DIEZ NARRADORAS (1980-1983)/No. 184


 

Claudia Reina



Nogales, Sonora, 1980

 

 

 

Astronauta*
(fragmento)


Cuando de chico le preguntaban qué quería ser de grande, siempre contestaba que lo único que deseaba en la vida era ser astronauta. La mayoría de los niños que conocía también querían ser astronautas. Pocos tenían idea de por qué les interesaba esa profesión. Él, por ejemplo, no la tenía. Se imaginaba con su traje blanco y el casco reluciente, flotando en medio de la nada, mirando pasar cometas y estrellas fugaces. A ese deseo se unía otro un poco más complejo. Quería que se le recordara como el primer hombre que había estrechado la mano de un extraterrestre, pero no como el niño de la película E.T., porque ahí absolutamente todo salía bien de una manera en que sería necesario dinamitar diez universos paralelos para lograr que en éste, el suyo, la bicicleta volara a tiempo, el corazón del extraterrestre se iluminara en el momento exacto y la nave espacial de rescate se fuera justo antes de que la policía llegara. Ya desde chico tenía el presentimiento de que no vivía en el mejor de los universos posibles.

Dicen que era un niño simpático y bien portado: se comía todos los vegetales y la última cucharada de sopa, ponía atención en misa y, en general, quería lo que todos quieren y es lo único que mantiene a la civilización andando: casarse, tener hijos, un perro obediente, y, es aquí donde su proyecto de normalidad se torcía un poco, tal vez trabajar en el proyecto espacial de la NASA. En ese entonces su candor le impedía notar que su habilidad con las matemáticas era nula y que por más años que pasaran nunca comprendería conceptos fundamentales de la ciencia. Nada de eso le importaba. Pensaba que llegaría a la oficina de la NASA, vestido con su mejor saco, y diría con una sonrisa: Vengo a ofrecerles mis servicios de astronauta.

Desde que tenía uso de razón, se recordaba a sí mismo pensando en extraterrestres. En caso de que se hubieran enterado sus padres, lo habrían llevado con un psiquiatra, como buenos progenitores modernos. Le habrían andado tanto en el cerebro que al pobre no le habrían quedado ganas de pensar ni de imaginar ni mucho menos de dedicar horas a elucubrar encuentros con habitantes de planetas lejanos. Pero sus padres nunca se enteraron. Ése fue tal vez el evento más importante de su vida.

¿Qué pensaría un extraterrestre si…? Era la pregunta que siempre se hacía desde niño. Nunca se le ocurrió que la pregunta pudiera ser otra: ¿Qué pensaría Dios si…? Por ejemplo, veía en las noticias que habían lanzado un ataque químico en alguna ciudad y de inmediato se decía: ¿Qué pensaría un extraterrestre si supiera que un hombre le lanzó gases tóxicos a otro? Obviamente, la humanidad nunca salía bien parada de esas preguntas. En realidad, no se necesitaba ser un alienígena para condenar semejantes acciones. La perspectiva del problema, tal vez, sería lo único que cambiaría. El extraterrestre preguntaría por qué, y el humano respondería, por el petróleo, por rocas valiosas, por trozos de papel. Y el extraterrestre, con la boca abierta, o las bocas, pensaría que estaba hablando con una bestia, como realmente sería.

Hay un breve instante en la vida del ser humano en el que parece que no todo está perdido. El de Miguel fue cuando tuvo la certeza de que llegaría a ser astronauta. Pero creció y, como dicen, nada es más contraproducente para los sueños que crecer, dejó de tomarse en serio el deseo de ser astronauta y se inscribió en la carrera de ingeniería. Aún se resistía a entender que las matemáticas eran una puerta que no traspasaría, ni aunque se esforzara, pero la verdad es que nunca se esforzó. Un día se dio cuenta de que no valía la pena cultivarse, ser alguien, tener una familia, en un mundo que se caía a pedazos. La idea suena trillada. El mundo se ha estado cayendo a pedazos desde hace mucho tiempo. A veces parece que empieza a caerse sólo cuando uno se percata de ello. Uno abre el periódico y cree que por primera vez se roban las elecciones, o que la cabeza de la gente antes acostumbraba pasar más tiempo sobre los hombros de su dueño, o que apenas el calentamiento global empieza a descongelar los glaciares.

En la adolescencia tuvo un amigo, Felipe, que constantemente decía que no quería ser nadie. La mayoría de los amigos de Miguel querían ser médicos, ingenieros, abogados, hombres con los bolsillos repletos de billetes. Felipe no quería ser nadie, ni siquiera barrendero o vendedor de periódicos, actividades para las que no se necesita estudiar, aunque la cuestión no tenía nada que ver con eso. Felipe no quería nada. Con algunos hay que ir hasta el fondo de sus pensamientos. En ese tiempo, a Miguel no se le ocurrió pensar que Felipe pudiera tener una de esas respuestas que muchos se esfuerzan por conseguir realizando, por ejemplo, una peregrinación a un templo budista.

Tampoco es que Felipe fuera una especie de iluminado. Más bien parecía una de esas personas que por casualidad atrapan una idea que pasa a toda velocidad por la mente. Esas ideas que son como estrellas fugaces y nada más puede atraparlas una persona entre millones. Ideas tan sencillas que parecen un fraude y sólo cuando uno se hace mayor y ha pasado por toda clase de penurias es que las comprende. En realidad todas las preguntas humanas tienen respuestas sencillas. Pero esto también se comprende un poco tarde.

