No. 144/CRÖNICA

 
Rito pasajero… lo demás es silencio


Ricardo Domínguez Martínez
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, unam



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Fritangas cinturones ricos tacos de suadero po­lainas bolígrafos y lapiceros ¡pásele! ¡páse­le! pilas AA correas y pernos camisa $20 El Sol de Mediodía fajas cacahuates super éxitos fun­das ce­lulares alegrías pepitorias ..."la botellaaaaaa que no ves que estoy pensando en ellaaaaaaa..." cigarros suel­tos ¡qué va a llevar! El caos no comienza afuera del me­tro, sólo continúa, es un hilo proveniente de las pro­fun­didades que en la superficie se hace grueso...

-¡Está atascadísimo! Pero sí alcanzamos -ex­cla­ma un rubio regordete al ver el puesto de tacos en la entrada de la estación Salto del Agua.

punto de partida 144Los mercenarios del ambulantaje se apoderaron de las avenidas, incluidas banquetas; no existe una en la que no tengan cierto dominio. El centro de esta ciu­dad es una selva donde cohabitan esos mercaderes a quie­nes sólo les importa la vendimia; como todos, su úni­co deseo es sobrevivir. En esta esquina, formada por el Eje Central Lázaro Cárdenas y la avenida Arcos de Belén, nada queda libre, no hay descanso ni para la mi­rada. Voltear al cielo no es una opción, pues en contra­esquina está un edificio de más de veinte pisos semi derruido; enfrente, en el camellón central, la otrora fuen­te Salto del Agua. Ésta -refiere la historia- re­mataba la arquería del Acueducto de Belén prove­nien­te de los manantiales de Chapultepec; hoy los cuerpos que la componen no son competencia para sus in­qui­linos, niños y hombres desposeídos, seres invisibles a quienes nadie dedica una mirada.

Todos esos vendedores, gritando y agitándose, vol­teando de izquierda a derecha en busca de sórdidos compradores, absorben los sentidos, no se dan cuenta de la conversión de la vía pública en tierra sin ley, en donde los más fuertes aplican su máxima. Caminar li­bremente está prohibido, los transeúntes deben aco­plar­se al ritmo de quienes van adelante, ritmo que nadie sabe quién instauró pero que todos adoptan sin queja. ¡Bárbaros humanos! Sin embargo, aún quedan al­gu­nos incautos que buscan el amor en el caos, como si no fuera suficiente desbarajuste el amor como para en­con­trarlo ahí.

-¿Cuánto la Saga de Hades? -inquiere un chi­co, adolescente por su aspecto, al señalar una caja con Los Caballeros del Zodiaco en la carátula.

Para Diego, uno de tantos caminantes, ese lugar es fácilmente evitable en su ruta hacia el Palacio de Be­llas Artes, pero transitar por el Eje Central, entre la es­ta­ción del metro Salto del Agua y la Torre Lati­noa­me­ri­cana, le produce una fascinación hipnótica. Ahí se quedó pren­dado de una vendedora de bolígrafos. Su pequeño top ajustado de espalda al aire y su mirada buscadora de compradores, enmarcada en un puesto de lona rosa, fue­ron un hechizo del cual no pudo sus­traerse. Al verla se detuvo para curiosear entre su mer­cancía, en algún mo­mento pensó en la ilusión de un beso. En su rostro blan­co sólo resaltaban, brillantes, sus labios, ..."la dulzu­ra soñada de un contacto, el sa­bido sabor de la sali­va...", ese "Nocturno" de Villa­u­rrutia.

Así, con alguna de las playeras y máscaras de lu­chadores expuestas en una tarima a punto de caerse, Diego podría batirse en un duelo a dos de tres caídas y sin límite de tiempo con cualquier malandrín dis­fra­zado de cliente, que deseara propasarse con su ven­­de­dora de bolígrafos. Pero el claxon de un Audi de­portivo, manejado por un tipo con gafas oscuras y frac, lo obliga a abandonar la imaginación justo cuan­do aplicaba la hurracarra después de un tope en re­ver­sa fallido.

punto de partida 144 Diego explica al conductor del Audi cómo lle­gar a Reforma y continúa su camino, de­jándose lle­var por la marabunta. Atrás queda la ven­de­do­ra. ¡Su ven­de­do­ra! El olor a drenaje se mez­cla con los aromas pro­venientes de la perfumería de la esquina -la­van­da, jazmín, los clásicos-. Más ade­lante, el so­nido mal ecualizado del ritmo duran­guen­se, "pro­cu­ro olvidar­teee... aaaalejarme de aquellos lugares don­deeee nos quisiiiimos...", aceleran su paso hasta de­tenerse en un centenar de películas -piratas por su­pues­to- regadas en el piso. Una mano toma La vida se­creta de las palabras y una voz pregunta si tie­ne So­ña­doras; el vendedor se revuelca entre su mer­can­cía en busca del pedido, pero nada; el cliente, desi­lu­sio­nado, aban­dona el puesto para irse al contiguo. Éste sí tiene lo nuevo, incluso las cintas que aún no se es­trenan en los cines.

