CRÓNICA/No. 166


 

Una noche en la disco 



Elisa Aguilar Funes


 

 

Yo soy garrotera del VIU, la que levanta la basura y los vasos sucios. El VIU. Qué nombre tan ridículo, tan pretencioso. Pero es la disco más socorrida del norte de la ciudad, según el dueño. Hasta el Mámer, el responsable del equipo, nos dice que ahí la música es la más moderna del circuito de discotecas. ¡Cuál! Si cada día el diyei pone las mismas, ya hasta me las aprendí: “La guitarra de Lolo”, una dizque zamba que dice pe pe pe pe pe pee, pe pe pe pe pe pee pepe y, a las tres de la mañana todas las güeras corean “Como quien pierde una estrella” y “El rey” a la luz de los fuegos artificiales en el ventanal. Claro, antes ya bailaron “La chica del bikini azul” de Luismi y “I feel like a woman” de Chanaya Twain.

El caso es que la Mami, la otra responsable del staff, siempre está chingando con los muertos. Los muertos son los trastes sucios que se acumulan en las mesitas de la discoteca. Le acaba de descontar 200 pesos, el sábado pasado, a la Caballita por andar sirve y sirve tragos con la mesa sucia. Uy, pobre de su garrotero, no se la acababa. La Caballita es la morena flaca, la que saca las costillas y las nalguitas como si estuviera muy buena. Mírala, está morena y se tiñe el cabello de rubio. Cuando empecé a trabajar aquí me tocó recoger la mugre de su área. Al llegar, los primeros clientes creyeron que yo era la mesera. Yo le dije a la Caballita: “Oye, Lidia, los de la mesa 17 quieren una paloma y tres desarmadores.” Me contestó la vieja: “No, nena, a esos ni los peles, esos son piojos, no dejan propina.”

Yo sé de piojos.

El Mámer es el otro responsable de la gente de la discoteca. Es el encargado de machacarnos tonterías cuando venimos a lavar entre semana, antes de abrir el antro la tarde del viernes y el sábado. Remata con las monsergas matutinas, igual que el Peje, a las seis de la mañana, antes de pagarnos el muy desgraciado. Justo cuando estamos con los pies deshechos, desvelados y hambrientos nos dice el fregón: “Cuidadito y se vayan a estar drogando, y menos se vayan a clavar algo de las ganancias del VIU. Sus propinas son las entradas para todos nosotros, por eso hacemos equipo. Ustedes son estudiantes, ¿no? ¿Les importa este trabajo, quieren ascender aquí? Yo aquí gano más de lo que ustedes se imaginan, mucho más de lo que ustedes van a ganar cuando se titulen. Así que cuiden su chamba, acuérdense que nadie es imprescindible.”

¡Ese Mámer! El otro día llegó cantando “ella necesita / un hombre en la cama…”, ni que estuviera tan bueno. ¿No conoces esa canción? Es la del cantante que se refinaron hace como dos años. Pues el Mámer se echa como cuatro latas de RedBull, el energético que contiene hormonas de toro y que dicen que da cáncer. (Todo da cáncer: las frituras, los celulares, el petróleo, el pescado, la ropa, fumar, ya ni sabe uno.) A mí se me hace que se jala sus rayones de coca para aguantar fresco, baile y baile y acuse y acuse a los meseros. Fíjate, esa chava de allá, la ojerosa, ¿creerás que es la única que no se droga?

La Liliana, aquella de pelito rojo que está en los sillones del centro, siempre le canta a Débora la cumbia de “Devórame otra vez”. El jueves que vinimos a lavar, Débora le dijo que la dejara en paz. A mí se me hace que Liliana es bisexual porque se lo tomó muy a pecho. El viernes en la noche yo estaba quitando los muertos de la barra cuando Débora encargó dos desarmadores… ¿No sabes qué son? Ron barato con jugos baratos. El barman los despachó y se los dio a Liliana, que acababa de llegar. Te imaginarás cómo se puso la otra.

En la mañana, mientras esperábamos la paga, que se reclaman. Liliana, ya sabes, que no, “yo ni me di cuenta y me urgían esos tragos, además tú fuiste bien grosera conmigo y qué pinche flaca…” Error. Que se prende la Débora, “me tienes envidia porque tú ya pariste”. Liliana le hubiera enterrado la uña en la carne de no ser por el galán de la flaca que le detuvo la mano.

De que llegan cantando, es que algo va a pasar. Como el Paco, ¿y ahora cómo va a trabajar si nada más tenía una camisa blanca? Pero él tuvo la culpa, invocó al Chamuco con su reguetón. Dice que qué rola tan prendida la de “dame más gasolina”, jajaja.

Pues que mandan al Paco a la zona viaipí. Imagínate, las mujeres más guapas y tocadas, tocadas de la cabeza y del cuerpo. No hablo por envidia, nonono, para nada, no. La verdad que con su piel suavecita da la impresión de que son de leche, con sus vestiditos de busconas… No, no les tengo envidia. ¿Qué tiene de malo un par de lonjitas? Tan siquiera no me mato de hambre.

Te decía que como no usan sostén, el Paco se la pasa esperando a que se les mueva la parte de arriba del vestido, lo mismo el Cuau, hasta el momento en que los agobia el trabajo. Ni un cabello fino de diva, aunque suene exagerado, pasa entre los danzantes. Por eso no nos damos abasto. El caso es que lo mandaron con ellas, las que pudieron más sobre sus tacones de 15 centímetros que el Paco.

