstoi, Lev. La sonata a Kreutzer (1890): “Los que afirman obrar inconscientemente, en un arre­bato de furor, mienten. Tenía una clara visión de todo y no dejé de tenerla un solo momento. Cuanto más au­mentaba mi acceso de locura, tanto más resplande­cien­te era la luz de mi conciencia…”

Nota a pie de página: Mató a su esposa porque no quería resultar ridículo. No ridículo, sino terrible. Tuvo tiempo de contenerse, de arrepentirse, pero sabía de an­temano que iba a herirla por debajo de las costillas. Sabía también que el puñal penetraría en la carne. Todo lo que ocurrió después lo sabía perfectamente.

La víctima, el crimen y el criminal establecen para siempre y sin condiciones —y aún más tras un acto de estas características— una relación de compromi­so psi­­cológico entre ellos. Prueba fiable de esto es la pre­sen­cia, la vuelta del asesino, por ejemplo, al lugar de los hechos, al lugar donde reposó finalmente la víc­ti­ma. Quizá aún con las imágenes cercanas de la no­che an­terior, con las manos aún manchadas, para recor­dar, pa­ra demostrar su poder más allá de la policía. A ve­ces, estos vínculos no se rompen del todo y necesitan de su continuación, de su propagación, para mante­ner cá­lido el recuerdo.

POLONIA. Tenía que marcharme lejos. Muy lejos si que­ría encontrar el auténtico camino hacia la redención. Tenía que salir de Moscú. Ya habría tiempo de volver a la patria para salvarla.

Dormí toda la noche abrazado a Sonia, atado a su cuer­po sin vida, en paz, despidiéndome a cada ins­tan­te de ella con un beso. Al amanecer, con algo de dinero que encontré escondido en un pequeño baúl bajo la cama, partí en el primer ferrocarril que salía de la ciudad. Viajé durante todo el día y la noche si­guiente y, con la nueva mañana, el tren se detuvo al fin en la última estación: VARSOVIA.

***

punto de partida 140Al año siguiente ya estaba instalado en casa de una fa­milia de emigrantes alemanes: los señores Hauss­mann. Me contrataron como mozo de establo y también, más tarde, descubrieron la posibilidad de ayudarles como instructor de ciencias físicas de sus tres hijos mayo­res. Con mi nuevo trabajo disfrutaba plenamente de mi nueva vida. Ahora me llamaba Boris Tomachevski y apenas dejaba traspasar a mi conciencia nada de lo ocurrido en el pasado.

Fue entonces cuando ocurrió un episodio defini­tivo en mi caótico camino hacia la desgracia. El señor Haussmann, como casi todos los materialistas his­tóricos, guardaba en una especie de trastero todos los periódicos publicados en los últimos diez años. Por cu­riosidad, un día inoportuno, rebusqué entre ellos y des­cubrí un ejemplar de noviembre de 1963. Desta­caba por su amplio titular y recordé que pertenecía al día después en que me amputaron la pierna. En gran­des le­tras de imprenta anunciaba: “KENNEDY ASESINADO”. Descubrí en sus páginas interiores un amplio repor­ta­je sobre el atentado de Dallas y, en una de las fotogra­fías anexas, creí reconocer a Sonia. ¡Vaya locura, por un segundo, por un solo instante pensé que dicha ima­gen respondía a alguna noticia sobre su muerte, pro­fetizada absurdamente años antes del crimen, cuando en realidad estaba viendo la fotografía de la esposa del presidente muerto de los Estados Unidos!

Tras ese día, la extraña fotografía de esa mujer me atormentaba. Era tan parecida a Sonia… Pensaba ob­se­sivamente en su rostro y fluían descontrolados im­pulsos primarios de mi interior. Cientos de ilusiones ocupaban mi cabeza. Eran todas fantasías, pesadillas que ahogaban mi pensamiento y que, sin más, en un estado temible, me arrastraban cada noche a buscarla en las calles más oscuras de la ciudad. Algunas ma­dru­ga­das, bajo el único conocimiento de los satélites ar­ti­ficiales, las encontraba a las dos, a Sonia y a esa mujer del periódico, como almas siamesas ilumina­das por la luna, juntas en un mismo cuerpo.

DÉCIMA CARTA A LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA.
Varsovia, 20 de marzo de 1966

Querida esposa:
Aún espero tu respuesta a mis últimas cartas. Sé que to­da­vía estás enfadada y lo comprendo. Lo que hice es imper­donable. Tengo un plan para que volvamos a vernos pronto.
Quizá vuelva a abrazarte como la última vez…
Te adora,
Alexei


INTERROGATORIO. Extracto de interrogatorio recogido en el archivador 36, carpeta A-850-1967, de la comi­sa­ría del distrito 3 de Moscú, entre el Comisario Kir­po­tin (C.K.) y Alexei Alexandrovich Aleksov (A.A.A.).

C.K.: Hace un día terrible…

A.A.A..: Sí.

C.K.: ¿Le parece terrible a usted también, Alexei Ale­xandrovich? ¿Le resulta a usted un día terrible?

A.A.A.: Eso creo, comisario. Mis huesos y la hume­dad son enemigos consagrados.

C.K..: ¿Pretende hacerme creer que un asesino co­mo usted sabe distinguir entre lo terrible, lo horrible y lo sangriento?

A.A.A.: ¿Un asesino?

