No. 140/NARRATIVA

 

 Tania Padilla
(Córdoba, 1985)

 


Inspiraciones

De todo el universo literario escoge a Valle Inclán, a Aristófanes y a Chesterton. Se podría decir que su litera­tu­ra es una fusión de sus tres estilos aderezada con condimentos de cosecha propia. No obstante, si tuviera que elegir un libro se queda con Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos. También le gustan Larra, Clarín, Galdós, Borges, Cortázar y Sharpe. Bebe de la realidad cotidiana, de su sordidez y su mediocridad, y procura “vo­mitar” una civilización distorsionada (absurda, histriónica, mendaz) pero no por ello irreal. Su cabeza de turco es el mundo occidental y sus dirigentes, la Iglesia, la alta sociedad y el esnobismo artístico: se puede decir que su prosa pretende ser prosa-herramienta (a lo Ángel Valente). Asimismo, procura reflejar en el diálogo el mayor nú­mero de variedades porque le interesa la relación sociedad-lengua y el espectro actual de registros sociales. Se decanta por un humor “de lo absurdo” que alterna el exabrupto con la ironía y el sarcasmo.

 

Ecocardio


La prueba de esfuerzo me la iban a hacer a las nueve y cincuenta y siete de la mañana; me consta que en el papelucho que me endosan no quedan impresos los segundos de la cita más por falta de necesidad que por presencia de decoro: el in­tervalo de cinco minutos que me dan de margen se ma­terializa en hora y tres cuartos de espera lectora primero, dialogante con la de al lado luego, dióxi­da­mente bostezante al fin. “Belarmina Hermosilla, Be­larmina Hermosilla”. Yo. Ridículamente yo.punto de partida 140 Al fin. La enfermera me mira con expresión de chicle de menta y me pide el papelillo impreso, o los papelillos, o lo que sea. Se lo doy todo, incluida la capa de pañuelo de celulosa donde he escrito un esbozo poético sobre los pasillos hospitalarios jalonados de enfermos a la ma­nera de hitos en senda o cagarrutas en retaguardias pastoriles. Se lo lleva todo. Yo camino autómata tras sus pasos enfermeriles blancos de agujeritos y suela en cuña. Ella me dice con un gesto pre-lingüístico ma­nual-costal que no, que me quede quieta un momento en la ausencia cárnica del corredor aséptico, con el espartano no-estar del límpido habitáculo oblongo, y penetra el muro por la puerta que abre el aposento ga­lénico bautizado “Cardiología 6. Prueba de Es­fuer­zo”. Aguardo lo más estúpidamente posible ante aquel meo­llo racional, dentellada cívica, esto es, sin pensar, ca­rraspeando recatadamente, con parpadeo pre-cataléptico pero coherente aún. “Pasa, guapa.” Sigo aguardando distraída porque no lleva razón. “Pasa, pasa” —reitera. “¿Yo?” —retorizo. “Adelante, pasa.” Paso. Lo lógico: una camilla cerúlea, una mesa grisácea, un ordenador equis punto cero. Algo más ilógico también: una cinta anaeróbica (de esas que los gimnasios importantes ali­nean para que uno pueda correr en pelotón, otros en manada), unos parches adhesivos pendientes de un nú­cleo voltaico por cableado color amalgama de san­guí­neos, azabaches y cianes que tuercen a celestes. Vuelco un rabo de ojo en la servo-galena, que con un fugaz aspaviento me dice que me siente. Me siento en una si­lla de oficina prematuramente horadada a causa de su madeintaiwán.

—¿Qué le ocurre?

Así espeta ella, doctora neotera, virgenzucha re­cién traída de Urgencias, sin salutación zaguanesca, ale­vo­sa, groseramente.

—Taquicardias… Orfidal… Ahogo.

—Quítese el jersey.

—Sudadera, se llama.

—Quítese eso.

Mi camiseta interna alberga vistosamente un par de tomates polillescos. Pero ni la que cura ni la que ayu­da están atentas a mis jocosidades escatológicas. Me despeino con el voltaje que engendro porque me qui­to la tela de felpa con vertiginosidad que busca dis­creción absoluta. La enfermera a la doctora habla con comadreo inusitado pero veraz, tocable, entriste­ce­dor. Es mujer y sabe tener función multitarea, por eso no me quejo y me parchea pectoral, abdominal y perisi­nu­salmente; luego, me toma la tensión con aparato de perita de caucho nato tras la Segunda Gran Guerra, compañero de promoción utilitaria de la escudilla me­tálica y la primera licuadora americonorteña.
 
—La Inmaculada en Turquía un acierto, nena. Sal­vo por el olor a moro en Estambul, claro está. ¿Y tú qué tal?

