CRÓNICA / No. 187


 

Los racimos de odio



Cristóbal Acampo

Universidad Autónoma de la Ciudad de México, plantel Del Valle



Mayo 21, 5:30 a.m. La puerta suena. Insistentemente alguien toca la puerta y dice mi nombre con voz fuerte pero a la vez trémula. ¡Cristóbal! ¡Cristóbal! Qué pasó, respondo. Que ya viene el desalojo, me dice la voz. Aún es de noche, el sol no se ha animado a rasguñar con su luz el cielo. Hace frío, un frío profundo que se mete por los orificios de la casa, que humilde nos defiende de la noche. Me levanto. Veo a mi esposa y a mi hijo durmiendo. Me muevo en la cama aún con sueño mientras las palabras Ahí viene el desalojo se van comiendo mi cansancio. Mi esposa se despierta. Qué pasó, mi amor, me pregunta. Era don Ernesto, vino a decirme que ya venía el desalojo, le contesto. Déjame ir a ver qué pasa. Me incorporo de la cama. Me visto. Abro la puerta. Afuera el viento sopla: un animal de aire se azota contra las ramas de los árboles. La noche es grande, es un ave inmensa que cobija al mundo con su plumaje. Siento las piedras ensartándose sobre las suelas endebles de mis sandalias. En lo alto de la calle veo un grupo de hombres. Es de noche y no distingo quiénes son. Tres hombres, una mujer y el cuerpo invisible de la incertidumbre forman el grupo hacia el que me dirijo. Me acerco, los rostros se definen y en ellos se aclara la preocupación afianzada en sus ojos. Que vienen un chingo de granaderos. Mi hijo se va temprano a trabajar y dice que hay un resto de camiones en Six Flags, nos dice don Venancio. Quién sabe si vengan para acá, dice don Ernesto. Por un momento la duda es un madero fuerte de donde sujetarse. Ojalá no sea para acá, deseo. Dentro de mí la esperanza es una veladora con la que me alumbro ingenuamente. La noche va cediendo. Pronto amanecerá, pero la luz no traerá consigo descanso. No saldrá el sol para ver un nuevo día, sino para arrojar con toda su violencia la imagen de escombros y tristeza que estarán por venir. Mi esposa llega y me pregunta que si sí viene, no hay palabra que salga de mi boca, sólo afirmo con la cabeza. Hay que sacar lo más que podamos. Hay cosas afuera. No es la primera vez que nos desalojan, hace exactamente una semana, el martes pasado vino el odio vestido de negro, capucha, casco militar, botas, navaja, pistola, metralleta y mucha lumbre que no abriga entre sus manos. Hace una semana miles de granaderos, fuerzas especiales, trabajadores de limpia y altos mandos dejaron huella sobre este terreno. Hace una semana nuestros ojos se llenaron de dolor y los ojos de ellos de brillo y alegría al ver cómo caían nuestras casas, los pulgueros, como ellos los llamaron. Hace una semana familias enteras presenciaron cómo demolían sus hogares. Hace una semana no nos dejaron nada. Las paredes de madera fueron cargadas por manos desconocidas y arrojadas a las cajas de camiones de basura y volteo. Lo mismo techos, láminas, ropa, trastes, juguetes, fotografías, documentos, recuerdos y días enteros vividos dentro de nuestros hogares. Pulgueros donde se amaba, se soñaba, se anhelaba. Pulgueros que abrigaban con amor y ternura del frío y de la lluvia. Pulgueros que abrían los brazos cuando se llegaba cansado del trabajo. Pulgueros donde no había pulgas, sólo la clase trabajadora necesitada de vivienda. Hay que sacar lo más que se pueda le digo a mi esposa. Vamos bajando la calle y escucho a los vecinos que cargan sus cosas fuera de sus casas. Suben más vecinos en camionetas y confirman los rumores. ¡Son un chingo! ¡Vienen un madral de granaderos y muchos judiciales! Otra vez vienen los que se visten con las entrañas de la noche. El día comienza a gatear, intenta dar sus primeros pasos pero aún es muy temprano. Sobre el horizonte una mancha encendida de sangre da cuenta de la muerte de la oscuridad y el nacimiento del día. La mancha se diluye, pasa del rojo al naranja para quedar en un amarillo