El espacio siguiente es de teléfonos celulares. "Se ac­tivan Telcel." Ahí, tres chicas -por su aspecto parece que se les perdieron las Lomas y una que otra pal­me­ra- negocian con el activador: novecientos por dos teléfonos es una oferta que no pueden rechazar. Pagan y se dan media vuelta con todo y sus falditas flo­rea­das.

El camino continúa, pero Diego no puede olvidar­se de la chica bolígrafo. Cuando analiza la posibilidad de re­gre­­sar -para obtener su nombre y quizá su telé­fo­no-, una señora entrada en años, gordinflona, con man­dil con estampado de flores y sucio, se abalanza sobre el puesto de corbatas, escoge varias como de­ses­perada para des­pués posarse bobalicona en los apa­ra­dores de la ca­mi­sería Montagne.

La misma hipnosis absorbe a una niña delante de una canasta de donas y churros, sólo los jalones de su madre la hacen reaccionar y a la voz de "no te voy a comprar nada", la niña decide no llorar, tragándose lágrimas y berrinches.


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-¿Por aquí está el Museo del Sexo? -pregunta una chi­ca rubia al momento de voltear hacia su acom­pa­ñan­te, novio seguramente. Al verla, Diego re­cuerda una vie­ja dubitación. ¿Por qué en Mé­xi­co las rubias se pin­tan las raíces de negro? ¿Será una moda?

De improviso llega un extraño olor, carne en aceite quizás. Sí, entre un puesto de playeras y uno de ca­chuchas se levanta estoico uno de barbacoa. Con una cabeza de borrego como carta de presentación, el due­ño logra atraer a los comensales, lo mismo tipos de cor­bata, saco y portafolios, que albañiles con metro, nivel y cuchara en una bolsa de asa. Al acecho no hay pe­rros huesudos como sucede en la periferia de la ciu­dad; aquí, en el centro, están en peligro de extinción.

El tramo de avenida recorrido parece no tener es­pa­cio libre; todo está abarrotado, pero frente al ci­ne Te­resa nada saben respetar. "Hoy función de adultos. Amor Ardiente. La garganta profunda de Baby". La ma­yoría de las personas pactan, sin intención, pasar lo más rápido posible, no voltear y agachar la mirada. Un volantero considera ese lugar ideal para lo que re­par­te: "Erótika, el Sexshop con los mejores precios de la zo­­na". Un hombre, después de tomar uno de esos volantes, se dirige a la taquilla, adquiere su boleto y sin voltear entra al cine; pone el ejemplo a los merodeadores y a quienes se creen expertos en el arte del disimulo.

punto de partida 144 Enseguida, el ambiente se llena de un olor a ca­ne­la, gorditas de canela, como en las afueras de la Villa. El aroma se extiende hasta el vendedor de libros cu­yas máximas atracciones son México ante Dios, El per­fu­me y El código Da Vinci. Los libros en esa zona parecen fuera de sitio, habitando una galaxia donde abunda la piratería. ¿Libros pirata acaso? A pesar de eso, se pue­den encontrar aún algunas joyas como Las armas se­cretas, de Cortázar...

-¿No tiene la de El padrino? -le grita un joven de anteojos al encargado de un tenderete más de pe­lículas.

Las cavilaciones de Diego no se alejan de los tex­tos. Por qué los hombres aman a las cabronas -libro de su­peración tal vez-. Él desea amar a cualquier mujer, aunque no sea una cabrona, mínimo a la chica bolí­gra­fo, pero el tiempo... "rrrrrrrriiiiiiiiiii iiiiiiing", ese des­per­tador y esos relojes de pared con imágenes de ca­­ri­ca­tu­ras le recuerdan... "rrrrrrrriiiiiiiiiiiiiiing", esa an­ciana los vende... "rrrrrrrrriiiiiiiiiiiiiiiiiiiing", es tardísimo...

En ese letargo, un tipo engreído choca con un se­ñor que reparte volantes de la Academia Americana de Prótesis Dentales y de la Clínica de Espe­ciali­da­des Dentales. Los marchantes, envueltos por el ritmo de la masa, toman el volante para tirarlo un instante des­pués sin importarles dónde. Convierten esas hojas en ba­su­ra junto con latas de refresco, bolsas de frituras, vasos y desechos de elotes. Así, inundan las ban­que­tas. ¿De dónde provienen las decenas de olotes de elo­te ti­ra­das en la calle? Porque desde la salida del metro no hay un solo puesto de eso...

Un tumulto aparece frente a sus ojos; seguramente regalan algo, pero no. En la entrada de una sexshop está una joven de cuerpo bien pro­por­cio­na­do, con una diminuta falda blanca y un escote rojo pro­vocativo, re­galando folletos. Hombres y una que otra mujer se de­tienen un momento para apreciar el es­pec­táculo li­bidinoso. Sus caras de lujuria son un cliché que no merece la pena describir. Un albañil, a quien de­lata su gorra llena de mezcla, grita uno de los clá­si­cos: "¡Ma­maciiiiiiiiiita!"