Iba el zonzo sacando charolas, una sobre otra, de muertos. Si lo ves, ¿cómo lo ves, darías un peso por él, con esa carita de changuito africano? No das ni un tostón. Aunque es simpático también es chemito, le hace a los solventes y a la marihuana, lo que le caiga. Iba pidiendo “compermiso”, aventando a los muchachos que nomás pelaban las canciones de Britney Spears, igual que todos, con la certeza de que a su regreso la mesera a cargo esperaría lista para aventarle la ceniza de los cigarros en la cara o reclamarle alguna insignificancia.

Es que no sabes, si el Mámer llega a ver el desorden, te acusa con el Almorranas. Es el gerente, le puso así el Cuautéhuatl porque camina como si trajera nopales entre las nalgas. El Almorranas anda con la hermana del Paco, la que es krisna, por eso no lo han corrido, que si lo cachan en el agasaje como anoche. Y eso a pesar de que ellos mismos nos han dicho que nos tiene que dar tiempo para limpiar vómitos, recoger los muertos, estar listos por si los clientes quieren un encendedor o un destapador, y si nos piden que bailemos, también los garroteros debemos entrarle.

Dice la Mami que nos tiene que dar tiempo incluso “cuando bailamos la conga con los invitados, no quiero ver ni un vaso sucio en ninguna mesa”. ¿Invitados? ¿Qué no pagan? Pues sí, eso se llama eufemismo. Y ahí nos tienes de estúpidos bailando la conga a la media noche, soplando silbatos, distribuyendo globos como payasos a lo largo y ancho del VIU. Derrapando para levantar los desechos antes de que reinicie la cacería del Mámer.

Qué Paco, en una de ésas le corrió por los muertos de su área y ya tenía repleta la mesa, enlodada de la mezcla de ceniza con alcoholes. Tantos vasos llevaba en la charola que formó una torre coronada por un sexo en la playa. ¿Nunca te han dado uno? Es una copa globo, de las gordotas, le echan jarabe muy espeso y Clericot. Queda como los adornos chinos de agua y aceite de colores, rojo y amarillo. Pues ahí iba Paco, tal cual un equilibrista, mirando al cielo para acomodarse la charola sobre la cabeza. Así distraído que me lo rodea una bola de güeras tetonas y otras flacas. Maquilladas a la moda con diamantina, con sus escotes, las piernas desnudas con chiquifaldas invisibles.

Estaban tocando la de la gasolina. De no ser por la urgencia de llevar los muertos a la barra, Paco hubiera celebrado. No más se ladeaba tantito y les empinaba el sexo en la playa, lo que quedaba. Traían una risa, eso sí lo vi, ya luego me contó el Paco que les gritaba: “espérense muchachas, aguántenme tantito”, pero no hacían caso. Hasta que se zafó.

Mientras el barman le buscaba una botella, Paco se subía los pantalones al lado de la barra, ya ves que no usa cinturón. El Cuau, que es un pasguato (un lento pues, es que así les dice mi mamá), le preguntó: “¿Qué transa, Paco? No te aceleres”, y que llega la Caballita y que se la empieza a hacer de tos, que los muertos que no recogió, que las colillas desbordaban el cenicero, que le ayudara con el servicio porque pesaba mucho la charola… Cuauhtéhuatl la miró y le dio la espalda, le repitió la pregunta al Paco, que qué pasaba, que no se presionara. La Caballita no dejaba de alegar y erguía el pecho como los palomos, pero sin efecto. En eso que llega la Ojeras cargada de vasos medio llenos, tropezando sin caer. Lo bueno fue que una de las zancas de la Caballita le sirvió de freno; lo malo fue que aquélla terminó bañada de porquería. ¿Te has fijado que los desarmadores huelen a vómito? No se la acabó en toda la noche la ojerosa.

Pues que regresa el Paco con una botella y servicio de Torres 10, la cubetita de hielos y los refrescos. Pinches güeras, mientras recogía muertos lo dejaron en paz, pero nada más levantó los brazos y que lo emboscan por segunda vez. En ese momento estaba aquella que dice “la chica que quería para mí / es traicionera / es traicionera. / Pásame la botella / voy a beberme todo en ella”. Una de rosita que le rompe un botón de la camisa, se ganó su medalla. Otras dos empezaron a pelearse los demás botones y terminaron por desgarrarle la camisa. La única gorda, como el Paco dice, una gordibuena, que le baja el cierre. No friegues, ya ves que el Paco tampoco usa calzones…

Ya cuando vimos, el Paco venía rojo, desgreñado, hasta con rasguños en el pecho. Maltratado pero contento el muy puerco: tampoco usa calcetines ni se baña diario. Ése nada más se ve guapo en la semioscuridad del VIU. Quién fuera el Paco, que se lo agasajan las güeras, quién fuera él para atender la zona de lujo y terminar con servicio de primera.
 
 

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Elisa Aguilar Funes (Estado de México, 1984). Es comunicóloga por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Se ha desempeñado como asistente editorial y como profesora adjunta en el área de periodismo de la FCPyS-UNAM. Obtuvo una mención en la categoría de crónica en el Concurso 38 de la revista Punto de partida.