que verá con los ojos abiertos un desalojo más. Mi esposa comienza a llorar mientras sacamos el refrigerador, los muebles. Mi hijo sigue dormido, el sueño es una trinchera noble que lo asegura de la prisa y de la desesperación que muerde en ese momento. Me detengo a verlo y recuerdo la crónica del martes pasado cuando una niña le dijo al granadero que él también tenía una niña y no tendría corazón para tirarle su casa, ante la pregunta ¿verdad que no vas a tirar mi casa? el granadero se puso a llorar. Ay, hijo mío, el mundo es un lugar terrible si no te llenas el corazón de amor macizo para caminar en él. Lo beso y sigo acarreando para afuera las cosas. No hay tiempo para guardar con cuidado todo. El reloj es un rifle que apunta directo a mi cabeza. Guardo lo que puedo no sin embarrarlo de tristeza, de odio, de angustia, de dolor. Cajas llenas, botes llenos, cobijas que quedan como vientre preñado. Afuera no es distinto, se levanta el polvo de los pasos rápidos, de los cuerpos que cargan desesperados tambos, muebles, ropa. Mentira que carguen sólo eso. Tras la mujer que lleva como un enorme tumor la bola de ropa vienen arrastrando los días vividos, los días que se aspiran a vivir, las historias, varias, que cuelgan de camisas, pantalones, blusas y zapatos porque si uno no se lleva lo suyo los de negro se lo llevarán. Sobre la calle de terracería se escucha agua. Un río pequeño que se libera de los tambos vertidos en el suelo. Un río diminuto que más parece llanto acumulado que río. Mujeres y hombres siguen cargando. Mi esposa y yo seguimos sacando cosas. Ya es de día, ya la luz muestra al desnudo la desesperación. Las camionetas bajan cargadas de cosas, los carros bajan cargados de cosas y la fuerza pública sube cargada de odio. Lo que se salvó se salvó. Se escucha un grito, ¡todos para abajo porque vienen aprehendiendo gente! Lo que se salvó se salvó, lo demás se lo lleva la chingada. A la chingada los juguetes y la risa del niño. A la chingada la estufa y el pan de mañana. A la chingada la cama y las caricias de los que se aman. A la chingada los recuerdos porque también la máquina pasará sus llantas sobre sus latidos. Nosotros no guardamos nada, no pudimos bajar nada y sólo llevamos lo que nuestras manos soportan: una bolsa con documentos, un par de cobijas, nuestra mascota y algo que vibra de manera horrible en todo el cuerpo y el alma. ¡Vámonos ya! ¿Pero las cosas? Me dice mi esposa. Se van a perder, las van a romper y a robar, le respondo. No avanzamos. No podemos dar un paso. ¿Las cosas se van a quedar? Me vuelve a repetir mientras veo cómo caen sus lágrimas. Te necesito entera, te necesito aquí, le digo. Contengo las ganas de llorar. ¡Cristóbal! ¿Las cosas? Me dice. La abrazo. Callo. Siento cómo se vuelve agua de pies a cabeza, no abrazo a mi esposa, abrazo un llanto que me ama. ¡Se van a quedar chingadamadre ya vámonos! La empujo, se resiste a irse. ¡Vámonos! ¡Vámonos! ¡No importa, luego veremos cómo las recuperamos! La gente baja rápido. ¡Ya vienen y están agarrando a quienes se queden! Veo a mi esposa que viene llena de tierra en sus ropas, en su cara, en sus manos. En su mano izquierda trae a nuestro hijo y en la derecha una bolsa y una cobija. Gritos, carreras, todos traen algo en los hombros, en la espalda, en las manos. Es un caos de gente, como cuando de niño travieso me paraba en el hormiguero y lo deshacía, entonces salían corriendo las hormigas sin dirección, sin saber qué pasaba o qué hacer. Sólo carrera que es la mejor canción que la angustia canta. Atrás las cosas y mi esposa que camina lento como si todos los muebles se le hubieran amarrado a los pies y fuera pesado dar el paso. ¡Vámonos ya que nos van a agarrar! Ella llorando, mi hijo llorando y yo empujándola para que avance. Me regreso a ver qué puedo salvar y ella me grita que ya dejemos todo, que ya nos vayamos. La gente grita, el miedo grita. Métase aquí, meta