—Florencia, linda como siempre. El hotel, de lujo: racimos de uvas en el recibidor de la suite, qué digo racimos: vides, parras, viñedos. Delicioso todo. Mi­guel y yo encantados, hija.

—Levántate, cariño (esto me lo dice a mí). ¿Quién es Miguel?

—El último. Lo amo.

La doctora se sienta en una banqueta de asiento a metro y algo del pavimento y posa sus yemas sobre el teclado del ordenador aún con el regusto del último bi­sílabo en los labios.

—Me alegro. Cariño, súbete en la cinta, ¿quieres?

No me niego porque llevo desde la Nochebuena última aguardando consulta. Subo cableada, pec­to­ralmente exenta de peplo y con corderismo a la cinta.

—¿Tienes fotos?

La doctora saca los ojos del monitor.

—¿Fotos? —pregunta desubicadamente.

—Del viaje. Cariño, ahora voy a activar la má­qui­na. Irá subiendo la intensidad de manera progresiva, ¿de acuerdo?

Asiento con rutina. Juego profesionalmente al bad­mington: la anaerobia es pan de cada día a mi boca. O era. Los volantes plumosos no son balones de re­gla­mento, por eso mi equipo no tiene seguro médico, ni médico a secas. Llevo casi un año sin jugar un par­ti­do.

—Claro que tengo. En el móvil. Lo llevo en el bol­so. Te las enseño.

La doctora abandona su ubicación en la banqueta. La cinta avanza a velocidad moderada y yo la piso con las axilas plegadas porque el sudor no se expanda, con los labios de canto y las manos amarradas a la ba­rra de agarre, con el tropical caudal de la calefacción allanando el terreno a las huestes germénicas porque en casa del herrero, cuchillo de palo. Me preocupa un poco que sobre los vaqueros pendan mis grasas no­­ve­dosas que la falta de actividad deportiva ha hecho flo­recer en mi otrora cintura de avispa. Estúpida preo­cupación, porque la funcionaria pulsa botones de apa­ratito ajeno a la prueba médica y su enfermera vuelca su par de ojos de párpados coloreados sobre la pan­ta­llita de plasma cegando todo hueco para las miradas de soslayo.

—Florencia fue una locura. Mira, éste es Miguel y…

Nada. No me importan lo más mínimo los detalles copulativos. Así que dejo de escuchar naderías y ba­gatelas funcionarias que nada tienen que ver con mi estatus crematístico-social y que me fastidian en la me­dida en que se producen en individuos men­tal­mente tan inferiores y con cuánto descaro… Ahora sólo es­toy yo con la máquina, que juega a incrementarme poco a poco sus velocidades. De reojo miro el monitor aban­donado y veo mis ritmos cardiacos pintados con Eve­restes y contra-Everestes a modo de estalagtitas y mitas gigantes a escala monitorizada. Me sobreviene el aho­go de siempre, el mismo de los últimos casi ya doce meses. Pero sigo, abro la boca para inhalar más cau­dal aéreo, para que así el papel que escupa la compu­ta­do­ra tenga algo revelador que contar a esa imbécil que dice “lo amo” como el insomne que cuenta ovejitas di­ce “setenta y siete”. Palidezco. Siento que mi corazón voltea una vez y otra sobre sí mismo. Un mechero fic­ticio de origen hipocondriaco me arde la teta izquier­da y ambos bordes de pabellones auditivos externos. Pero sigo corriendo.

—Mira este bolso… De Balenciaga. ¿Cuánto le echas?

—Lo menos… No sé, hija.

—Doscientos diez.

—Mientes.

—Te lo juro.

La velocidad de la cinta aumenta. Ahora quiero es­cucharlas: el odio me da fuerza motriz.

—Pues en Estambul no había más que baratijas y yo, no es por nada, pero si lo voy a encontrar más ba­rato en El Corte Galés me estoy quietecita.

—Ya te digo.

Mi yugular quiere pujarse hasta aprisionar contra el muro a mis Santas Juanas de Dios. Tengo que parar o reviento. No puedo. No aguanto más. Pero me inco­moda tener que interrumpirlas. La enfermera no ve bien la fotografía decimoctava, por eso se rota un mo­mento buscando las gafas que moran en su zurrón Ba­lenciaga. De soslayo, repara en mí.

—¿Qué tal, cariño?

—Mal.

—Estás pálida, cariño, ¿te pasa algo?

La doctora parece aguardar a que mi boca ja­dean­te expela una respuesta razonada, binomio de mo­no­sí­la­bo y pertinente explicación. Yo no broto nada porque estoy en sequía aeróbica, sanguínea, educa­tiva. Me agrie­to de yerma y ella me ve y parece en­tenderlo y por eso corre hacia el enchufe y detiene la cinta en­gendrando relampaguillos en la toma. Yo caigo desfa­llecida sobre las apoyaduras de gomaes­puma ajada.

