No. 141/CUENTO

 
Los peces rojos


Gerardo Martínez
FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS, UNAM




A mi hermano Leonardo
A Daniela Fuentes


Había un rasgo fantasmal en aquellos peces:
ninguno tenía ojos, doble oquedad en sus cabezas.


José Emilio Pacheco, Los ojos de los peces

—Nunca sabes lo que harás en los siguientes cinco o diez minutos. Por ejemplo yo, que debería estar echado en la tumbona, saboreando mi jaibol, tengo que aguantarlo a usted con sus preguntas. Y no crea que lo atiendo por solidaridad. Nada más equivocado. ¿Le gustan los puros? ¿Nada más cuando hay? Qué curioso. Cuando yo te­nía su edad decía lo mismo.

El reportero tomó el puro, lo sostuvo entre sus la­bios y rechazó el fuego que le ofrecía el viejo con su encendedor grabado. Gracias, lo conservaría para después.

—Entonces vino para que le cuente mi versión sobre la muerte de Felipe Zárate. ¿Y qué lo mueve a investigar su caso? Es curioso. El gobierno divulgó tantas mentiras durante sexenios y ahora son los jóvenes quie­nes preguntan por él.

El viejo encendió su puro. Su voz era más autoritaria de lo que el reportero había pensado; movía su bigote blanco con tal furia que apuntaba al techo para enfatizar cada palabra.

—Sí, Felipe los tenía bien puestos —dijo luego de una pausa, encorvando los dedos de ambas manos ha­cia arriba y agitándolos a la altura de su pecho—. Ya se habrá enterado de lo que pasó la primera vez que nos mandaron a la cárcel. Éramos del Círculo Universitario de Liberación cuando Celio Rivorosa, entonces gobernador, nos mandó encerrar junto con otros compañeros. Pasamos dos meses entre delincuentes de menor estofa. Algunos dicen que fue el rector quien abogó por nosotros, y que hasta pagó las multas. El punto es que en el penal de Chivatito Felipe descubrió la vena que lo acercaría a las masas; asimiló el lenguaje y ademanes de los peladitos. Monedita de oro el pinche Zárate. Eso nos sirvió después, ya que por su fama no había célula a la que le negaran el abasto y el techo cuando nos perseguían los güachos. Por aquel entonces publicó su libro de poemas Para combatir nostalgias. Buen poeta. ¿Quién podría negar ese hecho, además de que era un pinche mujeriego pingaloca?

El viejo se detuvo frente a la ventana que daba al jardín. Antes de continuar con su relato lanzó un lar­go suspiro:

—Le habrán contado que Felipe era todo un pájaro de cuenta —se paseaba por la oficina—. Hubo rumores sobre él y mi mujer. Usted sabrá que entre las células corrían bastantes chismes. Éramos comunistas, pero algunos parecían más unas verduleras. El Gallo Soriano, actual subsecretario de Salud, era el que tenía más afición por las intrigas. Más por pendejo que por algún otro motivo. Ángeles Gómora, que entonces era presidente del Partido Comunista en el estado, hacía cuanto podía para calmar los ánimos. El viejo nunca había estado de acuerdo en que tomáramos las armas. Aunque era de la vieja guardia entendía muy bien lo que pensábamos de su partido. Dos días después de nuestro ataque lo encontraron muerto cerca de la presa del Chayote.

Los ojos del viejo se extraviaron en el jardín, casi una pradera, donde sus nietos corrían en juegos inocentes con las nanas.

—Existe la promesa de que nadie contaría lo que pasó en las vísperas. Pero como dice usted que Carlos Guasp, ex secretario de Turismo, dio pistas a los reporteros, y que además éstas apuntan a lo que todo mundo se imagina, voy a decirle la verdad. ¡A Felipe Zárate lo ejecutó la célula! —con la mano con que sostenía su puro descargó un golpe al escritorio. Por segunda vez guardó silencio. El reportero mordió el puro que le había obsequiado, extrajo unos cerillos de su cazadora e intentó adornar la escena con el humo.

—Debo mencionar a una persona que se nos unió cuando salimos a la sierra. Era un chino-mexicano que había venido de Tijuana y que todos apodábamos Shangai. No quiero decir que sea el culpable, aunque fue uno de los principales instigadores de la muerte de Felipe. Tenía costumbres raras el chingado chalecito. A todas partes cargaba una pecera de cristal. Tan pequeña que no creo que le cupieran más de tres o cuatro litros. La dividía con una red y allí tenía dos peces rojos. Uno de ellos con manchitas de color turquesa. Los llevaba a las reuniones y los ponía a pelar como si fueran gallos. Las victorias se alternaban. Era muy entretenido —por primera vez el reportero vio una sonrisita cándida. El viejo suspendió su hilaridad para responder la próxima pregunta que hizo el reportero:

Perdón? No. El móvil del asesinato no fue pasional. Simplemente Zárate se opuso al método. Para ser comunista era también bastante bonachón y moralino. En su lógica decía que engañábamos a mucha gente. Después de muchos años pienso que no estaba equivocado. Insistía en que no era tiempo, que intentáramos en la política, con sindicatos, como hacía su hermano Sergio. Nadie siguió su apuesta, ya sea porque creían en nuestra lucha ciegamente o por el temor que inspiraba el camarada Shangai. En una de esas ocasiones se enfrentaron a palabras ambos líderes. Cuando el chino ya no pudo dar más argumentos tomó la Beretta que Soriano había dejado en una de las mesas y apuntó a Felipe:

“A ver, Felipe. Dame una razón política para no embarrar tu mierda de cerebro en las paredes.” Hubiera sido un episodio lamentable. El Gallo era medio pendejo y por suerte había olvidado recargar el arma. La relación que tuvimos con Shangai fue muy accidentada, tanto así que algún tiempo después fue expulsado de la célula por motivos que refiero reservarme.