La chica no tan chica, un poco sonrojada, no hace más que continuar con su trabajo... fuuit fiiiiiiiiiu..., pues el tipo musculoso y mal encarado a su lado le da seguridad. Fuuuuuuuit fiiiiiiiiiiiiiu.

Después, esos mismos admiradores, igual que Die­go, continúan su camino. La siguiente parada es el pri­mer puesto de pornografía encontrado a su paso. Se en­tre­tienen con las portadas de las películas y se sor­pren­den con los títulos: Strip Tease then Fuck, Panty Hose 4, Ballerina Bang, Los temas candentes de Candi, Ap­prent­ass 4, Cock Happy, Black in Ass, Rompiendo todas las reglas, Silvia Saint: Mi deseo prohibido, Anostalgía...

Parece que algunos sólo van para comprar por­no­gra­fía, pues su siguiente parada es más de lo mismo: un cálculo dicta que por cada cinco tenderetes de pe­lículas comerciales hay tres de porno. Si hasta el mo­mento van veintidós, eso quiere decir...

-¡En Meave, del otro lado! -son las ins­truc­cio­nes que le dan a un señor en busca de programas de computación.

La marabunta sigue su curso rumbo al nor­te, pero algo detiene a Diego: otro puesto de por­no­­gra­fía. Éste no es uno más; quien lo atiende es una niña de es­ca­sos nueve años. Con su voz dulce invita a com­prar los títulos de moda: Hoteles de Tacubaya, Có­mo cogen los mexicanos, Video de Britney Spears, Ho­te­les de Su­lli­van, Colegialas ardientes, etcétera. Tan deli­cada se ve la niña entre las imágenes gro­tescas que cuelgan de las supuestas paredes de lona. Ella, por su­puesto, no les presta atención. Tiene por único ob­je­tivo vender. Así, toma con su pequeña ma­no una pe­­lícula y la ofrece a los paseantes, que no se detie­nen pues la presencia de la niña los incomoda. Dos señoras descansan con sus pesadas bolsas de ropa y admiran sin recelo a la niña vendedora de por­no­grafía.

El asombro termina sólo para aparecer más ade­lan­te. Una cuadra de banqueta, enterita, sin am­bulan­ta­je. En su centro está la entrada a un lote de locales esta­blecidos, La Plaza Central; pocos se internan aun­que su aspecto desolado engaña. Pero es sencillo des­cu­brir la razón de esa libertad. La banqueta no es de ce­men­to, la mayor parte es de piso enrejado por don­de sale la ventilación subterránea de los vagones del metro. Al pasar por encima todo se vuela: ropa, ca­be­llo, pape­les, basura... Cómo quisiera Diego en­con­trarse ahí con una copia barata de Marilyn Monroe, y aún más, con su vestido blanco para que al pasar el viento prove­niente del subsuelo se lo levante mien­tras ella intenta, por to­dos los medios, mantenerlo aba­jo, tal como en La co­me­zón del séptimo año, esas pier­nas ru­bicundas...

La cuadra aún no termina, falta una escena. En la covacha formada por las cortinas cerradas de una sas­trería -Aldo Conti, en cuyo banner se aprecia: "Trajes de 1, 600 a 799"- está un vagabundo de aspecto ju­venil. Un pequeño haz de luz se posa directamente so­bre él, como si el sol mismo quisiera resaltarlo de entre to­dos. Este vagabundo, a diferencia de los clásicos, no lle­va puesto un abrigo maltrecho, sino un vestido ver­de que hace juego con la botella en su mano iz­quier­da. Al­gunas palomas se acercan con la intención de mar­car­lo como territorio propio, pero una mujer tiene la com­pa­sión de espantarlas para que no logren su co­metido.

Diego no parece cansado, sólo llegó hasta la en­tra­da del metro San Juan de Letrán. Tanta es su obsesión con la chica bolígrafo que decide regresar al pun­to de partida -la estación Salto del Agua- para hablar con ella. Va a paso presuroso, sin respetar el ritmo im­puesto por la muchedumbre. Mantiene fija la mirada al fren­te; ve las cabezas de quienes van delante, es­pal­das, dor­sos, hombros, traseros -los de algunas mujeres: elo­cuentes, mordisqueables, apachu­rra­bles, nalgea­bles-, pero las cinco cuadras se le hacen eternas. El hastío del vier­nes a las tres de la tarde no le importa porque tiene un ob­jetivo trazado...

Con la respiración entrecortada llega al fin. Des­pués de comprar tres lapiceros y titubear un instante, le pre­gunta a la chica su nombre. Ella dice "Linda" con una voz de hombre imposible de disimular.

 

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Ilustraciones de Paula Ivette Ávila Rodríguez,
ENAP-UNAM
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