—Siéntate —me ordena. ¿Qué te ocurre?

—No lo sé. He venido a que me lo digan.

—No has aguantado mucho.

Ante mi lividez por respuesta huérfana, la galena me tranquiliza.

—Tampoco ha estado mal.

Y una mierda. Me crié sobre una cinta como ésta. Puedo galopar sobre ella a velocidad mil durante hora y media seguida. O mejor: podía.

—Vístete, cariño.

—Quíteme los parches y luego ya veré.

—¡Ay, Jesús! ¿En qué estaría yo pensando!

En todas las sandeces que coexisten en el mundo es­­túpido de los seres humanos excepto en las de mi bom­ba cardiaca. Mientras que busco mi sujetador en­tre el montón de inútiles capas de tela invernales que traía puestas, penetran en la angosta consulta un par de mé­dicos y tres enfermeros. Todos me saludan con equi­librada mixtura de rutina y típicos hábitos de ma­nual de hábitos buenos, y jovial y graciosamente a las cón­sules del lugar convidan a café y media tos­tada. La doctora deja imprimiendo mis frecuencias cardia­cas en papel que parece de estraza y se marcha cam­pante a fortalecer sus relaciones amistoso-la­bora­les. La en­fermera me invita a salir de allí lo antes po­sible por­que ella también quiere fortalecer las su­yas.

—Creo que esto no es mío (me devuelve mi capa de tisú poético). Espera en la sala de espera. La doc­tora se ha ido a desayunar. Cuando regrese ya te en­trego yo los resultados. Es cuestión de minutos.

Es cuestión de hora. Y a la salida me llueve lo in­decible sin paraguas ni parapeto ninguno. Las viejas zapatillas que abrigan mis pies tienen la suela como una chinchilla tiene el pelo que no es cola, y por esto me escurro y patino y finalmente resbalo entre dos co­ches en caravana. Me alzo dibujándome una mueca de estar ciega de morfina que palie este dolor, esta que­mazón non nata hasta hace un rato, esta vida sin sen­ti­do que se me avecina a bote pronto. Diserto internamente con el sobre que alberga mis garabatos corpóreos bajo la camiseta interior, rozándome el pecho caliente. En mis sustratos craneales llueve un aguacero de deso­la­ción que me empapa de pulmonía alegórica: “No me encuentran nada extraño y una mierda como una casa no consideran necesario hacerme una ecocardio ellos qué coño sabrán médicos de tres al cuarto soplapollas estoy enferma no soy yo he olvidado cómo era cuando creía ser yo y no me alegraba lo suficiente de poder res­pirar y palpitar como Dios manda a la mierda todo a la mierda todo…”

Palié mi ira medical levando pesas en la clase se­manal de Body Power que había dejado abandonada tiempo ha. El monitor se alegró de verme. El cero se­senta y uno no pudo hacer nada por mí. Salí del gim­nasio envuelta en papel de plata.

No estoy muerta. Yo no. El primero al que se le ocu­rrió un final literario con revelación de personal esta­do mortuorio debería haberse dado con un canto en los dientes. A todos los que vinieron después, habría que matarlos. Yo soy un cuentista omnisciente que juega a disfrazarse de primera del singular.

Mi psicólogo me dice que las personas no pueden cambiar, sino que únicamente pueden aspirar a mo­dificarse. Este cuento es fruto de una modificación. Esta defunción modificó todas mis atalayas contem­plativas. Abandoné el hospital, dejé de ser cardió­lo­ga, dejé de amar a ese tal Miguel. Hoy vivo en Venecia, a lo Peggy Guggenheim, a orillas del gran canal. Aho­ra huyo de mis fantasmas, y me redimo así.






Tania Padilla. Estu­dian­te de filología his­pánica en la Uni­ver­sidad de Córdoba. Per­te­nece a la tercera promoción de la Fundación “An­tonio Gala” para jóvenes creadores, don­de residió durante el curso 2004-2005. Sus preferencias literarias giran en tor­no al géne­ro teatral; no obstante, tam­bién escribe no­vela (El abuelo Luis o la clep­sidra soviética), en­sayo (El termómetro en la bombilla) y relato corto (Beatus ille o la in­fluencia del entor­no en el artis­ta, accésit en el Concurso de Rela­tos del Servicio Públi­co de Bibliotecas de Cór­doba, 2005). Entre sus obras dramáticas destacan: Las avispas y los abejorros, La car­tuja en llamas, Aleta de tiburón y nido de golondrina y El arte o morirte de frío. Ac­tualmente trabaja en un en­tre­més teatral y en una novela de intriga.