 

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Ilustraciones de Roberto Hernández, ENAP-UNAM

 

El viejo humedeció uno de sus dedos con saliva y recogió la masa de ceniza que cayó por el golpe dado al escritorio.

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A una pregunta del reportero reventó como si lo hubieran agraviado. Alzó el bigote para enfatizar su enojo:

—¿Cómo que por qué? Eso a usted debe tenerlo sin cuidado, muchachito. Déjeme decirle que a los perio distas también les entran balas —más por nervios que por mostrarse reacio a la intimidación, el joven mordió el puro.


Estaba a punto de dar las gracias cuando, con tono más sereno, el viejo continuó su plática como si nada hubiera sucedido:

—Un asunto interno en el que se le encontró culpable. Estábamos por aplicarle el ajusticiamiento revolucionario cuando desapareció. Años después supimos que murió en la Plaza Tiananmén. Entonces era un oficial de rango en el jército de China.  

Se incorporó de su silla y comenzó un rondín con eje a su auditorio. La duela apenas rechinaba bajo el peso de las alpargatas. Se escuchó una pregunta, casi era un murmullo tímido. Segundos después apareció la enérgica respuesta:


—No, joven. Está usted equivocado. A Felipe Zárate lo asesinó el Estado. Nosotros nada más lo ejecutamos. Es distinto. Felipe murió a manos de la tentación y el ansia de poder —con el índice punteó en el escritorio y de inmediato enmudeció acosado por la reflexión—. Pero fíjese que con los años he pensado que quizá no estaba mal lo que nos proponía. Después de todo buscábamos hacernos del poder. Para cambiar el puto mundo, qué sé yo. Estábamos ciscados, pues para el Estado éramos los hijos de la rechingada que le habíamos declarado la guerra.

El joven sonrió. Minutos antes descubrió la mala calidad del puro y lo aplastó en el cenicero. El viejo trató de reprimir una sonrisa y, dando media vuelta, extrajo un ejemplar oscuro, bello, del cajón de su librero. Mordió la cola del tabaco y lo arrojó sobre el escritorio. El joven lo encendió y le soltó la última pregunta mientras saboreaba el puro.

—Sí, joven. También yo creo que el chino estaba loco. Zárate se opuso a sus consejos hasta el último momento. Shangai quería que no fumáramos y Felipe lo hacía en todo momento. Sobre todo durante la noche, cuando escribía su segundo libro.

Aquella noche discutieron. Pero no sólo tuvo dificultades con él; las tuvo conmigo y con Jacobo González. Shangai y Zárate estuvieron a punto de golpearse un día antes, durante la cena. En realidad era comida, pero la llamamos cena navideña porque sabíamos que muchos no regresaríamos. Al final de la comida comenzó la discusión entre González y Soriano contra Zárate, que insistía y berreaba y mentaba madres para convencernos de que el movimiento se iría directo al matadero…

Pero vámonos al grano. En la discusión, el chino no dijo palabra. Sacó sus peces y los puso a combatir. Ignoro si lo hacía por perversión o para inspirarse más frialdad. Por su parte, Zárate nos dijo que tomaría su decisión antes de partir y, sin decirnos nada más, se fue a la cama. Una hora después estaba decidido todo. Para el chino era claro que Felipe era un agente con consigna de partir el grupo. Soriano y yo nos opusimos al castigo que él había propuesto. Los peces seguían peleando. Al final votamos y se decidió que en muestra de castigo, la sentencia la ejecutaría uno de nosotros dos. Quien haya sido conservaba el sentimiento del deber para cumplir la orden. El verdugo se paró de espaldas a la puerta, pistola en mano. Las gotas de sudor corrían por sus mejillas y de tanto en tanto volvió la vista al grupo. Aunque había corriente eléctrica, por seguridad iluminábamos el cuarto con velas. Shangai tenía las manos recargadas sobre el alféizar de la ventana y parecía mirar el campo, pero vigilaba al sesgo cada movimiento del verdugo. Por fin éste tragó saliva, abrió la puerta y vio que Zárate dormía. Se acercó, levantó la mano temblorosa con el arma confundida entre sus dedos, apretando las quijadas. Entonces Zárate despertó al momento en que éste le descargó una bala en pleno rostro. El compañero que dormía junto a Felipe dio voces de alarma. Buscó desesperado su fusil hasta que supo lo que en realidad pasaba. Se arrodilló ante el cuerpo de Felipe y no tardó en soltar el llanto. El primer muerto era producto de nuestras intrigas.

Shangai, como siempre, no soltó palabra. Salió del cuarto y descubrió a sus peces muertos, que flotaban en la superficie del agua. Tomó la pecera y la arrojó a la mesa, donde estaban todavía los restos de la cena navideña.

Como usted sabe, atacamos el cuartel en punto de las tres con treinta y nueve del sábado 25 de diciembre del 65. Felipe Zárate hizo el viaje con nosotros, dando tumbos en la camioneta. Fue el primer mártir de nuestra guerrilla. El resto de la noche, Shangai no dijo palabra. Las primeras balas eran nuestras.