Desde hacía años, Miguel le había perdido la pista a Felipe. Le habría gustado encontrárselo caminando por la calle, y no importaba que no pudiera hablarle, lo único que quería era verlo y comprobar si Felipe seguía siendo nadie, si había podido llevar su idea hasta el final o había sido doblegado, como todos, por el mundo.

Hay personas con las que nunca se puede tener una conversación seria. Miguel, por ejemplo, se había convertido poco a poco en uno de esos seres, principalmente porque hablar de cosas serias es hablar de cosas que no importan. Si alguien dice: Necesito tratar contigo un asunto urgente, significa que quiere hablar de dinero, de enfermedades o tristezas. Eso a él no le importaba. Unas pocas cosas mantenían su interés. Entre ellas no se contaban el pasado, el presente ni el futuro.

Felipe acostumbraba tener conversaciones que no llevaban a ningún lado, por eso nadie lo tomaba en serio. Una vez Miguel le preguntó si quería ser rico, pensando que le daría una respuesta predecible. No, dijo con sencillez, como si estuviera rechazando una pastilla de chicle. ¿Seguro que no quieres una montaña de dinero?, insistió Miguel. No, volvió a contestar con esa risita desesperante que tenía y le hacía a uno pensar que estaba hablando con un retrasado mental. ¿Por qué no?, le preguntó atónito. Creyó que le iba a dar una respuesta brillante, propia de los idiotas que han comprendido una verdad que se les niega a los mortales comunes. No sé, dijo. Sólo sé que no me serviría de nada ser rico. En ese entonces le pareció la persona más imbécil del mundo. Diez años después lo comprendió. Le llevó diez años comprender lo que Felipe a los doce ya sabía.

A Miguel le gustaría decir que tuvo un maestro que marcó su existencia, un talento que hacía que se destacara de entre los demás, una historia extraordinaria de su vida, pero no era así. No era especial y por eso no pudo llevar a cabo su viejo sueño de convertirse en astronauta. Se había olvidado de ese tonto sueño que seguramente alguien le había implantado. Tal vez uno de esos programas acerca del espacio que veía en su infancia. La infancia es una etapa muy peligrosa. Todos algunas vez fueron criaturitas impresionables a las que cualquier idea les parecía factible. Bastaba con pasarse las tardes viendo programas de ciencia ficción para crecer siendo una persona con un pie en la tierra y otro en el universo, y no es que ése fuera su único destino, es que se había cruzado en el camino de ciertas ideas, no buenas ni malas, ideas que podían hacerlo, tal vez, un poco más infeliz de lo que habría sido en otras circunstancias.

Nada, sin embargo, es tan grave como parece.

A veces el destino se tuerce. A veces todo sale bien. La vida sigue, a pesar de las bombas atómicas, la inflación, los nuevos virus. La vida no se conmueve ante lo trivial ni lo trágico. Es una de las lecciones del universo.

El tiempo era uno de los temas que le interesaban a Miguel. Todos los días se preguntaba qué podía hacer con la masa de tiempo que se le había asignado al momento de nacer. En su opinión, era demasiado. No le faltaba razón. A lo largo y ancho del espacio se sabe lo peligroso que resulta dejar en manos inexpertas un artefacto delicado. Miguel tenía una vaga conciencia de esto último, pero poseía el suficiente sentido común para querer desembarazarse de él. El problema es que no sabía cómo. Una de las metas de su vida consistía en averiguar qué era el tiempo, para qué servía y qué debía hacer con él.

Miguel andaba por el mundo tomando la parte de oxígeno y de tierra y de alimentos que le correspondía, porque así se lo dictaban sus instintos y no había nada más natural que obedecerlos. Si no comes, te mueres. Si no bebes, te mueres. Si no respiras, te mueres. Le parecía una buena filosofía de vida. Casi tan buena como la de su viejo amigo Felipe.


El fin del mundo era otro de los temas que le interesaban.

En la universidad, se sentó durante dos semestres en un pupitre, esperando, silencioso y atento, eso sí, el fin de la especie humana. Llevaba en orden sus cuadernos, en los que anotaba casi todo lo que salía de la boca de los profesores, tanto si le interesaba como si no, porque esperaba el fin del mundo y daba lo mismo que anotara o no, que aprendiera o no, que escuchara o no, daba lo mismo, pero prefería anotar. Le gustaba pensar que tal vez estaba escribiendo las últimas palabras, que estaba escuchando la última explicación, que estaba sentado en el último pupitre de su vida. Así las cosas parecían tener sentido.

Estaba convencido de que los dioses, o quienes sea que hayan sido los tristes creadores de la especie humana, estaban encabronados por la conducta de los hombres. Así que para él estaba muy claro que el mundo tenía que acabarse pronto y el que se aplicara en la ingeniería no le ayudaría a morir en paz.

Además, por más ingenuo que pareciera al darle crédito a los mayas, seguía latente la profecía en la que estaba escrita una amenaza, o eso era lo que Miguel quería creer. No compró comida enlatada ni le pasó por la cabeza hacer un agujero en la tierra. ¿Qué pensaba exactamente que traería el presagio? No lo sabía. A veces fantaseaba con la idea de que un meteorito iba a esparcir los huesos de la raza humana por el universo. Habría sido agradable.

 


* Novela en proceso.
 

 


Claudia Reina. Estudió Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del FOECA Sonora. Sus libros Paranoias (cuento), Esto no es una pipa (novela) y La luz al final (teatro) fueron publicados por el Instituto Sonorense de Cultura en 2008. Su novela La visita del señor Morhl (2012) fue publicada por el Fondo Editorial Tierra Adentro.