C.K.: ¿Piensa responder a mis preguntas de una mal­dita vez? ¿Por qué? ¿Por qué mató a su esposa y a esas otras diez mujeres en Polonia? Responda. Y dígame también, ¿qué pretendía hacer dentro de esa cápsula espacial?

A.A.A.: No lo va a creer… ¿Conoce a esa mujer ame­ricana?

C.K.: ¿Qué mujer?

PLAN PARA ASESINAR A JACQUELINE KENNEDY. Después de leer el Informe Warren me he visto en la obligación de tener que redactar —más fiable y documentado— el Informe Aleksov.

Tras el estudio se abren dos hipótesis funda­men­ta­les para tratar de explicar el atentado: a) asesinato de John Fitzgerald Kennedy por el amante de su esposa, Lee Harvey Oswald, para vivir libremente su infide­li­dad, y b) intento de asesinato, frustrado, de Jac­que­li­ne Kennedy, que por error acabó con la vida del presi­den­te. Aunque todavía cabe una tercera posibilidad: El asesinato de John Fitzgerald Kennedy considerado co­mo una carrera de automóviles cuesta abajo. En este caso, quedaría sin resolver una cuestión primordial (In­forme Ballard, pág. 177): ¿Quién cargó el arma que dio la señal de partida?

En dicho informe Aleksov expresa también, de ma­nera tajante, la necesaria eliminación de la señora Ke­nnedy a manos de un mártir del futurismo ruso, el velocista más destacado de la carrera espacial —Ale­­xei Aleksov— a bordo de un cohete fabricado para tal ocasión que estallará en el jardín de la residen­cia Ke­nnedy de Los Ángeles, California.

EL CRIMEN CONCEPTUAL (III). La búsqueda de un ca­mi­no hacia el progreso tecnológico y nuclear había lle­va­do al pueblo comunista a la miseria más absoluta. Los ni­ños soviéticos fabulaban con la conquista espa­cial a pesar de estar acechados brutalmente por el ham­bre y la enfer­medad. La resolución del crimen que había comenzado tres años antes me arrastró a Moscú de nue­vo. La Base Aeronáutica del Ejército Soviético conti­nua­ba tal y como la recordaba. Los túneles secretos y algunos conoci­dos de mi etapa como piloto me permi­tieron acceder a la Zo­na de Estacionamiento y Des­pe­gue con la excusa de con­templar el nuevo material. Allí dormía apaciblemente un Suyuz, prototipo de la tercera generación de cohe­tes espaciales, que tenía como objetivo la conquista lunar. A mi lado, sólo una afilada escalera metálica se tendía entre el abismo de­sierto que se abría entre los Estados Unidos de Amé­rica y la Unión Soviética.

Ahora leo a Chejov, Antón. La gaviota (1896): “¡Hom­bres, leones, águilas, codornices, ciervos astados, gan­sos, arañas, silenciosos peces de las profundidades, estre­llas de mar y tantas otras criaturas que el ojo humano no al­can­za a ver; todas en suma vidas; seres vivientes que habéis cum­plido vuestro lamentable ciclo y os ha­béis extinguido…!”

Nota a pie de página: El joven Treplev encuentra la nada. Nihilismo y vacío. Frío y miedo. El invierno eter­no de un revólver en la sien.


Allí, entonces, me arrestaron. Alguien había dado la voz de alarma. La cápsula espacial no se des­pren­de­ría esta vez de los propulsores de oxigeno líquido ya que el proceso de despegue sólo podía accionarse desde el puesto de control exterior. Era inútil seguir luchando. A raíz de aquel momento, la realidad de los hechos comenzó a brotar como el agua sucia que des­borda las alcantarillas en un día de lluvia. Confesé el asesinato de Sonia y de aquellas otras mujeres que se cruzaron en mi camino en Varsovia. Desde aquel día vivo entre estos muros, martirizándome por el fracaso estético de mi plan criminal. Quizá haya llegado el tiempo de aniquilar mi pecado a la vez que cumplo con el crimen esencial. He escondido un cinturón vie­jo entre los libros de mi celda. Ya sólo me quedan los libros. Los libros y esa extraña esperanza en que todo termine de una maldita vez.

Au revoir, mi querido escéptico…





José Antonio Rojano. En la actua­li­dad compagina su formación aca­démica con la creación literaria y la prác­tica teatral. Du­ran­te 2003-2004 recibió una beca de creación literaria por la Fundación Antonio Gala pa­ra Jóvenes Creadores. En 2005 resultó galar­donado con el Premio Na­cional de Teatro pa­ra Autores Noveles “Cal­de­rón de la Bar­ca”, pre­mio que otorga el Ministerio de Cul­tura a través del Instituto Nacional de las Artes Es­cénicas y de la Mú­sica (INAEM) por su obra Sueños de arena (Centro de Docu­menta­ción Teatral, Ministe­rio de Cultura, Ma­drid, 2006). Este mismo año fue premiado en el VIII Con­curso Bianual de Textos Tea­trales “Miguel Romero Esteo” para la Jo­ven Dramaturgia An­daluza, distinción que otor­gó el Centro An­­daluz de Teatro a su obra “La decadencia en Varsovia”. En cuan­­to a su pro­ducción narra­tiva, resultó ganador en el I Certamen de Crea­ción Joven del Ayun­ta­miento de Córdoba (2005) por el relato “El décimo círculo”, y en el IV Certamen de Na­rrativa Breve “Car­denal Salazar” (2006), por “Novela rusa”.