aquí sus cosas, algunos vecinos hacen caso. Por un momento la colonia se vuelve una madre amorosa que guarda a sus hijos en su regazo y ellos complacidos se refugian en su calor. Nosotros no salvamos nada, vamos camino abajo, se acercan amigos nuestros a tranquilizarnos, a decir que todo estará bien que las cosas no valen que luego se recuperarán, pero es mentira, las cosas no se recuperan porque traen más que clavos y madera añadidos. Mentira porque aquel mueble, porque aquella mesa no tendrían que terminar así. Tendríamos que seguir comiendo en ella y no ser destruida a barretazos. Tendríamos que descansar en aquel sillón y no ver cómo lo desgarran con picos y estirones. Vendrá otro sillón, otra mesa, pero lo vertido en ellos, el descanso, la protección quedará entre los escombros que los camiones se llevan. Sobre las casas pasan las máquinas, los trabajadores de limpia juegan a las guerritas con los trastes, brincan sobre los muebles, los rompen con tanta diversión que la risa corona el día. Es una fiesta, la burla, la carcajada, el chiste se visten con la desnudez de los agredidos. Es un circo, los hilos de las marionetas se tensan y las marionetas rompen todo a su paso. Despojan, violan, intimidan. Marionetas vestidas con uniformes blindados. Marionetas que portan siglas pgj, ssp, Protección Civil, Secretaría de Medio Ambiente, etc. Nos escondemos, se ha desatado la bestia y tritura con sus fauces y garras una a una las casas. Una a una son derribadas bardas, puertas, ventanas. Los pequeños trascabos blancos se mueven en busca de carroña, algo que devorar, algo que derribar y lo encuentran. Dentro de las casas vecinas hay un muladar de pertenencias, casas repletas, preñadas, a punto de dar a luz. Los vecinos se esconden, se hermanan. Tristeza y rencor son nuestros padres. Hijos de una familia enorme que están dejando sin nada. Otra vez vino el lobo feroz. En el primer desalojo, mi hijo me preguntó por sus cosas, por la casa y le dije que había venido el lobo. Otra vez va a venir, le dije, y lo abracé. Mañana mi hijo sabrá que el tal lobo obedece a gente que quiere adueñarse del mundo y de las personas que en él habitan. Pasó el desastre, los bárbaros sudorosos se retiran y podemos salir a ver su horrible obra de arte. Las familias vuelven para ver qué pueden recuperar. Buscan entre los escombros algo que aún sirva. Se oye un chiflido. Los trabajadores de limpia suben corriendo por la calle, pasan algunos minutos, regresan con bolsas en las manos. Dentro de las bolsas se observa que va un montón de cosas, prendas de vestir, juguetes, trastes pequeños porque hay que robar pero no ser descarados. El botín se reparte, sus altos mandos son saqueadores nobles que reparten sus riquezas. Vemos nuestro sombrero en la cabeza de una muchacha, nuestra herramienta en las manos de un señor. A manera de indignación les decimos que los cuiden, que los ocupen bien, pero no para tirar más hogares. Durante el desalojo pasado les gritamos a los granaderos que durmieran calientito porque nosotros íbamos a tener como cobija el cielo nublado. Creo que les faltaron más cosas, por eso se llevaron más. Un osito, un colchón, trastes sucios pero en buen estado, los enseres que sobrevivieron aparecen. Se cargan camionetas y carros pequeños con lo recuperado, pero hay que traer dinero en la cartera porque los granaderos cobran por dejar entrar y salir de los retenes puestos por ellos mismos. La desgracia de unos es gracia para otros. De quinientos a ochocientos pesos, las mudanzas se pelean los clientes. Lo que se salvó se salvó, recuerdo. Subimos a una mudanza lo que podemos recuperar, nos alejamos del lugar mientras la bestia negra sonríe dejando ver entre las comisuras de su hocico la baba espesa de un mal gobierno.


Cristóbal Apanco (Ciudad de México, 1983). Estudia Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Es escultor, ilustrador y pintor autodidacta